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Manolo, el betunero

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivencias

 Tenía entradas en la cabeza, pelo algo grande, peinado para atrás, del cual, a vecesRecuerdos, le caía algún mechón reluciente por la cantidad de brillantina que se ponía y que compraba en el puerto, en la tienda de don Pancho. Lucía unos bigotes de rizadas puntas.

Vestía siempre con un terno y aunque fuera verano siempre llevaba bufanda al cuello.

Llevaba la caja debajo del brazo, con betún, cepillo (o la escobilla) y dos cachos de trapos, porque era betunero, Manolo el de Rosa, o Macartur como algunos le llamaban.

Nacido en Tenerife, pero siempre le conocimos aquí. Llegó al pueblo para casarse con Rosa o Rosita como muchos la conocían. Se habían conocido en Las Palmas, porque ella estuvo allá, en casa de unos señores ricos colocada o de criada.

La familia de ella contaba que cuando él llegó aquí, como no le conocían de nada, le ofrecieron el cuarto de la paja para que se quedara de noche.

Recién casados pasaron mucha miseria, decía ella, pero gracias a la familia, nunca le faltó la comida.

El no tenía trabajo, pero le pegaba a todo, lo mismo cogía una escoba para albear como una máquina para retra­tar, las primeras fotos que yo me hice fueron sacadas por él y aún las conservo, de tamaño no son mayores que una caja de fósforos.

Pero como más le recuerdo es cuando fue betunero, iba todos los días al Puerto, en la guagua perrera, las verdes, que tenían una puerta por atrás con dos o tres escalones.

Por las inmediaciones del parque o el muelle chico, se sentaba en una banquita, con la sonrisa en la boca, que poco menos llamaba al cliente para betunarle los zapatos. Y esos clientes eran los ricos del Puerto. Las perras que hacía las traía en un cacharro de Pelargón (preparado lácteo en polvo para niños pequeños); también las ponía en los bolsillos y las hacía sonar para que vieran todo lo que había hecho ese día.

La casa era distinta a otras, las paredes llenas de cua­dros, fotos, medallas,… y encima de una mesita pequeña un gramófono. En una silla tenía un transistor grande, cua­drado, con dos perillas por los lados, de un color canelo amarillento. Fue el primer aparato de radio que hubo en el barrio, o el primero que yo vi.

Todas las tardecitas iban los vecinos a la casa y en aquel patio empedrado, se aglomeraban para escuchar aquella mú­sica cuando ponían el picar (pick-up), y unos a otros se miraban extrañados como preguntándose qué de dónde po­día venir aquella música que parecía caída del cielo. Tam­bién muchos iban para escuchar el parte, pegándose todos al enorme transistor porque se oía con dificultad. Manolo le daba muchas vueltas a las perillas y decía: “no se oye sino los moros o la onda costera”, pero por eso nadie dejaba de ir a la casa todas las tardes y el patio se llenaba de gente.

A él le gustaba alternar con la gente alta. Hablaba de leves, normas, política, parecía entender mucho, pero nunca supe si comprendía lo que él mismo decía o si sólo hablaba por hablar.

Tuvo dos hijos, Milagrosa y Manolín. Vivió muchos años en San Bartolomé, en el Morro, luego se marchó a vivir a Titerroy y más tarde se fue a Las Palmas; tenía la casa en Escaleritas, y allí es donde todavía vive la mujer, porque él hace dos o tres años que murió.

Esto fue un poco recordar lo que conocí de Manolo, el betunero, también hubo otro en el pueblo que le decían “Merengue”, pero a ése le conocía menos, sólo sé que era betunero.

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Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

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