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Cosas del ayer

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivencias

Perdidas en el recuerdo
lejanas en nuestras mentes
cómo es posible señores
el no tenerles presente.

Cómo fueron sus costumbres
cómo vivió nuestra gente,
cómo echarlo en el olvido
cómo un pueblo lo consiente.

Eran largas y tranquilas aquellas tardes de verano, cuan­do en todos los atardeceres se podíaReyes tabares contemplar la belleza de aquellas puestas de sol, donde sus rayos dispersos parecían detenerse para que nadie dejara de ver una de las grandes maravillas que la naturaleza nos ofrece.

Sin prisas, sin ruidos, sólo se podía oír el canto de los pajarillos, el rebuznar del burro, el belido de las cabras, el cacarear de la gallina chueca, o la que acababa de sacar nueve diez pollitos. En el nidal quedaban algunos huevos, porque no tenían galladura, o estaban chuecos o goraos.

Y en el entorno de todas aquellas pequeñas y sencillas cosas los muchachos y muchachas jugaban y se divertían a su manera. “Al uno lunero,… “, “Entren cabras al corral que son horas de ordeñar”, y el corral era la cuevita que hacían con la mano; eso era jugar “al Uno” con cinco piedritas pequeñas e iguales, o calladitos redondos.

Al Marro, se jugaba con dos piedras, una mayor que la otra, la pequeña encima de la grande, y de lejos se le tiraba a la piedra desde una marca, ganando el primero que lograra tirar la piedra pequeña.

Compraban dos botones grandes y los unían para jugar al “yo-yo”, y del novelo de hilo, el de las rosetas, cogían un trozo y cuando estaba foño cogían otro cacho.

“Popeye marinerito, no sabe tocar el pito… “, cantaban los pequeños, y levantaban los pies para que pasara por debajo aquella pelota de goma, y se las prestaban unos a otros, por­que todos no las tenían.

Cuando jugaban al quemao tenían que llegar corriendo y gritar “¡puesto!”para que no les quemaran con un pelotazo.

Las muchachas jugaban a las casitas con las muñecas de trapo.

Jugaban a la trincada; al teje, con aquellas tejas finas de callaos, o de cualquier otra piedra; al platito; a la estampa, de las que venían en las cajas de cigarros Flor de Fuente o en los rebunios se jugaba a una, dos, tres o con las que quisiera; las que ganaban hacían el topete grande y las manos se les quedaban moradas de tantos taponazos, en aquel chaplón del cuarto de la troja o en la arena, que raspabas un trocito para que quedara más liso. “Tienes que darle otra vez, eso no vale, no vez que está picada, no seas tramposa”.

Se jugaba al escondite, casi siempre se iban al pajero y se cubrían con la paja, “guirgo,… guirgo,… no creas que no te veo”.

“Al pase misí, pase misá”, en una fila había muchas más muchachas porque preferían peras a melón o manzanas a sandías.

Al rebenque, era un juego que se hacía con una media de aquellas canelas, gordas, que usaban las mujeres cuando iban a trabajar al campo y tenían que estar bien rotas para que te dejaran hacerlo.

Los muchachos jugaban al arco, y se prestaban el tocador unos a otros. Al huevo, caña, araña, donde algunos dejaban escapar el rabillo del ojo sin que los otros se dieran cuenta.

Corrían calle abajo, calle arriba, por el polvoriento camino del Quintero, con los carritos de madera que ellos mismos hacían; los que no tenían madera los hacían de tuñeras.

Los chicos hurgaban detrás de las casas sacando el barro para hacer los boliches, éstos los ponían sobre las casas para que se secaran y algunos les quedaban rajados. Hacían el gua y el rayo, media, cuarta, pié y pelao, los boliches que ganaban se guardaban en una bolsita de lona, o en un calcetín, y si calcetín estaba roto le amarraba el agujero con un atillo para que no se le saliera.

Un monturro pequeño de arena era la marca para la piola, que saltaba y saltaba, y otro gritaba “espérate que éste te levanta, lo más seguro que tiene el brazo esbolao”.

