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Mi gran regalo

29 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivencias

Alguien decía, o suelen decir, que las Navidades eran, o son tristes, porque traen recuerdos cargados de nostalgia, echando en falta a seres muy queridos que no están entre ellos. Hasta que no te Reyes tabaresfalte alguno de los tuyos, las Navida­des son alegres.

El rancho de pascua, tocando y cantando por las calles, iba a casas de familiares y conocidos, que sacaban las mejo­res licoreras y azafates, para brindarles, según llegaban; tam­poco podía faltar las truchas y el garrafón de vino.

El rancho también iba a las celebraciones del naci­miento, cantándole al Niño Dios, a María y José. Uno de los estribillos era:

“María de gracias llena,
reina del cielo y la tierra… “

La gente mayor contaba que también iban a las misas de luz, que eran nueve previas a la Navidad, tradición desaparecida hace muchos años.

La víspera de pascua y año nuevo, por la noche, se jugaba a la almendra, al grande y al chico, sentadas en el suelo, se ponían tres almendras, dos eran para el grande y la otra en el puesto de cada una, que esas eran para el chico. Se daban las cartas de la baraja y a quien le viniera el siete de espadas y el de bastos, eran las que ganaban.

En una víspera del Día de los Reyes, recuerdo poner una sandalia, porque cuando eso no tenía zapatos, por los pies de la cama, por la mañana cuando me levanté encontré dentro de ella almendras, una naranja y una caja de fósforos con cien pesetas dentro, pero mi madre me las pidió antes de salir para afuera. Me quedé muy desconsolada porque yo oía los pitos en la calle y a mí no me habían dejado nada. Recuerdo que mi madre me dio una peseta y fui a casa de Dionisio, que tenía una lonja, a comprarme una corneta, pero valía dieciséis perras, me faltaban seis; me fui otra vez a mi casa y llorando pude conseguir el resto y me compré la corneta, era pequeña, pero muy bonita, igual de bonita que la ilusión de poder tenerla. Todo el camino fui tocando y disfrutando mi gran regalo de Reyes. Unos iban con pianos en la boca, otros con pitos y cornetas, y por los polvorientos caminos arrastraban, tirando de un atillo, los camioncitos y carros de madera; los muchachos disfrutaban con los pelota­zos metiendo los goles. Algunos, más pudientes, o que no tenían muchos hermanos, salían con los caballitos de car­tón, o tocando el forito, que era un acordeón pequeño. Las muchachas, con muñecas de carey o de trapo. De los recor­tes de tela se les hacían los trajitos, otras jugaban a “Popeye marinerito no sabes tocar el pito… “ con pelotas de goma blancas o de colores, unas eran más grandes que otras, las que me ponían a mí nunca pasaban del tamaño de una naranja, quizá porque mi familia era bastante numerosa, igual que casi todas las de mi barrio.

Ese día, antes de salir el sol, todos iban a la calle, chicos y mayores, para ver los juguetes que a cada uno le habían dejado los Reyes Magos.

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Publicado por en enero 29, PM en Recuerdos

 

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