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Las revendedoras

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

En el pueblo había muchas revendedoras: Enriqueta, Carmen, la de Frasco Lucas, Candelaria RecuerdosFermín, Margarita Fajardo, Isabel, la de Anicasio, Lucía, Lola Camilo, Concha, Catalina, la de Juan de Elías, Catalina, la de Juan Brito, Serafina… Todas esas y muchas más, y también hombres iban a vender al Puerto, a la Recova, con los burros cargados de mercancía, batatas, cebollas, ajos, sandías, uvas, melones, tomates, todo lo que recogían en el campo. Otras iban para la vuelta arriba y compraban granos de todas clases, arvejas, chicharros, garbanzos, lentejas, huevos, tomillo y los lleva­ban a la Recova.

Se levantaban muy temprano, la mercancía la dejaban preparada el día antes. Sacaban el burro, lo embardijaban, le ponían el cabestro y lo cargaban con las cestas; otras veces pasaban por las tierras para coger las batatas y de allí ir para el Puerto. Cuando lo hacían así, la madrugada era mayor, tenían que estar en la casilla a los claros del día. Nombraban lugares como los paredones de Dionisio, el puente bajo la montaña, los montones de barro… pues a veces por allí pasaban miedo porque oían hablar a gente, que no eran más que los que venían de Soo, que también iban a vender.

La casilla estaba antes de llegar a Arrecife, allí Juan Domínguez, que era el celador, le revisaba a las revendedoras lo que llevaban, todas tenían que pasar por allí y pagar el fielato. Al llegar a la Recova se ponían en sus puestos, por detrás de los cuales estaba el corral de los burros, y allí los amarraban. Cuando no había venta salían por las calles, por la plazuela, el callejón liso… y lo daban más barato. Como ya querían terminar, a como se lo pedían, lo daban.

Antonia y Gabriela también iba a revender, el hijo salía con un cesto de casa en casa comprando huevos, y decía: “Son a pega y a pega-chica”, porque no pronunciaba la erre, los quería para llevarlos a vender al Puerto. Todas se llevaban muy bien, se reían unas con otras por los cuentos que se hacían entre ellas. Una contaba que un día dijo el celador que si querían seguir viniendo a esta plaza a vender, tenían que vacunarse, “a mí se cayó el cielo encima”, decía, le tenía mucho miedo a las inyecciones y le daba vueltas y más vuel­tas, ya todas en la fila, ella se puso la última, y fue descosién­dose la manga, del puño hacia arriba, hasta llegar por debajo del hombro. Que respiro dio cuando terminó con ella.

Al día siguiente, el celador decía: “todas aquellas que se vacunaron y no le pegó tienen que volver a vacunarse”. Para que la vacuna pegara tenía que estar criada, pero la de ella estaba como si no se hubiese hecho nada; entonces cogió un tomate y se fue para el corral de los burros, a restregarse la vacuna, que me imagino cómo le quedaría. Luego fue para que la vieran y le dijeron: “Señora usted sí que la tiene bien pegada, seguro que tiene que estar calenturada”.

Jacinto también iba a vender al Puerto y contaba que un día, por los cuarteles, se encontró una cartera, la cogió y guardó sin mirarla para que nadie lo viera, pero sabía que la cartera estaba repleta. Vendió las cosas muy baratas para terminar enseguida, pensando que con lo que tenía en la car­tera iba a solucionar muchas cosas. Cuando ya por el camino para arriba, la sacó, se llevó una gran sorpresa, pues no había sino recibos, retratos y papeles, pero ni una perra chica.

En una ocasión fue con los calzones remendados y cuando fue a descargar las cestas, se quedó en ropas menores, porque los remiendos que eran en las rodillas y otros trozos por  detrás, solamente estaban con los hilvanes y tenían que ser pespuntados.

Otra vez contaba mi madre, que ya por último ella no llevaba el burro, sino que iba en el furgón de Bernardo, y un día le tocó en la puerta porque se había quedado dormida. “Espera un poco”, le gritó desde dentro, “ya salgo enseguida”. Se vistió muy de prisa, y cuál fue su sorpresa, que al ponerse el traje le quedaba bastante pequeño y al verse de aquella manera le dijo: “vete Bernardo, que yo no voy porque las muchachas me lavaron el traje y encogió de tal manera que me queda por encima de las verijas”. Él se marchó, y al momento, ella ya tranquila, se dio cuenta de que el traje lo tenía mal puesto, era abrochado por delante, y al estar cerrado cerca del cuello, ella metió la cabeza mucho más abajo y cuando el traje fue todo para atrás se quedó pequeño por delante.

También contaban la anécdota de Anacleto, el del Jable, cuando decidió ir a trabajar a la Palma y que preparó una maleta grande de madera; dicen que los familiares y los vecinos le daban paquetes de comida para que los llevara. Metió todo eso en la maleta y se despidió de ellos. Salió de su casa, fue derechito y se sentó debajo de la palma que estaba detrás del Castillo de Julián Carrasco, un poco más arriba de los aljibes (ya desaparecidos) de don Cristóbal, y de Manuel Elvira. Empezó a sacar las cosas de la maleta y a comérselas, cuando terminó se fue otra vez a su casa diciendo que ya había regresado de La Palma.

Así fue, con sacrificios, trabajos, miedos, anécdotas y mucha unión, lo que hicieron y vivieron estas mujeres y hombres que he nombrado, y muchos más que siento no recordar.

Por eso he querido tener todo esto presente, porque creo que es un trocito de nuestra historia.

Antonia y Graciela todavía siguen yendo a revender pero no a la Recova, sino a la Plaza del Mercado. La Recova ya no existe.

No hace mucho tiempo pasé por allí y vinieron a mi memoria tantos recuerdos: las revendedoras en cada uno de­ sus puestos, que estaban al bajar unos cuantos escalones, las sandías y calabazas en el piso y aquellos poyos gruesos en los que ponían muy ordenado todo lo demás que llevaban.

Unas con otras hablaban, se daban la broma y si alguna terminaba de vender lo que llevaba, porque había venta, le echaba una mano a las que no tenían tanta suerte.

Ya de eso nada queda. Según entré vi a Gabriela y Antonia, tenían granos, batatas, tomillo, perejil, botellas de burgaos, uvas…

Ya no merece la pena venir —me decía Gabriela— pero no me amaño, son cincuenta años los que llevo viniendo, me trae mi nieto y si algún día no tengo ganas no vengo.

Más de cuarenta años llevo yo viniendo —decía Anto­nia — pero si dejamos de venir esto se termina.

Todos los puestos de carnicerías y otros estaban cerrados. Donde estuvieron los escalones para bajar había una pared muy alta sin encalar “Es la trasera del nuevo Ayunta­miento de Arrecife”, decían. Hasta para ellas ya no es el Puerto, todo eso lo han fabricado, por dónde estaba el corral de los burros ya de eso no queda nada.

Pero si queda aún dos mujeres que bajan de San Barto­lomé al Puerto a vender a la Recova, aunque ahora se llame la Plaza del Mercado.

 

 

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Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

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