En el tiempo de las cometas, las madres tenían que tener cuidado con la ropa porque se las rompían para hacer rabo, “dame una tira de esa camisa que ya está foña” , decían. Y buscaban el topete de hilo bala. Era para ver quién la hacía más grande, o la que volara más alto; los palillos eran de caña o de pírgano, la forraban con papel canelo y la pegaban con harina o una papa sancochada.

También jugaban al trompo, que muchos los compra­ban en casa Machín o en casa de don José María. Los guar­daban con la liña endoradita desde la punta hacia arriba.

Hacían tirabenques para trincar a los pájaros y a las lagartijas, y entre ellos mismos se tiraban si terminaban en pleito. Si para hacerlos no tenían la goma negra, le pedían a las abuelas el elástico de las bragas.

Por la tardecita, ya casi pardiando, se oían los gritos de algunas madres, parecían retumbar por aquellas paredes gruesas y grandes de piedra, los caminos sin asfaltar, las enormes malvas llenas de quesitos que había detrás de las casas o por las veredas que conducían al aljibe de arriba. “Rafaeliilla,… Puriilla,… Pedriillo,…”

A la hora de recogerse, había que ir al mandado a casa de Herminia, que estaba en las ventas. Había unas cuantas lonjas más por allí, la de Margarita , la de Eligio Perdomo, la de Pura, la de Frasco López, la de Antonio Cartas y un poco más arriba, la de María Cordobés.

Coge el cesto —le decía la madre— y trae mitamedia de aceite, medio kilo de fideos gordos. Fideos que al doblarlos en aquel papel de vaso tenían que apretarlos para que cupieran, —un cuarto de azúcar —que cuando escaseaba te la despachaban racionada al tercer día, —un rebunio, dos velas, una cuarta de petróleo y una gruesa de fósforos, y los guardas debajo del brazo para que no se humedezcan, y un tubo de cebada, no te olvides.

Y con el cesto en el brazo se iba corriendo calle abajo, antes de que hubiera más oscuro, pero a veces la lonja de Manolito Carrasco ya estaba cerrada.

Las muchachas aprendían a coser, unas la ropa de hombre, otras la de mujer. Algunas de las costureras eran seña Cristina, las Nievitas, Anastasia, Dolorillas, la de Lola, Rosita, la de Domingo Corujo,… y cuando empezaban las ponían a quitar hilvanes, a rehilar, a hilvanar, con aquellos manojos de pita hacían los ojales de la bragueta de los pan­talones de hombres, ponerles la guata a las solapas de las chaquetas,… y así, poco a poco, tarde tras tarde, iban prendiendo.

Otras iban al Puerto, si tenían familia, para quedarse y venir los fines de semana, para aprender el corte, Eva o Sis­ma Amador, que desde que sabían hacer los patrones se cortaban su primer traje, hecho por ellas mismas.

Aprendían a bordar, a calar, iban a casa de Fela, que era una casona enorme, muy antigua y bonita. En el patio había una pila grande y cuadrada de piedra, donde bebían muchos patos.

Con la aguja barbilla intentaban aprender ganchillo y poco a poco lo iban sacando, hacían cadenetas y tiraban por hilo y la desbarataban, la volvían a hacer, y cada vez le salía mejor; hacían sus primeros sujetadores a ganchillo, unas los hacían de un punto y otras de otros puntos diferentes.

En la sección femenina o casa Falange, hasta no hace mucho estaba la biblioteca municipal, hoy, ya reformada, está la oficina para los municipales. Allí se aprendían muchos trabajos manuales, se hacían bolsos de tela y hatillos, muñecos de soga y fieltro, álbum de fotos forrados en tela y alrededor le ponían un cordón muy finito, y se hacían muchas más cosas. Hacían excursiones a Caleta Caballo y a la Tinosa, las niñas iban con el mejor traje que tenían, zapatos y calcetines blancos, y los pañuelos de cabeza bien amarraditos debajo de la barbilla.

La guagua era de madera y en la parte de atrás, arriba, tenía una baca para poner los bultos grandes. La puerta con un fechillo y los cristales de corredera y unas letras arriba GIL HERNÁNDEZ.

