RSS

Era costero

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

Se llamaba Francisco, era alto, delgado, usaba chaqueta y pantalones de dril, la camisa Recuerdosera de cuello de cura, azul, con unas rayas finitas en blanco, iba descalzo casi siempre porque no quería romper las cholas, cachorra medio mohi­na, media canelosa, de los años que la tenía.

Tenía rostro con arrugas, no tanto por los años, sino por estar curtido por el sol y el salitre del mar, porque era costero. Se iba al frente por seis meses a la zafra; la pesca de la sardina era la más corta, también estaba la pesca chica y la pesca grande, como él las definía.

La familia era muy numerosa, cinco muchachos y cua­tro hembras, los dos mayores ya sangalotitos le ayudaban en el campo, en una parcela, y en los otros pizquitos que ha­cían. El resto, todos menores de edad, dependían del trabajo de su padre para comer y vestir, la madre les cuidaba con cariño, trabajos y miserias para sacarlos adelante.

El padre preparaba el viaje. En un saco metía unos cuantos kilos de gofio, que unos días antes había tostado. “Antonillo” traía el tiesto alquilado en dos perras de las ventas, de casa de Herminia o seño Eligió Perdomo y “Pedrillo”, iba a buscar un balde de jable debajo de un bardo del Morro Palomo. Con un pírgano y un fardo, hacía un remeneador, preparaba la leña y los teniques y empezaba a tostar.

En lo que el grano se iba enfriando, sacudían bien los costales blancos, con rayas azules, escogían el grano y lo lle­vaban a la molina de don Juan Armas, o al molino de don José María, en camello o en burro.

Se acercaba el día de zarpar en la “Estelena” otra vez a la costa, a enfrentarse con los malos tiempos, con la mala zafra, los huracanados vientos y con el duro y agobiante trabajo.

A Francisco lo que siempre le acompañaba era la sole­dad, y de eso era testigo el cielo y el mar, cuántas veces de noche sentía la necesidad de hablar, contar y preguntar cosas, y lo hacía a solas, unas veces en silencio y otras en voz alta.

Sólo sentía la fuerza y protección de la virgen del Car­men, y nunca dejaba de poner en el saco que llevaba la estampa de su patrona, nada más llegar al barco la ponía en la cabecera de su camarote, y le rezaba todas las noches, gran devoción sienten por ella todos los marineros.

Ya marcho mañana— le decía a los amigos en la can­tina de Pedro, era allí donde se iba a echar unos pizcos con algún que otro enyesque, lo hacía siempre antes de marchar; a veces, tomaba unos tragos de más, como si quisiera no pensar en el día de la despedida, porque el marinero a pesar de ser valiente, fuerte, duro,… es también sensible, nostál­gico, con muchos sentimientos, hombre que también sabe llorar. Él lo hacía cada vez que se tenía que despedir de sus hijos, al darle aquel cariñoso y apretado abrazo a los más granditos, y a los más chicos, cogerlos en sus brazos y tratar de callarlos, porque ellos también lloraban. Sacaba aquel pañuelo blanco sin planchar de la faldriquera, les secaba las lágrimas y les sonaba los mocos.

También le costaba mucho decirle adiós a su mujer, a ella le pasaba lo mismo. Iba de una habitación a otra como si estuviera buscando algo, pero no hacía nada, sólo era que él se marchaba.

En una ocasión, como si de repente se hubiera acor­dado de algo, fue corriendo al cuarto de abajo, abrió una caja de madera y sacó del escanillo un retrato de todos jun­tos, que se había hecho para lo de familia numerosa; la foto la sacaron en casa Doña María, en el Puerto, por allí, por el callejón liso, con esas máquinas altas, tapadas con un trozo de tela negra, en las que la retratista se metía debajo de la tela y hacía el retrato.

