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Llegaba el invierno

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivencias

El cielo se ponía gris, encapotado, Marcial Perera lim­piaba la alcojía y hacía un talabardón para que el agua no se escapara.Reyes tabares

Seño Domingo, con una pala, limpiaba el caño y la colaera porque estaban llenos de escombros.

Había días que llovía mucho, con un tremendo ruido de truenos, los poyos de las plantas y los caminos se llena­ban de granizo y los muchachos descalzos salían a la calle, y se los echaban a la boca, tirándoselos unos a otros. Se ponían debajo de los canales dónde mismo caía el agua y se quedaban todos ensopados.

Los que estaban en el campo se tenían que venir por­que no escampaba, se abrigaban debajo del camello o con unos sacos grandes, con los bastos o quizá en alguna choza de piedra tapada con ramas secas de papas o calabaceras.

Llegaban a la casa tiritando de frío, se quitaban la ropa, que estaba toda empapada, y si no tenían otra se tenían que acostar hasta que se le secara.

Si seguía lloviendo se asomaban a las gallenías para ver cómo estaban los animales, al corral del cochino le echaban entullo, rama seca o maraballa, porque quedaba hecho un chiquero.

Muchas casas se mojaban por el techo, rodaban las camas y debajo de las goteras ponían los botesicos: palanga­nas, escupideras, y el tic tac de las gotas no dejaba dormir. Tenían que echarle, a los techos, una lechada de cal, ante­riormente se le ponía una torta de tegue, con granzones de centeno o trigo.

El camión de Dionisio o Pepe Benasco le traía el bidón de piche para echárselo en los techos de las casas. Ponían el bidón sobre unos teniques grandes y le echaban fuego para calentarlo y deshacer el piche. Eso solía hacerse el día de todos los Santos, también ese día, aunque estuviera llo­viendo, iban los muchachos a pedir la limosna de todos los Santos; con una bolsita iban a las casas de las abuelas, de la tía Tomasa y a casa de la gente rica, y les daban pasas, fruta pasada, porretos, bizcochos, guayabos, naranjas…

Los hombres ese día estrenaban el vino o el agua pata, y se convidaban vecinos y conocidos, unos con otros.

Con la lluvia las tierras quedaban unidas y empezaban a preparar los granos para la siembra, sembraban por encima o de surco. Cuando era por surco se tenía que tapar con los pies, se plantaban las papas blancas y montañesas en las tie­rras que estaban estercoladas.

Yo recuerdo que me subía con mi padre arriba de la troja, para bajar las papas de semilla. Las montañesas se plantaban en las cuatro gavias de atrás, allá en la Peraza, las blancas que ya estaban grellándose en aquellos canteros de abajo, al lado de la choza, dónde ponía el jato, allí a la som­bra. Plantaba tantas que cuando las cogía hacía una pionada, los hombres zachando con la azada o la zacha y las mujeres detrás  con los cestos cogiéndolas; a veces cogían el corte muy largo que tardaba un montón para llegar al final de la gavia o cantero. Si la tierra tenía hierba, alguien iba delante quitán­dole las malvas y los cenizos grandes.

Cerca del mediodía, mi padre miraba el sol, “Ya son horas, preparen el sancocho”, decía. Se buscaba la leña, preparaban los teniques, llenaban la caldera de papas y a echar fuego; si éste no se avivaba, se le echaba un pizco de azufre. Cuando ya estaban guisadas, agarraban las asas de la caldera con un saco, las escurrían y les echaba una embolsada de sal por encima.

Todos sentados en el suelo, formando un círculo, se disponían a comer. Mi padre amasaba el gofio en el zurrón y lo estregaba muchas veces en las rodillas, lo sacudía con las manos, y cuando ya estaba lo iba sacando en forma de turufinas. Mi madre partía el queso, sacaba el pescado y un tarro grande con el mojo de cilantro. A la tía Serafina, siempre sentada detrás de todas, se le tenía que alcanzar la comida, porque si no no comía.

Se llenaban muchos sacos de papas. Por la tardecita llegaban los camiones de Juan Cruz, Pepe Benasco o Crispín, para traerlas. Los muchachos y muchachas se subían al camión y se sentaban sobre los sacos y algunos que no lo hacían tan arriba, se montaban en la capota. El chófer le daba con fuerzas a la manivela y el camión se ponía en marcha.

En las noches lluviosas y frías, mi madre solía hacer un chocolate claro y para espesarlo, le echaba huevos y le ponía­mos sopas de bizcocho.

En esas mismas noches de invierno, nos tapábamos con los sacos más nuevos que tenía mi padre para coger batatas al día siguiente, los poníamos sobre la manta, pues sola­mente había una por cama, y otra guardada en el cofre, por si se ofrecía para una enfermedad.

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1 comentario

Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

Una respuesta a “Llegaba el invierno

  1. leoviera

    febrero 5, AM at 7:57 am

    Soy sobrino de Marcial Perera de su historia (creo que sea él), uno de los últimos campesinos que se movían desde su punto de origen, Güime, hasta cualquier parte de la isla en su carreta y con su burro. Así hasta el mismo día de su muerte. Precioso relato, enhorabuena.

     

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