En la casa Falange también enseñaban los bailes típicos. Domingo Corujo, el barbero, era un gran maestro del folklore, con mucha paciencia, que después de salir de la barbería, se iba a enseñar a un grupo de muchachas; las más altas hacían las veces de chicos y las más bajas bailaban mujer. Los tocadores sí eran muchachos, Mingo Corujo (hijo), Fefo García, Miguel Herrera y Florián.

Ese grupo fue a bailar a Las Palmas, creo que fue en el año cincuenta y nueve, al Hogar Canario, allí les dieron la ropa, unas faldas azules, blusas blancas y unos lazos de cinta fina azul en el cuello.

Al final buscaban a las muchachas para decirles que habían ganado el primer premio. No recuerdo los días que estuvieron, pero sí sé que se quedaban en una fonda al final de la playa de las Canteras, por allí cerca de la Isleta.

Cuando había baile en el casino ponían la bandera. La mayoría de las chicas no iban al baile hasta no cumplir los diecisiete o dieciocho años, ya que tenían que ser mujeres hechas y derechas, y los chicos igual.

Los bailes se hacían al tercer domingo y en la fiesta de la Luz y la Magdalena, tres o cuatro seguidos, con vocalista y música de fuera. Cuando eran esas fiestas venían muchos forasteros y pagaban una entrada. Los del tercer domingo eran en el Casino y los demás, atrás, en la Verbena.

El Casino tenía un piso de madera y había algún agujero dónde a las mujeres se les metían los tacones de tacha, teniendo que parar de bailar para sacarlos. Venía la música de Castellano y la de Mejías, empezaban a las diez y los asaltos eran en la tarde, la luz era con un motor.

Desde los sábados las muchachas almidonaban las enaguas de cintura, con la plancha de carbón, cuando las encendían las ponían sobre la pared para que les diera el vientito y se calentara bien; para probar si ya estaba caliente, mojaban los dedos en la boca y la tocaban por abajo. Para rociar la ropa se llenaban la boca de agua y la pulverizaban a base de fuertes soplidos.

 Si un chico invitaba a bailar varias veces seguidas a una chica, era que ya la pretendía o estaba pretendiendo, y si se quedaban de pie en el terrero, se daba por hecho de que le hubiera hablado, o sea que le hubiera pedido que fuera su novia.

Las madres iban siempre con las hijas al baile, y si las madres no podían, las mandaban con alguien de la familia o alguna vecina, nunca iban solas. Si alguna chica salía sola del Casino estaba mal vista.

Cuando las parejas decidían casarse, el novio tenía que decírselo al padre de la chica, y era él quien daba el visto bueno. La chica tenía que preparar el ajuar de boda y los padres les daban la dote.

Bordaban muchas cosas, manteles, sábanas, almohadas, ponían galón, encaje, marcaban iniciales, hacían batas y babi,…

Cuando se iban a monestar, un día antes iban la her­mana de él y de ella y si no tenían hermanas, un familiar allegado, tocando, de casa en casa, diciendo: “De parte de mi madre que mañana se amonesta mi hermana”. Al día siguiente, domingo, el cura en el pulpito decía: “primera amonestación de la señorita… que quiere contraer matrimonio con… “. Al domingo siguiente anunciaba la segunda amo­nestación con el mismo repertorio, y al siguiente domingo se casaban. Y si alguien se amonestaba de primera y última quería decir que iban con prisa.

El traje de la novia se lo hacía ella misma o alguien de la familia, y si no sabía hacerlo, lo daba a una costurera.

Las bodas las celebraban en las casas, hacían mistela y otros licores, los dulces los hacían en casa de Juana Manuela, la panadera. Los padrinos solían pagar el convite.

De viaje de novios eran pocos los que salían y si lo hacían era a cualquier otra isla. La mayoría se desposaba en sus casas o en otro lugar de la isla.

Los días de mociar o enamorar en casa eran los domin­gos. Y cuando estaban en pasos de casarse iban también los jueves en tardecita noche. Cuando las madres les decían: “ya son horas”, el novio se marchaba hasta el domingo siguiente.

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Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

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