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Margara

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Fuente: Recuerdos y vivencias

Hay cosas de las que se aprende muchísimo, no solo de los libros, sí, ya sé que los libros enseñReyes tabaresan y mucho, pero son signaturas, leyes, normas,… Pero hay algo muy impor­tante, y es todo aquello que se puede aprender de los seres humanos, de su manera de actuar, de ese gran testimonio que muchos saben dar, aunque no sepan leer ni escribir, ro sí tienen esa gran sabiduría que van adquiriendo a lo o de la vida; son de esas personas que parecen que sólo nacido para que aprendan de ellas.

Era buena mujer, cariñosa, pacífica, bondadosa y con una resignación que nunca pude comprender cómo podía sobrellevarla. Se llamaba Margara, siempre la recuerdo ma­yor, toda vestida de negro, como si el luto nunca se le cumpliera. Llevaba sombrera, y el rostro desfigurado por la parálisis que sufrió a los quince años, capaz de horrorizar a todo aquel que la viera por primera vez.

Sus lagrimosos, rojizos y desformados ojos le impedían ver con claridad, sus últimos años los vivió con una ceguera total. Su boca, bastante torcida, también le dificultaba el habla, pero todos los que la conocimos le entendíamos per­fectamente.

Toda su familia solía ir a su casa, a los más pequeños los acercaba y tocándoles porque no les podía ver, les decía: “que grande estás o cómo has crecido“, también: “que guapa te puso tu madre o dime si ya sabes rezar”.

Llegó a tener cuatro hermanos más, tres habían muerto hacía mucho tiempo y vivía con el único que le quedaba, una hermana que hacía unos cuantos años era viuda. Eran inseparables, no hacían nada la una sin la otra. Esa hermana murió, nunca lo supo, por su ceguera y sus años, lo que sí sé, porque fui testigo, es que hablaba muchas veces con ella, y al no recibir contestación, le decía: “pero que callada estás”.

Lo que también me quedó muy grabado fue cómo era su casa: grande, antigua, una enorme pila de piedra labrada, donde jabonaba y lavaba la ropa, estaba frente al horno, que cuando amasaba le daba a las sobrinas un trocito de masa, y con ella hacían un muñeco y lo metían en el horno junto al pan. Hacía bizcocho y lo ponía en una caja grande de madera.

La cocina con su largo poyo, la humeante chimenea con un montón de cepas al lado, una repisa con el mortero, el molinillo y un quinqué con el tubo medio ahumado. En la esquina del poyo había un cacharro grande de hojalata lleno de gofio, un paño doblado dentro de un cedazo y un lebrillo grande, canelo y lañado.

El patio era amplio, del poyo colgaban los claveles de varios colores, unas preciosas hojas manchadas y un fron­doso panpadul. Nunca faltaban flores para un Cristo que tenía encima de la cómoda, dónde ponía la ropa y guardaba los velos y las mantillas. En una mesa de tres patas tenía un florero y una polvera, y por encima de ella un clavo del que colgaba un enorme espejo con un marco muy bonito, que siempre tenía forrado con papel celofán color amarillo. En una esquina: la vieja máquina de coser.

Al lado de la puerta de la sala, un escupidor y una vestidora con un alto espejo,… En una de las habitaciones había una lacena empotrada en la pared con una puertita de cris­tal, dentro tenía una antigua sopera de pisa blanca y una caja con un rosario con el que rezaba todas las noches. Había una vitrina con mucha loza, una licorera que sus copitas parecían dedales de pequeñitas, unos platos con un gallo pintado,… En una mesa negra había un reloj de campana que siempre decían que lo habían heredado de sus abuelos.

Tenían un cofre que no se cómo llegaban a coger lo que estaba en el fondo, de lo alto que era. Una lavadera con un espejito muy veteado por los años, en el que se enganchaba el escarmenador.

El cuarto de abajo era enorme, con un grueso canto de escalón, había muchas cosas: una troja, cribos grandes, unas zarandas hechas con paja de trigo, los granos y las papas que dejaban para la semilla. En varios clavos de la pared colgaba la embarda, con la gorupa de soga, con un trozo forrado de manta vieja, la que iba debajo del rabo del burro para que no se rozara. Estaba la cincha, el cabresto, un freno,… Tenía el medio almud, el cuartillo y unas cestas grandes. En una esquina guardaba paja de arveja y chícharos, para tres cabras que tenía.

La baldada no daba mucho, casi siempre estaba seca. “Jate, jate, es que la baladrona ni bebe”, recuerdo que le decía.

Hacía un queso todos los días con cuajo que guardaba pegado en la pared. Tenía una machorra para cría, el macho se lo había pedido a seño Juan, el de la Molina, que le en­cargó que no le dejara de echar la ración todos los días.

