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Seña Balbina

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

Antes, la mayoría de los matrimonios tenía muchos hijos diez, doce, catorce,Reyes tabares… La mayoría era así, no había anticonceptivos, ni que se pudiera hacer cualquier otra cosa para evitarlo, solamente el tener cuidado para no quedar embarazada.

Seña Frasca contaba que cuando daba a luz, tenía que estar acostada unos cuantos días boca arriba sin moverse, y pie a los niños no se les cogiera mucho hasta que se les cayera la vida (cordón umbilical).

A la parturienta se le hacía caldo de gallina, y los vecinos y conocidos iban a verla y les llevaban una docena o media de huevos, un litro o una cuarta de leche, o alguna pasta de chocolate.

Daban a luz en las casas y preparaban con antelación el farol y unas velas porque no había luz. También estaba dis­puesto el ajuar del crío, o bien se lo pedían a algún familiar o vecino, se trataba de unas camisitas de telas hechas a mano, la fajita para el ombligo, que era una tira larga de cuatro dedos más o menos de ancho, con un rehilado doble alrededor, unas mantitas, un jaboncillo y polvos de talco para la vida.

Si en la familia había algún amañado le hacía la cuna de madera o alguien se la prestaba.

Bautizaban a los niños a los ocho días o quizá antes. Se temía que si morían sin bautizar iban al Limbo, o sea, que no conocerían a Dios, porque nacían con el pecado original heredado de los padres y eso sólo lo borraba el bautismo.

Seña Balbina era la comadrona del pueblo, la recuerdo ya mayor, vestida de negro, con la sonrisa en la cara, el sobretodo en la mano, siempre dispuesta a quien la llamara. No se demoraba, salía deprisa cuando iban a buscarla, lle­gaba a casa de la parturienta, largaba el sobretodo encima de una silla, y acalorada cogía las dos puntas del delantal y empezaba a abanicarse porque llegaba sudorosa.

“Date prisa, calienta el agua que ya está para nacer”. Cuando venían a buscarla de fuera del pueblo iba montada en burro.

Ella dejaba el recado en su casa donde la podían encon­trar porque eran muchos la que la necesitaban. De una casa iba a otra, a otra y a otra,…

Lo cierto es que fueron muchos los que ella vio nacer. Para algún caso apurado, si estaba ocupada atendiendo a otra, en el pueblo había alguna que otra amañada, como Carmen, la de Lázaro, y otras más.

La hija de seña Balbina, Anastasia, ya también desapa­recida, heredó lo de su madre y también fue comadrona.

A los niños no los llevaban las madres a bautizar, por­que no estaban todavía para salir; los llevaban la comadrona o cualquier otro familiar.

La primera salida del niño después de bautizarlo era llevarlo a la iglesia cuando la madre podía.

Los entierros de los recién nacidos eran a diario, se morían muchos niños, no había médicos ni medios como hoy. Solían curar a base de plantas y rezados. Las plantas curativas eran el moralillo, la malva, la ortigilla, el pasote, la manzanilla, la hierba-luisa, el apio, el romero,…

Se curaban de daño, lamparón, mal de ojos, pasmo, fís­tulas, aire-sipela, sosaño, pomo,…

Se sacaba el sol de la cabeza, lo hacían, sobre ésta, con un tarro lleno de agua vuelto para abajo, y también cogiendo unos finitos mechones de pelo, de los que tiraban fuerte­mente hasta dar un estallido.

A los niños pequeños cuando tenían la tosferina, les ponían los panitos de San Blas, que era como un escapulario pequeñito colgado al cuello; traídos desde La Villa el día de San Blas.

Cuando los niños lloraban mucho y no sabían lo que tenían, los santiguaba alguien que supiera hacerlo, pensando que era mal de ojos, eso consistía en unos rezados.

Los golpes los curaban con aceite tibio, y a los niños los vendaban con una tira de tela limpia. Si el golpe era profundo y no sanaban se curaban del lamparón. Tenían que saber las lunas que pertenecían, las curas las hacían a la puesta del sol y por las mañanitas temprano. En la herida le echaban unas gotas de moralillo machacado.

Cuando alguien estaba decaído se decía que tenía la espinilla baja, se curaba a base de ejercicio con los brazos, y lo sabían porque al alzar los brazos hacia arriba, los dedos gordos estaban al mismo nivel.

A los niños que tenían el ombligo salido hacia afuera lo pasaban por el mimbre, el día de San Juan al amanecer. Quienes hacían la cura ritual tenían que llamarse Juan y María, y era más o menos así: María cogía al niño en brazos y Juan le preguntaba “¿qué quieres María?” y María le con­testaba “ahí te va este niño roto y quebrado, que San Juan y la Virgen lo pongan sano,…”

A los que tenían pulmonía se les hacía una cortada en el cuerpo, detrás de la espalda, para que perdieran sangre, y así decían que mejoraban. Y que cuando se sacaban muelas y dientes era sin anestesia.

Eran formas, costumbres y creencias, como cuando a la nieta de María, de ocho años, la vistieron medio año de la salud, con un traje blanco y un cordón azul amarrado a la cintura, que le colgaba al faz del traje, y otro medio año ves­tida de los Dolores, que era con un traje negro. Todo eso era una promesa de la madre, porque cuando chica estuvo muy malita.

Muchas mujeres siempre iban vestidas de canelo por­que era promesa de vestirse del Carmen para toda su vida, y como tal promesa no podían romperla.

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Publicado por en enero 30, PM en Recuerdos

 

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