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Anécdotas

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Contadas por don José María Gil Santana en el acto inaugural de la Escuela de Folklore de Las Palmas.

Les voy a contar una anécdota, que ya he narrado otras veces, pero como ha gustado, se las vuelvo a contar a Vds.

La anécdota es de fines del siglo pasado. Porque yo nací en el siglo pa­sado. Ahí, no serví al rey, serví a los demás, pero al rey no. Y esto lo oí yo no sé dónde. Los viejos se reunían por ahí para decir cuentos, por la noche. Este ha gustado y a mí también me gusta.

Erase una vez un matrimonio. Ella se llamaba Juana y él Manuel. Eran campesinos. Tenían su vaquita, sus dos o tres cabritas, las gallinitas, una casa de campo y vivían bien.

Un dicho antiguo señala que “mal anda la casa donde la gallina canta y el gallo calla”, pero en esa casa el gallo callaba y la gallina cantaba, pero an­daba muy bien la casa, pues ella era una mujer de muchos conocimientos y llevaba todo muy bien, porque él no sabía nada. Como antes no se sabía nada de letras, nada, era ella la que llevaba la cuenta de todo.

Y sucedió que al marido le gustaba los sábados irse con unos vecinos y echar un “cañonazo” de vino. Porque en Lanzarote se bebe vino; aquí ron. Se echaba sus “cañonazos” e iba para la casa medio “encampanao”. Y suce­dió que allí se arrimó un marchante. Que ustedes saben que marchante le llamamos a esos que se dedican a comprar reses para llevar al matadero y eso. Y los marchantes tienen, como ustedes saben, un cierto poder de suges­tión. Parece que sugestionan a la persona y le dicen: “Mira, aquel animal está enfermo. Vd. debe venderlo”. Y lo sugestiona y lo vende.

Resulta que tenía una cabra que se le había quedado, que no le dio cría aquel año. No digo la palabra que se emplea, porque esto tiene un rom­bo y si le pongo dos lo hecho a perder. Pues sucedió que la cabra aquella se la trató en tantas pesetas: tres pesos me parece. La mayor parte ya no saben ahora lo que vale un peso. Bien, se trató la cabra en tres pesos. El marchan­te dijo:

—Pues, mañana voy por ella”.

Y al siguiente día fue por ella a la casa y no estaba el marido, que se encontraba en el campo. Y entonces le dice a la mujer:

—Aquí vengo, seña Juana, a llevarme la cabra esa que se les quedó del año pasado.

— ¿Qué me está diciendo, hombre? La cabra no sale de mi casa. —Si me la trató su marido y no sale…

—Que no. Una cabra que la crié yo, no. No, esa cabra no sale de mi casa.

Y se marchó el marchante y se encontró con el marido.

¡Hombre, bonita palabra tiene usted!

¡Hombre! Mi mujer…. ¡qué le voy a hacer!

Lo que hacemos todos los medio puñetas que somos los maridos. La tranquilidad vale mucho. Y, entonces, se fue a la casa, dándole las quejas a la mujer.

—        ¡Esto que has hecho conmigo. . . I Que he quedado con ese hombre en mal lugar.

Y, entonces, ella empezó a llorarle y a pedirle quejas y demás. Tanto fue que empezaron a sacarse hasta los defectos de la familia. “Que si tu fa­milia, tal; que si tu familia, cual”. Se pusieron como “piford”. ¿Ustedes saben lo que es piford? Eso es una palabra antigua, que muchos no saben lo que es.

Bueno, y fue tanta la ira que se tomaron que no se hablaban ni una pa­labra. El venía del campo, atendía a la vaca, los animales y tal. Ella arregla­ba la comida, se la ponía, pero ni “buenos días”, ni “buenas tardes”, ni na­da. No se hablaban ni una palabra.

Pasaron quince o veinte días así, en esa misma situación. Y la mujer -porque las mujeres en el amor son extremadas y en el rencor también son extremadas, hay que reconocerlo-, entonces la mujer. . .

Ustedes, muchos, no saben cómo eran las camas antiguas. Voy a des­cribirlas: dos bancos de tea. Sobre esos bancos de tea, así también, y enci­ma dos colchones, uno de paja y otro de lana. De modo que las camas eran de este alto, y había que subirse sobre un taburete de nogal, para subirse arriba. El desgraciado que se caía soñando ahí abajo.