La primera semana de septiembre se iba a la playa con la familia, también le acompañaban algunos vecinos. La habitación de don Pedro se la pedía con bastante antelación o si no el garaje de Manuel Rojas, el de Carmita. Ellos siem­pre se la prestaban si la tenían desocupada.

Llevaba las cestas con todo lo que les hacía falta para los siete días que iban a estar. En la manilla de las cestas ama­rraba el farol y la cocinilla de fuelle, aquellas de pitorro, y la aguja doblada en papel vaso para cuando se tupiera la ca­beza. Dos botellas con petróleo, que casi siempre le sobraba porque también hacía la comida con leña.

Las muchachas mozas que iban con ella, con mucha ilu­sión, compraban la tela en casa de don José Prat, para hacer los bañadores de sobrefalda o de pololos cuadriculados, con elástico un poco más arriba de la rodilla; también se enhe­braba arriba en el pecho para que quedara justito y decente.

Esa noche casi ni se dormía, tenían que levantarse muy temprano, no esperaban ni al canto del gallo. Margara, miraba al cielo y decía: “ya el arado está en peso, todos a levantarse para que el sol no nos coja por el camino”.

¡Fras, fras, fras,…! así le decía ella al burro para que bebiera antes de salir. El agua que llevaba en los garrafones tenía que acotejarla.

A veces salían con la claridad de la luna, otras con el cielo cubierto de estrellas y, en ocasiones envueltos en una inmensa oscuridad. Tropezón tras tropezón por las piedras y ripios que había en el camino jablito.

Por la curva se oía el ruido del mar y se notaba el olor a playa, a marisco. “¡Ánimo, ya falta poco!”. Muchos se iban quedando atrás por el cansancio del camino y otros, por la corta edad que tenían. Familias y conocidos se agregaban para ir todos juntos, como si fuera una gran familia muy unida.

Amanecía y el sol despuntaba sus primeros rayos de oro, se podía ver con claridad un mar tranquilo, con alguna que otra barca o faluga. Recuerdo a los pescadores que con sus remos salían muy temprano a pescar, para después ven­der sus capturas en la misma orilla.

Llegaban, descargaban los burros y los amarraban detrás; después de tener todo ordenado, se daban el primer baño, con aquellas enaguas blancas, que al meterse en el agua les flotaba como si fueran un paracaídas; al entrar siempre se santiguaban.

Cuando salía, Margara, ponía a secar el refajo en unas piedras que había detrás de la casa, tenía que secarse para el baño del mediodía, y luego otra vez igual para el baño de la tarde.

—¿ Ya luce el barquito?, preguntaba.

Juan, el Curita, salía todas las mañanas a pescar y todos le esperaban en la orilla. Él ponía unos trozos de madera en la arena y empujaba el barco hacia fuera, hasta que estuviera en tierra.

Margara compraba aquel pescado fresquito, saltando, ara hacer el caldo con gofio revuelto.

Por las noches iban las muchachas al meano de jable que había debajo de la casa de doña Fermina, al lado había un sobrado y bajo la luz de la luna conversaban largo rato. A veces, daban una vuelta por la casa amarilla, o la casa la Rusa”.

Recuerdo que había poquitas casas, esas que he nombrado, más la de don Sebastián, la de Juan y Carmen, la de la gente de Ferrer, la de don Chano y doña Fermina, la de Rafael Reyes y la de Manuel Roja; también unos huecos que eran de gente de Güime.

Los domingos se levantaban muy temprano, para ir, en el camioncito de don Pedro, al puerto, a misa, que se celebraba a las cinco de la mañana.

—¡Levantarse, no sean pesadas! Hay que ir a misa que es domingo. El camión no espera— decía Margara. Entonces se levantaban todos los que dormían en la habitación y algunas, las más pequeñas, lo hacían restregándose los ojos, aún endormitadas. Yo buscaba los zapatos y no los encontraba y me iba descalza, quedándome detrás, al lado de la puerta, toda la misa de rodillas, intentando taparme los pies, para evitar que me vieran descalza. “Ya falta poco”, pensaba, y como de la iglesia volvía directamente al camión y todavía no se veía claro, no me importaba mucho.

Pero esa mañana no fue así. “¡Densen prisa!” Dijo don Pedro, “hay que ir a la panadería a comprar el pan”. Y con los claros del día caminé descalza por las calles del puerto.

Me gusta recordar todas estas cosas porque, a pesar de las dificultades y de los escasos medios, fueron vivencias que no me gustaría olvidar y sobre todo recordar a aquella buena mujer que fue mi tía Margara.

Cada vez estoy más convencida de que se aprende mucho de las personas y de las cosas sencillas. Quizá lo que para muchos son cosas insignificantes, sin valor, para mí son muy valiosas, y eso es algo que no quisiera olvidar.

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Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

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