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Siguen los recuerdos

30 Ene

Por Reyes Tabares Betancort


Fuente: Recuerdos y vivencias

Conservo recuerdos de niñez, de juventud, de cosas vividas, acontecimientos alegres, senReyes tabarescillos, con muchos pro­yectos e ilusiones; de ese tiempo pausado, donde podíamos saborear los buenos momentos y sentir las tristezas; de cosas escuchadas con atención de mis padres y familiares mayo­res, porque siempre me ha gustado saber cosas del pasado.

He tenido la pena de no haber conocido a mis abuelos. Sólo tengo el recuerdo lejano del padre de mi madre, pero nada más. Murieron siendo yo muy pequeña, creo que sea por ese motivo, que haya sentido tanto esa ausencia, de esas personas que me hubieran aportado un montón de cosas buenas e interesantes, y las hubiese escrito en estos renglones que estoy trazando, con el fin de que ese pasado fuera cono­cido por todos, porque todo eso es un trozo de nuestra his­toria, y ella se hace con las cosas importantes y las que no lo son. También se escribe con grandes personajes y gentes sen­cillas, con pobres y ricos, con enormes y menudas cosas. Esas son las verdaderas páginas de la historia, que nuestros jóvenes y niños y todos los que las desconozcan debieran saber. Sería una pena que todo ese pasado quede oculto para siempre. Por eso quiero recordar, saborear aquellos momen­tos vividos, bonitas ilusiones, donde se compartían ratos de descanso con vecinos y familiares. Es inolvidable la gran unión entre ellos, cuando cada cual se conformaba con lo que tenía; y lo que sí y me consta, porque eso quedó grabado en mi mente, es que tenían cosas muy valiosas, como esa amistad sincera, ese saber escuchar y el montón de cariño que sabían dar.

Los vecinos se pedían las cosas unos a otros, cuando se le terminaban o cuando no tenían para comprarlas. “Dice mi madre que le dé un poquito de sal que se le terminó, o que le preste un rebunido, que mañana se lo da. O una caja de fósforos que los de mi madre están revenidos”. Así eran unos con otros, si lo tenían, nunca se negaban.

En las noches de luna se sentaban afuera en el camino y conversaban unos con otros. Las muchachas jugaban a “yo tengo un castillo matarile, rile, rile, yo tengo un castillo matelie,rile, rileron… ” “a Carmen le pongo un dos… “ (y se le preguntaba a una si se quería casar con alguien al que a ella le gustara), todo eso era dicho en canto, porque así era el juego. Cuando se hacía hora de recogerse nos íbamos para nuestras casas, hasta la noche siguiente si había luna.

Seña María era la última que llegaba a sentarse un ratito allá afuera con todos. A veces no le daba tiempo de descansar, siempre estaba traquinando en la casa, le echaba la ra­las a las cabras y con un escardillo grande le limpiaba la pila del cochino. “Turre, turre… “ le decía. Ella era la que también hacía el queso, y por las noches, cuando todos dormían, se sentaba en la cama y con la luz de un candil o un farol, se ponía a remendar la ropa. En una cajita de hierro ponía unas tijeras negras del paso del tiempo, un novelo de hilo blanco y dos canutos, uno gris y otro negro y unos espejuelos con un cristal partido que se lo ponía y los sostenía con un cacho de elástico amarrado. Remendaba las sába­nas, zurcía los cuellos de las camisas e hilvanaba los trozos le rodillas y culos del pantalón. Decía que, a veces, cuando cosía los calzoncillos de pata, ya rendida y cansada, no sabía lo que hacía. Por la mañana el marido iba a vestirse y el pie no le pasaba para abajo, porque en vez de zurcir un lado de la tela, había pegado los dos, y eso le impedía meter el pie; o cuando contaba el chasco que le pasó, cuando embarnizaba por la noche detrás de la puerta y rendida se quedaba dor­mida y cuando despertaba no sabía dónde estaba, dibrusada sobre los muebles y toda pegada, porque se le había derra­mado el barniz sobre ella. Me gustaba mucho que me con­tara lo que le pasaba, aunque sé que muchas veces exageraba las cosas.