—¡Mira que te ibas a olvidar!, ponía dentro del saco y ten cuidado no se doble, sabes que no tenemos sino ésa— decía la mujer, pues la otra foto estaba bien pegada en aquel libro azul oscuro, que era el de familia. Las últimas palabras ya no podía pronunciarlas por ese nudo grande que tenía en la garganta, cogía las puntas del pañuelo medio cano y apretaba mejor el nudo, lo jalaba hacia adelante, tapándose un poco la frente para evitar que le viera los ojos a punto de llorar.

El también trataba de disimular: “Cuídame a los muchachos, que nunca falten a la escuela, y si a Pedrillo le quedan los calzones chicos y estrechos, que lleve los del hermano, aquellos de peto y por las rodillas, y las sandalias que le traje de Cabo Blanco; y si la pizarra está rajada porque se le cayó del pupitre, le compras una y un pizarrín en casa de Emiliano, el que está por encima del cuartel de la guardia civil. Y a Carmita que tenga cuidado con la cartilla, que no la raye, ni la rompa, que si se compra la pizarra, no podemos comprar más nada hasta el mes que viene”.

El tiempo pasaba, cuando volvía se llenaba de alegría por estar con los suyos, y se iba a la cantina a lo de siempre, a saludar a los amigos y a aquellos que se consideraban como tales brindaban de verdad por su regreso.

La mujer en el traspatio desamarraba la caja de madera llena de pescado, lo sacaba uno a uno con cuidado para que no se cayera la sal. “Este es para dárselo a seña Frasca, que bas­tante bien se porta conmigo, nunca me niega lo que le pido, a veces una cebollita, un ‘rebunido’, ¡y vaya por cuándo! que se me acaba la aceite, ella la pobre, me presta la mitad de ‘mita-media’. Éste otro, que es más mediano, para José y la mujer que, como no tienen hijos, para ellos solos, le da para un sancochito. También estoy bastante agradecida de ellos, por las veces que los chiquitos han desayunado con las cacharritas de sueros que me traían y a veces también algún quesito”.

La pesa de madera, enganchada con unos atillos, tenía la balanza de hierro; unos cuantos callaos redondos eran los pesos, el más grande era el kilo, el mediano, medio kilo y el cuarto kilo uno más pequeñito. Poniendo y quitando, para que el peso fuera justo. “Éste está bien pesado. Dame uno más grande, que ‘está en el loro’. Me gusta pesar bien, que caiga un poco la pesa. Ellos, los pobres, tampoco están tan sobrados que digamos”. Todo esto decía y hacía con el pescado que ven­día. El resto lo dejaba para la casa.

Había olor a sancocho, con las sabrosas batatas, traídas del Terreno las Brujas, la corvina salada, y el mojo hecho con pimienta quemona, del pimiento plantado detrás de la casa. En el negro almirez, majaba chiquititos los ajos, que le daba siño Domingo, una perra de pimentón, mitamedia de vinagre, y si quedaba un pizco de aceite se lo echaba, y si no nada.

A veces esos sancochos los hacía de retoños, que eran las batatas pequeñas o partidas que quedaban en el hoyo, que después de unos meses de cogidas, y si el terreno tenía jugo, volvían a retoñar; ésas no eran tan sabrosas, pues ya es­taban socates, pero se las tenían que comer, porque la abun­dancia no era mucha y eran tiempos de miserias, de penurias, cuando las mujeres cargaban a la cabeza un brazado de leña, aulagas, junquillo, codesos y, a veces, iban por los caminos cogiendo moñigos. Los excrementos de los ani­males los ponían a secar para echar fuego y hacer la comida, y eso también lo hacían rasgando las tuneras.

Eso era lo que hacían los costeros y campesinos, que eran los pobres del pueblo. La mayoría de los que aquí vivían dependían de esos trabajos, pendientes siempre de las cle­mencias del tiempo, según éste se portara eran las cosechas, tanto la del mar, como la del campo.

