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Recuerdo al campesino

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort

Recuerdos Fuente: Recuerdos y vivencias

El campesino era el hombre que desde muy temprana edad trabajaba de sol a sol en las tareas del campo, ese lugar tan acariciado y mimado, porque removía la tierra, gavia tras gavia hasta lo más profundo para que sus frutos fueran sabrosos, la sementera tuviera frondosas espigas y lograra buen pasto para el ganado. Tenía el rostro curtido por el sol, muchas veces abrazador, pero que siempre supo orientarle la hora de suelta, para coger la mochila y el porrón, sacar el zurrón y sentarse a comer a la sombra de la choza. En las madrugadas le orientaban las estrellas, miraba fijamente al cielo para asegurarse si era la hora de sacar el camello, ponerle la jáquima, preparar los bastos y empezar a ensillarlo y cargarlo con todos los enseres de labranza.

Manos callosas que con su arte supo hacer tantas mara­villas: surcar la tierra, hacer los abrigos de las parras, los socos de las higueras, los profundos hoyos para plantar tomateros, todo eso y mucho más, como nadie sabría hacerlo.

A comienzo de verano había que empezar la ranca, haciendo grandes montones, preparando el vaso y la angari­lla, y llevarlos hasta la era para empezar la trilla con una buena cobra de animales, a veces lo que hacía con el trillo.

Era hombre de mirada lejana y cercana a la vez, como si a un mismo tiempo te escuchara y programara el quehacer del día siguiente.

Llevaba la alpargata bajo el brazo, la cachorra deterioada por el sol, la lluvia y el viento, ese viento que muchas veces le destruía toda la cosecha después de un duro y largo quehacer. Trabajar y envejecer a cambio de muy poquito, un tercio si acaso de la cosecha, pues tenía que ser muy fiel con sus amos. Y a pesar de tantos esfuerzos y sudores, demostraba ser muy agradecido, porque lo expresaba con las bonitas letras que le ponía a las coplas, cantándolas en isas, malagueñas o folías, porque también sabía cantarlas detrás del camello cuando arenaba la tierra o cargaba los vasos de sementera, aunque a veces sus cantos fueran como un lamento cuando cantaba:

Que vida más aperriada
La vida del labrador,
Por la mañana sereno
Al mediodía calor.

Hombre que siempre supo transmitir lo nuestro, lo canario, que nos decía que con el arado se hacía el barbe­cho, lo que era una fanega de cebada, dos almudes de chícharos y un cuartillo de centeno. Nos explicaba de cómo estaba hecho el zurrón, cómo se hacía el gofio, para qué ser­vía el candil, que si la torcía estaba seca, había que comprar mitamedia de aceite para que alumbrara otra vez, que el quinqué y el farol alumbraba con petróleo, que con el balde se guindaba el agua y que luego se dejaba en el brocal del aljibe. De cómo se plantaba el millo y las arvejas y también nos recordaba que a la escuela se tenía que llevar la libreta, y a los chinijos le dejaba echar la cometa, pero que no le pisa­ran los montones de arveja o lentejas para no desgranarlas porque estaban broncas por el solajero. También les dejaba jugar un pisco al arco, al trompo o al boliche, y a las mucha­chas al quemao, al teje o a la trincada.

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Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

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