Recuerdo que las casas de antes tenían los patios descubiertos, las puertas eran de esquicialeras con llaves grandes y gordas y unos fechillos muy largos. Las puertas siempre estaban abiertas, quizá por las noches le pasaban el fechillo y el postigo sin trancar, para que fueran entrando sin tocar, según iban llegando los de la casa. Las cocinas tenían unas campanas que era donde se echaba el fuego y el humo salía por las chimeneas, y las lacenas se tapaban con unas cortinas de tela; los loceros estaban llenos, con platos de pisa y de loza con dibujos, y sobre las repisas, los morteros, las botellas verdes, las lecheras pequeñas, las fiambreras de aluminio y el molinillo para moler el café.

Las casas de los pobres no tenían cuarto de baño, no sé la de los ricos. A mi madre le oía decir que algunos de ellos tenían un escusao. Yo recuerdo cuando estaba en la escuela de abajo, ver un retrete de madera todo abandonado. Y los que no tenían cuarto de baño, cuando se bañaban los domingos para ir a misa, lo hacían en palanganas grandes o barreños de hojalata. También en las pilas que tenían para lavar la ropa y se estregaban con estropajos de esparto y jabón.

Los pobres se cambiaban la ropa una vez a la semana o más, hacían sus necesidades en corrales y por las noches tenían escupideras o bacinillas.

Vayan también mis recuerdos para seña Bernarda, bastante mayor, y para seña María, Luisa y Clorinda, las lecheras del pueblo, que iban a vender la leche al Puerto. Tenían unas lecheras grandes y se colocaban una en el cuadril y otra en la mano. Ponían las medidas en un cesto tapado con un paño.

En casi todas las casas tenían dos o tres cabras, o más. Dejaban la leche que necesitaban para ellos, hacían queso, y la que le sobraba se la vendían a las lecheras.

Sigue el recuerdo para los barberos que había en el pueblo, para Manuel García, que tenía la barbería en la calle La Cilla (hoy llamada Unamuno), en un hueco que todavía hoy existe. El hijo, Manolo, continúa de barbero pero la hizo más abajo que la del padre.

La barbería de Domingo Corujo estaba en la calle Rubicón, abajo, en la plaza, allí también tenía una pequeña cantina. Un poco más allá estaba la de Manuel Navarro, frente a la casa de don Eloy (hoy de don Pepe Ferrer), donde un tiempo continuó su hijo Miguel, también desaparecido.

Más tarde hubo otra, la de Fefo Navarro, situada al lado de la cantina de Pedro Romero, por allí por la casa de Gre­gorio “El Marchante”.

Había tres zapaterías, ya no existe ninguna de ellas, eran las de Marcial “El Zapatero”, Rafael “El Zapatero” y Damián “El Zapatero”, así simplemente, porque así se les conocía. Rafael era también sacristán y en las fiestas repicaba las campanas y en los entierros las doblaba.

Todas las mañanas temprano se oía el pito, eran Joseíto o Antonio “Carrera” para que soltaran las cabras pues eran los pastores que las llevaban a guardar al monte. Marcial Machares también era pastor; muchas veces llegaban las cabras con las orejas cortadas, porque decían que se habían puesto enfermas y era sangre lo que tenían. Las desangra­ban y se ponían buenas. La gente mayor decía que eso se llegó a hacer con las personas que se enfermaban y se les hacía una cortada en la espalda para eliminar sangre y así mejoraban.

Eran estas cosas, y muchas más, las que se vivieron. Creo que esto que escribo sólo puede gustar a la gente senci­lla y humilde, y si así fuera, me daría por satisfecha.

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Publicado por en enero 30, AM en Recuerdos

 

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