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Los abuelos

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivenciasRecuerdos

Manuel y la mujer echaban casi todas las tardecitas la partida a la brisca, en una mesita pequeña en el cuarto grande. Ella ordeñaba las cabras en un tojio y ponía cuarta y media en una lechera pequeña para dársela al nieto; también hacía un queso de vez en cuando y con los sueros amasaba los afrechos para las gallinas y quíqueres que tenía.

Llegaba sudorosa, quitándose las medias gordas canelas y el delantal de tiros, cuando venía de poner bardos o de arrancar lentejas.

Los nietos iban a la casa y le pedían elásticos para el tirabenque, o tela foña para el rabo de la cometa. Ella buscaba la sábana que estaba más raleada o alguna saca de azúcar, de aquellas que tenían unas letras grandes encarnadas y de allí le sacaba tiras para el rabo.

También los domingos al mediodía, después de comer, porque ella se acostaba un rato, le dejaba debajo del mantel de la mesa de la cocina veinticinco o cincuenta pesetas a los nietos, para si querían ir al cine de don Daniel, o para ir a la plaza y comprar algunas golosinas a María, la del carrito, que más tarde lo quitó y puso una dulcería por debajo del Casino, por donde era antes la cartería de Gervasio. Los muchachos sabían el sistema de la abuela, iban derechos, levantaban el mantel y cogían las perras y así no la desperta­ban si estaba durmiendo.

Ella era muy atenta con ellos, tanto era así que una de las veces, por el día de Reyes, hizo el encargo de regalos para ellos, pero se lo mandaron con antelación, y se vio en un apuro porque no sabía dónde esconderlos, ya que los muchachos siempre iban allá y podían dar con ellos. Des­pués de mucho pensarlo los puso debajo de la cama, pero un día estaban todos en esa habitación y vieron entrar a un ratón, los muchachos enseguida empezaron a buscarlo y la abuela insistía que no, pero a ellos nadie les pudo atajar, porque iban en busca del ratón y se metieron debajo de la cama, encontrándose con unos paquetes grandes, que eran unos caballitos de cartón que los Reyes Magos les habían mandado con antelación.

A mí me gustaba preguntarle al abuelo a menudo cosas, de cuando estuvo en la guerra, pero a él no le gustaba recor­dar, me daba cuenta perfectamente de que no le agradaba. Decía que no merecía la pena contar las atrocidades y penas que pasó. Yo insistía en que contara algo. Él se quitaba la cachorra y enseñaba una cicatriz que tenía en la cabeza de una bala que le habían tirado. “Me pasó rozando” decía, “se llevó al que estaba detrás de mí, le vi morir y a Pablo, en cuanto llegó, lo mataron. Cargábamos en hombros a los heridos y muchos morían sobre nosotros”. También contaba cuando le ayudó a un amigo, gran compañero, porque eran del mismo pueblo, a saltar la trinchera porque estaba en el bando de los rojos. Cuando se encontraban con otros de Lanzarote decían que si escapaban y regresaban a sus casas iban todos juntos de promesa a ver a la Virgen de las Nieves.

Eso sí que lo cumplieron, los que quedaron vivos y regresaron. “Fueron siete años los que estuve sirviendo”, me decía, “ayudé a hacer los nidos que están en la orilla de Playa Honda (ya muchos desaparecidos), no me sigas preguntando, no me gusta recordar ese horror tan grande que es una guerra”.

Dios libre y guarde de qué eso vuelva a suceder. Yo le escuchaba atentamente, pero me horrorizaba y me parecía mentira que todo lo que me contaba fuera cierto.

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Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

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