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Haz bien y no mires a quien… pero antes… abre el ojo por si acaso

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Las anécdotas y ocurrencias campesinas de tiempos lejanos tienen un singular encanto y atractivo, por su sencillez, sobre todo cuando hemos co­nocido los personajes que las llevaron a cabo, cuya fisonomía, indumentaria y metal de voz recordamos, volviendo a revivir aquellos tiempos, cuya dulce memoria es como un refrigerio y sombra en nuestro caldeado afán del vivir diario.

Hoy quiero transcribir, no para que nadie la lea sino yo mismo, una de tantas anécdotas que acuden a mi memoria, a la que pondré el título que encabeza esta página.

Veamos si la memoria es fiel y me acompaña removiendo vivamente los detalles.

Bueno: Una vez, y de esto han pasado años, muchas vidas y cosas du­rante ellos, apareció, a cosa del mediodía, delante de mi tienda, un amigo y cliente de Güime llamado Braulio, tirando de un burranco escuálido, que le seguía de muy mala gana, porque en lugar de comida le venía dando palos todo el camino, según supe más tarde. Venía Braulio hablando alto, indig­nado, sudoroso y congestionado, y, como era de natural “vacilón”, tropeza­ba al hablar. Le entendíamos porque repetía varias veces las mismas frases.

El burro venía atado con una soga de veinte o veinticinco metros: La que usaba para atar una chalana en la playa. Para no cortarla, y con la prisa, ató al burro con una punta y arrolló el resto en un brazo. Aquel día había bastante viento y los muchachos echaban a volar cometas. Yo, de pronto, pensé que Braulio con tanta cuerda y tanto viento iba a echar a volar al burro.

—Don José —me dijo Braulio, entrando y dejando el burro fuera—, a ver si Vd. que sabe de todo, me saca de este apuro en que estoy metido, que ya estoy loco y sin saber lo que digo….

Sus palabras salían entrecortadas y sabiendo a lágrimas y yo no sabía si llorar, si reírme o llorar con él. . . Y me contó:

—Este burro de todos los demonios amaneció hoy en la gallanía de mi burra y casi la mata. Le pegó cuatro o cinco mordidas en el cogote. No creo que escape si le da el garrotejo. La mordida del burro es muy ponzoñienta.

Al principio pensé coger un palo y acabar con él, pero mi mujer me aconse­jó que no lo matara; que viniera a San Bartolomé y lo entregara al alcalde para que al aparecer el dueño pagara todos los daños. Como no tenía otra soga a mano que esta que tengo para amarrar el barquillo, eché en vela para San Bartolomé. Me presenté en casa del alcalde y, con la misma nerviosi­dad, di unos porrazos fuertes en la puerta. Me salió la mujer, enfadada, diciendo que qué horas eran aquellas para tocar de esa manera (ya eran las cinco y media o las seis y ya el sol estaba asomando); que había que dejarlo descansar porque se había acostado tarde. Bueno, me tuvo esperando más de una hora. ¡Bonita manera de servir a los vecinos del pueblo! ¡Que cual­quiera sabe la renta que se gana tanto el juez como el alcalde, nada más que por firmar cualquier papel! Bueno, como le iba diciendo, salió el alcalde con los ojos hinchados de tanto dormir. Le conté el caso y me dijo: “De estas cosas yo no entiendo. Vete al juez o a la Guardia Civil”. Salí para casa del juez con el burro arrastrando como si fuera la chalana. No estaba en la casa. Me dijo una vecina que estaba en la Peña de Mozaga con toda la fami­lia, plantando cebollinos, y. . . arre, para Mozaga. El juez me atendió muy bien (es casado con una tía política de mi hermano Pedro). Nos fumamos al zoco de una pared una cachimba de tabaco y algo me refresqué del empe­cinamiento que traía. Pero me dijo: “Braulio, yo en esto no puedo hacer nada hasta que averigües quién es el amo del burro, porque supongo que el burro no te lo habrá dicho. (El juez siempre está de guasa: Es corcovado y con esto está dicho todo). Vete a un abogado para presentar una denuncia al Juzgado para un juicio de conciliación con dos hombres buenos. Por lo pronto, para que te veas libre del burro, ve y habla con Bartolo, el celador, para que lo meta en el corral Concejil y le eche ración hasta que aparezca el dueño y pague todo. . .”

Vuelta a San Bartolomé a casa del municipal, que me tuvo media hora esperando a que terminara de almorzar un caldo de fulas, según me dijo la mujer, “y hay que comerlas despacio por las espinas”. Cuando salió Bartolo va y me dice:

—Pero, Braulio, ¿tú sabes que ya no hay Corral Concejil? Como no lo metas en la caja mortuoria.

Salí echando chispas, rayos y centellas y aquí estoy, don José, sin sa­ber lo que hago. Si no me arregla Vd. esto, suelto el burro enmedio del cami­no y que todos los diablos caminen con él.

Como Braulio era un buen amigo y un buen cliente, ¡caramba!, quise hacer algo por él. Enfrente de mi casa hay un árbol en un huerto. Llevamos allí al burro y como Braulio me dijo que temía perder la soga si venía por él de noche el dueño y se llevara burro y soga, yo. . ., que algunas veces tengo impulso atolondrado y mentecato, corté un trozo en mi tienda, que impor­tó 20 pesetas, y con ella lo até, con la intención de cobrarlas cuando viniera el dueño. Luego llené de paja una cesta de las que venían con fideos de la Península. Además le puse medio almud de cebada, la que el burro, con tan­ta y tan poca inteligencia, se la comió antes que la paja, como los niños mal educados que se comen el postre antes de la comida. Braulio se marchó ali­viado para Güime.

Esperando que apareciera el dueño del burro se pasaron unos ocho días durante los cuales le puse al burro paja, cebada y agua. Este se llegó a creer que yo era su nuevo dueño y me miraba con sus ojos negrísimos, bri­llando de agradecimiento. Olvidé consignar un detalle: al amanecer de la primera noche pasada bajo el árbol, fui a ver como había pasado la noche en aquel alojamiento improvisado. Vi que no solamente se había comido la cebada y la paja, sino. . . también la cesta, que era de caña. Como dice el refrán: “A buen apetito no hay pan duro”.

Al cabo de los días llegó por mi casa un hombre algo menudo y flaco como el burro, con saco a cuestas mediado de chatarra (era comprador de chatarra), diciendo que era el dueño y que más tarde vendría a llevarlo y pagar todos los gastos, y, mientras, ¡ría a comprar más chatarra! No le fal­taba sino besarme las rodillas de agradecimiento y casi me hace llorar por sus sentidas frases. En efecto, vino. . ., pero a media noche y se llevó el burro y la soga. De esto han pasado seis u ocho años y no he vuelto a ver ni al burro ni al dueño. Haz bien. . ., pero abre el ojo bien, por si acaso.

 

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