Bueno, sucedió que esta mujer rencorosa saca una tabla de las seis que tenía la cama y la pone dividiéndola de arriba a abajo, porque era muy ancha y no había más cama que aquella. El se subía con un taburete por el lado de aquí y ella se acostaba por el lado de allá y. . . a dormir se dijo. Pero ni una palabra. Y pasan unos veinte días, puede que fueran más días, cuan­do una madrugada, ella, medio acatarrada, hace “atchís, atchís”. Y él, sin levantar cabeza le dice:

Entonces ella, enseguida, levanta la cabeza por encima de la tabla y le dice:

—¿Qué dices Manuel? —Que quites la tabla.

Señores, he notado yo que en mi naturaleza hay dos personalidades: una, que es débil, como es este cuerpo que llevo sosteniendo durante 92 años, y dentro de mi hay otro yo, que se eleva por encima de las bajezas, de las miserias de nuestra vida. Me he dejado llevar por los sentimientos éstos que sembraron en mi corazón mis padres, esta fe sencilla que yo he procurado delimitar/a. Que siempre hay cosas en las edades pasadas que no vienen con la razón y que tuve seis o siete años. Dios, permítanme que soy un creyente, que traiga aquí a Dios, porque lo llevo siempre conmigo y, de lo que está lleno el corazón, hablan las bocas, dicen las Escrituras.

Dios me distinguió con un estigma, un estigma terrible. Últimamente ya no me gusta mucho comparar las cosas. Y las comparaciones, claro, son muy grandes y muy lejanas. Las comparo con San Francisco de Asís, los estigmas de la Pasión del Señor. La vida mía ha sido una pasión continua. Tantos años sostenido por una fuerza, un fuego, una cosa que me sostenía y no me dejaba caer en la desesperación, al verme no disfrutar del ban­quete que disfrutaban todos mis hermanos. Y he tenido la suerte de poder llevar esta cruz, este estigma tantos años, y poder convertirlo, como hace la abeja al tomar el néctar de las flores, tan amargas, y convertirlo en dulce, como es la miel, para repartirla entre todos mis hermanos. Y lo curioso de todo esto es que yo esa miel también la como al repartirla con mis herma­nos, con mis chistes, y mis músicas y mis cosas. Y creo que sea por eso, por lo que he vivido tantos años.

Cuando despierto por la mañana, doy gracias a Dios por ese estigma que me dio desde niño, porque, a cuenta de él, me ha dado tantas cosas. Me ha dado este cariño que ahora mismo me profesáis todos en Lanzarote. Y yo soy de Gáldar, pero he pasado la mayor parte de mi vida en Lanzarote. Allí me quieren mucho: Me hicieron un homenaje que no se le ha hecho ni al Rey, ni a ningún personaje que yo conozca en las islas.

Yo aquí, cuando me Invitaron a venir a este acto. . . Yo no pensaba volver a salir más, porque la espina dorsal se está doblando como un acor­deón viejo, pero cuando me dijeron ésto y para lo que es. . . Como un perro cazador que lo sacan al aire y tal, así soy yo, que siento esto. Me siento muy honrado al final de mi vida de tener un acto como éste, de ver esas caras que me miran con verdadero cariño.

Empecé diciendo, que no lo terminé, que todos los días al despertar­me doy gracias a Dios por este estigma que me dio. Que, a cargo de él, me ha pagado el cien por uno, mucho más, porque el cariño verdadero no se puede medir con dinero ni con tesoros. Luego, tan afortunado he sido yo, primero, porque no he sido ambicioso. Que siendo un individuo muy pobre pasé necesidad cuando pequeño, y, con mis manos y mi habilidad, parece que Dios me la ha dado, he ganado la vida, he sostenido una familia. Conquisté una mujer, que hoy me parece mentira como pude yo “engañar” a aquella muchacha. ¡Cómo pudo ser eso! Porque yo me veo en un espejo —en mi casa hay un espejo que yo lo llamo “de cuerpo presente”— y un día me vi y me vi en ropas menores y le di una patada y lo rompí. ..

Señores, yo no terminaría de hablar. Muchas gracias por haberme hon­rado tanto y de lo que queda de vida algo haré.

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