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Mis vecinos

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

No quiero dejar en el olvido a toda esta gente porque les conocí muy de cerca.

A María, la de Candelaria, con aquel hermoso gallo, todavía saltando, al que le amarrRecuerdosaba las patas con un atillo, lo colgaba de la pared, con el cuello hacia abajo, y ya en los teniques tenía la caldera con el agua bien caliente para des­plumarlo. El puchero olía hasta el camino, que era lo que separaba su casa de la de mis padres porque estaba enfrente. Vestida de negro, descalza, iba a mi casa, se sentaba a la sombra detrás de la pared o al lado de las tuneras y hablaba un rato con mi madre.

A Dolores, la de Eduardo, se le veía venir por el camino del Quintero con el cacharro de moras en la cabeza, y la gente la esperaba con los cacharritos de leche condensada para comprar. La medida era un jarro pequeño de aluminio; dame dos, yo quiero uno,… y la última que llegaba le decía: “Dolores ‘acotéjalas’ que a mí no me va a tocar ninguna y usted sabe que yo siempre le compro”. Y así despachaba las moras que traía de la Florida, de casa de don Estanislao Carrasco.

Rosa, la de Agapito, que era la hija de Dolores, vivía  con ella y tenía una lonja pequeña, donde todos, o casi lodos, los vecinos compraban fiado: “Dice mi madre que la apunte hasta que cobre.”. Rosa sacaba de debajo del mostra­dor una libreta cumplida, por fuera de un cartón muy duro, para apuntar lo que importaba el mandado.

Con la falda cana hasta los tobillos, recuerdo a seña Dominga, la de Juan Cabeza, vendiendo aquella bonita fru­ta que parecía no haberla tocado nadie. Ella decía: “no es por nada, pero fruta como ésta no hay más”, y las ponía en unas pesas de madera, “está bien pesada, no me gusta pesar en el loro” decía. Los pesos eran negros con una argolla para agarrarlos, eran de un kilo, de dos,… también de un cuarto y mitad.

Recuerdo a Ana, la de Estanislao, cogiendo los higos picones, serenados en aquellos pencones grandes de tuneras, y el marido haciendo macetas forradas con piedras pequeñitas de volcán.

María, la de Fermín, que vivía por detrás de mi casa, preparaba la ropa para jabonarla en aquella pila, con el bastidero grande, que tenía debajo de la pared; se amarraba a la cintura un pantalón remendado para no mojarse cuando lavaba, y la ropa la tendía debajo de las paredes. Y llegaba Fermín con unos piscos de más y le decía “hola ingrata”, creo que esa palabra se la diría de cariño porque ella fue siempre una buena mujer.

José Luis y Felipa siempre trillaban en la era de don Paco, porque eran los medianeros y Perico, el hijo, le daba vueltas al calcaero y votaba los moñigos para fuera, porque eso se hacía siempre para que el grano quedara limpio.

Seño Domingo Perera trillaba y los muchachos se montaban arriba; seña Rosa, con la zaranda en el hombro, iba para la era, también le llevaba la media y el rayo, para medir el grano y saber las fanegas que cogían. Tenían un lagar y en el tiempo de la vendimia se lo prestaban a mi padre para pisar la uva; también pisaba en casa de las Genaritas. Cuan­do la traía en aquellas enormes cajas, los muchachos, ya sangoletitos iban detrás pidiendo una escalita.

Mi padre se remangaba los pantalones, se metía dentro el lagar y empezaba a pisar con los pies. La gareta se iba llenando, los barriles y el fonil de madera ya los tenía prepara­os para ir llenándolos del mosto. Después los llevaba hasta el cuarto del vino donde lo iba pasando a otros envases, según los iba trayendo. Era poco lo que pisaba, por eso decía el cuarto del vino, porque las bodegas eran de la gente rica. Saca el ‘balayo’, que está con la fruta “pa’fuera” y cierra la puerta con el candado, para que las muchachas no entren si tienen el período, que tú sabes que el vino se puede virar”, eso le decía mi padre a mi madre.

Recuerdo a seño Prudencio, sentado debajo de un pa­jero de pasto que tenía, y que con un zurrón mataba a las moscas que se posaban sobre él; las gallinas hacían los nidos y ponían los huevos debajo de los pencones de tuneras, y algunas se iban a lo sembrado que tenía Marcial Perera.

Carmen y Lázaro llegaban casi de noche, de bajo la Villa,  de trabajar. Ella siempre vestida de canelo, porque era una promesa que tenía. Se ponía a pelar papas pequeñitas para hacer la comida, y mientras ésta se hacía, Lázaro tocaba el requinto.

José Rufino pasaba por el camino para arriba todas las tardecitas, venía de casa de don Eloy, donde trabajaba de peón. Recuerdo que una noche alguien comentó que el camello de don Eloy se había soltado, y se lo vinieron a decir a seño José. A mí me daba mucho miedo que los camellos se soltaran, solía ocurrir con frecuencia, porque en el pueblo había muchos, casi todas las familias tenían, por­que eran campesinos.

Para los que he nombrado y los que he dejado de nom­brar, para todos ellos, el mejor de los recuerdos.

Todos, o casi todos han muerto, pero donde quiera que estén, sepan que les he recordado con cariño y respeto, por­que fueron mis vecinos. Creo que han de estar en el lugar que se merecen, que, en justicia, tiene que ser mejor que el que les tocó vivir.

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Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

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