Una de las veces que regresaba de la costa, ofreció una botella de aceite de tortuga al amigo Juan, quién agradeció mucho el detalle porque era muy bueno para amorozar la tajarra y el pretal de la camella, porque este señor era labra­dor; guardó la botella encima del corral de los conejos, tapándola con unos sacos de fardo para protegerla del sol, eso estaba justo al lado de un almacén grande, lleno de trastos y todos los enseres de labranza, arado, escardilla, palas, escar­dillos de aro y otros. Una encima de otra, estaban las enor­mes cajas de vendimia y en una esquina, el serón y la tabla; dibrusada a la pared tenía la silla y los bastos, y en aquella pared de gruesos y desgastados cantos, unas chavetas herrumbrientas clavadas, de las que colgaban el vaso, la angari­lla, la jáquima y el sálamo. Daba para la gallenía con una puerta llena de telaraña.

Su mujer era muy laboriosa, para las fiestas del pueblo le gustaba albear toda la casa, con cal blanca que traía de la calera de Güime o la Villa, compraba una o dos fanegas en piedra y luego la preparaba, la tapaba bien, la regaba para que se deshaciera, compraba la escoba en casa de Dionisio y empezaba el albeo. Pintaba de verde las gruesas puertas de esquisialeras y el fechillo o cerrojo, la tapa del brocal del al­jibe, los maceteros del zaguán, de los cuáles colgaban aquellas preciosas reina de las begonias, y las frondosas pancracias.

Los muebles se tenían que barnizar, pero casi siempre le escaseaba el dinero, por no decir siempre, porque la cosecha era mala, los granos, las batatas, las sandías y los melones, no se vendían.

La mujer dándole vueltas al asunto vio la botella que estaba sobre el corral, la destapó, puso un poco en un cacharrito, cogió una brocha pequeña que tenía en aguarrás y probó a barnizar una silla, ¡qué bien estaba quedando!, bri­llosa, espejienta. Terminó una, empezó con la otra, otra, otra,… “ésta es la última” ya estaban las seis. “¡Jesús pero qué bien!” decía.

Después pintó la cómoda, donde guardaba la ropa blanca, sábanas, almohadas de ojales y botones, o cinta corriente para amarrarlas; un colchón de muselina con una abertura en el centro, de aquellos que se llenaban de paja o de cebada; las enaguas de encaje de bolillo, o puntilla o gan­chillo hechas a mano, con la aguja barbilla, los cuerpos con muchos pespuntes, los calzoncillos de pata, y la camisa de dormir con entredoces en las mangas y sobre el pecho, para si se ofrecía una enfermedad.

Al poco rato le tocó el turno a la lavadera, con la palan­gana y el jarrón con agua. Colgaba aquella toalla blanca de tela de Hamburgo, con flecos amarraditos y las dos iniciales bordadas a mano. En el otro lado, la jabonera rosada, con un jaboncillo dentro, y la polvera con la mopa mediada de polvos, para empolvarse la cara y cuello que era el viznú que se ponían cuando iban al baile; y para los coloretes busca­ban una hoja de leotropo y se la restregaban en la cara y en los labios.

—¿Ya está!— dijo. La brocha corría sola. —Ahora el catre.

Era hora de la comida Antonilla era la que estaba echando fuego en aquellos teniques, que era más humo que llama, porque el junquillo estaba amoroso. Ella con los ojos como puños, buscaba un pizco de azufre para que el fuego se avivara. La comida ya estaba.

—¡Madre, venga ya!, usted no ve que esto ya está.

—Ahora mismo voy, sólo me queda una pata del catre para terminar por hoy. Esto me vino muy aparente, tanto tiempo la dichosa aceite allá detrás con los atarécos, ¡y mira por dónde! Mañana le doy otro trato, es que ya tengo el cuadril partido.

Con un paño de vichi, a cuadritos azules, escurría el sancocho, agarraba fuertemente las dos asas y apretaba bien la tapa y envolcaba la caldera.

Estiraba la estera, sacudía el paño y lo ponía en el piso, porque, a veces, la mesa se hacía pequeña para la familia tan grande.

Ella le contaba todo la faena del barnizado al marido que acababa de llegar del campo. Él muy sorprendido le dijo que el aceite de tortuga era para amorozar, y, efectiva­mente, así era, porque pasó un día y otro y los muebles no se secaron.

Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: