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2015

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PREGÓN DE LAS FIESTAS DE “SAN BARTOLOMÉ ” 2015

Por  RUBÉN  ACOSTA

Esto no es un pregónRuben Acosta

Para decir que no lo es debería definir primero qué es un pregón para mí. Lo veo como un verso de amor del pregonero al pueblo que le rinde homenaje, donde el elegido suele hablar de sus vivencias de niño, de datos curiosos del patrimonio etnográfico, y recuerda anécdotas graciosas de sus vecinos. Yo soy un niño, 38 años, de hecho el pregonero más joven que ha tenido San Bartolomé, mis anécdotas in¬fantiles están vinculadas a mi barrio, la Plaza del Carmen, y no me considero un experto en patrimonio etnográfico. Por estas razones que acabo de mencionar, esto no debería ser un pregón.

Muchos de los que están aquí no me conocen. Me presentaré como hablarían otros de mí, estos señores que están sentados en el banco: Rubén es de los Prines de San Bartolomé. Hijo de Marcial y Brígida y casado con una gallega, hermano de Tali, Alejandro, Maci y Patricia. Sí hombre, el pelúo que hace fotos y que está fijo de viaje.

No se equivocan. Lo que es cierto, es que soy fotógrafo profesional, también editor en Ediciones Remotas, y mis pasiones están relacionadas con la tierra, con el paisaje, y con el vino.

Este supuesto pregón irá centrado en sensaciones. También en SEÑORES, con mayúsculas, en el sentido más digno de la palabra. Irá sobre gente pobre, o humildes como se suele decir para no infravalorar. Que hablan y mantienen viva la memoria, que discuten sobre lo que pasó o sobre lo que creen que pasó. Que hablan por hablar con el único fin de recordar, de revivir, o simplemente por pasar el rato. También hablaré de tierra, de sudor, de fiesta, de nobleza, y de amistad. Y hablaré de la mejor manera en la que puedo hacerlo, con imágenes.

(proyección)

La fotografía habitualmente te traslada a lugares que ya conoces, a gente que como tú, ha vivido unas circunstancias similares. Muchas veces nos reconocemos en los rostros de los otros, incluso sentimos y olemos la escena que vemos retratada. No hace falta que conozcamos las caras de los que acabamos de ver en estas imágenes para poder sentir que podríamos ser nosotros. ¿Y qué ocurre cuando realmente somos los protagonistas de esas fotografías? En ese momento se produce un viaje en el tiempo que nos traslada al instante exacto en que ocurrió. Vamos más allá del marco de la imagen y nos vienen a la mente realidades paralelas a la que se muestra. Recordamos lo que habíamos comido ese día, el viento y sol que hacía, o anécdotas sobre los que nos acompañan.

Ese viaje nostálgico al pasado, y la capacidad de emocionarse con las vidas ajenas es parte de la magia de la fotografía. A ello se le une el poder silencioso de las imágenes y su capacidad narrativa para contar historias. Al ver una fotografía siempre nos preguntamos, qué estaba sucediendo en ese momento, o por qué llevaban esa ropa, o incluso qué tipo de relación había entre los personajes de la imagen. Esas cuestiones, que muchas veces nos hacemos de manera subconsciente, vienen a responder nuestras ansias de curiosidad, es un juego que despierta nuestra imaginación y donde vamos más allá de lo real. Ocurre como si hubiésemos extraído un frame de una película y tuviéramos que descifrar qué es lo que sucede.

La fotografía también es democracia. Desde la llegada de Kodak y más aún con la aparición lo digital todos podemos hacer fotografías y tener copias en casa. Pero como todo, en las imágenes que acabamos de ver de una época pasada, vemos que no hay tanta democracia. Solo aquellos con dinero y que podían permitirse ir a un estudio fotográfico o tener una cámara, tienen recogidos instantes de sus vidas. En cierta medida, la historia visual en general también está censurada. Por eso, iniciativas que rescatan el patrimonio gráfico como el concurso de fotografía histórica de San Bartolomé, o el proyecto memoriadelanzarote.com tienen un valor altísimo. También personas que donan sus fondos privados de imágenes, o fotógrafos que ceden para la consulta su patrimonio gráfico. Este es mi pequeño homenaje a estos proyectos que salvaguardan la memoria visual y ayudan a difundirla, y a las personas que colaboran en ellos. Las imágenes que acaban de ver en esta proyección pertenecen a estos archivos y a la cesión desinteresada de sus propietarios.

La fotografía es un viaje en el tiempo, pero también en mi vida ha sido un motor para iniciar aventuras en otros lugares. Un viaje es un sueño al principio, después un gozo, y finalmente un disfrute el recordarlo. Pero en cualquier rincón que he estado, siempre he sido muy consciente de donde vengo y de mis raíces. Esta sensación de pertenencia es una parte importante de nuestra personalidad, saber de dónde se viene y poder estar orgulloso de ello. Estas fiestas del pueblo nos dan esa oportunidad. Más allá de los actos en sí, la fiesta de un pueblo es un lugar de encuentro entre los que estamos en el día a día, los que viajamos y los antiguos y nuevos vecinos. En esta época actual, existen cada vez menos lugares de encuentro, así que dejémonos llevar y tomemos un vino juntos entre chiringuitos y palmeras.

Soy fotógrafo desde antes de tener cámara, desde pequeño solo quería sentarme en la ventana del coche o de casa para observar, como si de un sociólogo se tratara. Tengo el honor de dedicarme cada día a lo que me gusta y formar parte de la historia dj muchas personas. La fotografía ha sido la excusa para viajar, para vivir nuevas experiencias, para conocer muchas personas, y sobre todo ha sido la manera en la que me he expresado. Sigo y seguiré haciendo fotos con o sin cámara, y aún en este momento, cuando levanto la vista, también me llevo una imagen en la mente.

Siempre digo medio en broma medio en serio, que San Bartolomé es la cuna de la cultura de Lanzarote. La gente se ríe y me gusta mirarles a la cara para ver su reacción. Para mí, sí que es la cuna de mi cultura. No me olvido cuando Don Manuel en el colegio Ajey nos hablaba de Don José María Gil y sus canciones, de José Hernández enseñándonos el maravilloso patrimonio eclesiástico o hablando sobre la Casa Mayor Guerra. De las clases de arte clásico y arte contemporáneo en el instituto de la antigua casa Ajey. De cuando me iba con los amigos y mi hermano en bicicleta a Zonzainas y nos metíamos en las ruinas o visitábamos la quesera. Siempre me atrajo la Montaña Mina, o Emine como nos recuerda que posiblemente fue en su origen Agustín Pallares en su Diccionario de topónimos de Lanzarote. He visto mil montañas diferentes en una: con molinos, sin molinos, de cerca, de lejos, desaparecida entre nubes o contaminada con calima.

Me acuerdo mucho de mi padre, cada día y por muchos motivos. Re¬cuerdo cuando organizaba las fiestas de la Plaza del Carmen, que pasaron de manera muy fugaz pero aún así marcaron mis primeros recuerdos de fiestas en el pueblo. Recuerdo cuando me llevaba de niño al Arenao en la Vega de Machín y escuchaba las conversaciones con mis tíos. No entendía nada, pero me gustaba ese murmullo. Hoy en día sigo escuchándolos, con un vaso de vino en la mano y picando una ensalada con queso y bizcocho. Debo decir que sigo sin entenderles nada, pero me sigue encantando oírlos.

Es curioso, mis recuerdos están muy vinculados a la cultura, quizás ya estaba predestinado a dedicarme al mundo del arte. Mi madre nos enseñó a soñar y mi padre a luchar por los sueños. Hoy lucho y disfru¬to haciendo lo que me apasiona, contando historias con imágenes y siendo parte importante de los recuerdos de las personas. Pero soy muy consciente de que lo que soy, tiene que ver con mis padres, con mis hermanos, con mi mujer, con mi familia, con mis amigos, y con el pueblo en el que he crecido.

Echando una vista atrás a lo dicho, quizás esto fue un verso de amor. Quizás esto fue un pregón.

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