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Las escuelas de arriba y las de abajo

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

Llevaba uniforme blanco, con dos tablas por los lados, pespuntadas hasta la cintura y uRecuerdosna banda amarrada detrás con un lazo; sobre el pecho tenía unas letras de color azul, bordadas en punto atrás, que decía: “San Bartolomé n° 2”. Así era el uniforme de las chicas y el de los muchachos, pan­talones de peto hasta las rodillas, camisa de cuello redondo y mangas largas con puños abrochadas; así se iba a la escuela.

Estaban las de arriba y las de abajo. Las de los mucha­chos, estaba una en la plaza, debajo de la torre y la otra en la casa de don Luis Cabrera. Las de las muchachas, una por abajo de las ventas, frente a Pepe Corina y la otra en la calle Travieso, hoy Margarita Martín.

El material que conocí cuando yo iba a la escuela era la cartilla, libro primero, libro segundo, grado preparatorio, grado elemental, libretas de colores con la cuatro reglas por atrás, sumar, restar, multiplicar y dividir; también un lápiz canelo, que era mejor que los amarillos, una goma, un afila­dor, la pizarra y el pizarrín, una cajita de madera para poner el lápiz y la goma y no recuerdo si tenía maleta, era todo eso lo que se llevaba a la escuela. También tenía un vaso de plás­tico para la leche en polvo que hacían en unas calderas gran des, otras veces, comprábamos pan en casa de Pepe Corina para untarlo con mantequilla.

Las muchachas hacíamos trabajos manuales, llevábamos un trozo de tela, hilos y una aguja (yo la compraba en casa Margarita, la de Dominga) y aprendíamos a hacer punto atrás, punto de cadeneta, festón, punto de cruz; nos prestábamos los hilos unas a otras, porque todas no podía­mos tener de todos los colores.

En la escuela de abajo, que era a la que yo iba, en la pa­red había colgado un mapa de España, el retrato de Franco, un crucifijo y una pizarra grande.

Los pupitres eran de madera, con un agujero en el cen­tro para poner el tintero que utilizaban los que escribían con pluma. Al lado de la puerta había una pequeña tarima dónde estaba la mesa y la silla de la maestra, una esfera y una regla.

Cuando la maestra decía: “¡silencio!”, daba unos “reglazos” fuertes sobre la mesa; también nos daba en las manos, una, dos, tres veces, según fuera el arresto.

Las que perdían muchas clases, (yo era una de ellas, porque me tenía que quedar con hermanas más pequeñas cuando mi familia iba al campo), eran las últimas de la fila; las que no se sabían la lección, o se levantaban del asiento, las ponían de rodillas vueltas a la pared.

Mis maestras fueron doña Concha y señorita Antonia, y de la otra escuela recuerdo a doña Dominga, doña Pilar, señorita Carmen, y a los maestros de los muchachos que eran don Pepe y don Juan.

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Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

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