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Juntas familiares

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Era costumbre inmemorial entre los campesinos acomodados el con­gregar a sus hijos y nietos en sus casas solariegas, en los días señalados, como el del Patrono, Navidades, Carnavales, la muerte del cochino, etc. Con días de antelación, la anciana madre, ayudada por alguna de sus hijas o una vecina, aseaban la casa, blanqueaban las paredes con cal de Janubio o de la villa. Al llegar la víspera del esperado día procedía al amasijo del sabroso pan para cocerlo en el horno adosado a la cocina, que al igual que todos los del pueblo, lanzaba borbotones de humo, anunciando la fiesta a la par que los repiques de la campana al mediodía y los cohetes voladores hacía huir ladrando a los asustados perros. . ., y los corazones de todos, los nuevos y los viejos, latían alegremente con la dulce esperanza de aquel señalado día.

Durante las ceremonias religiosas, la madre preparaba la gran mesa uniendo dos o tres y cubriéndolas con un blanquísimo mantel, y colocaba a su alrededor todas las sillas y taburetes necesarios.

La antes silenciosa morada comienza a llenarse de alegres rumores de saludos, de gritos de la chiquillería, de besos a los ancianos padres y, entre sí, las hermanas y cuñadas. Cuñados y hermanos entablaban interminables diálogos campesinos. Todo esto mientras se van amontonando en la mesa las bandejas con el pan, las ventrudas botellas de vino, las que, con sólo mirarlas, nos alegra las niñas de los ojos a los hombres. . . Luego, dos enor­mes bandejas de la China, rebosantes de carne de cerdo, de carnero y galli­nas enteras; otras dos bandejas con humeantes garbanzas y papas de la tierra. . . Luego la bendición, por el anciano padre, de la mesa, con el “Padre nuestro” y. . . a comer con el apetito increíble que sabe hacerlo el campesino en estas ocasiones, en las que, como ellos dicen, “sueltan las encordonaderas”.

Las hijas aprovechan algún momento para contar sus cuitas a la madre y ésta llora las penas de su hija y la consuela. . . Los hombres disimulan ante los padres sus agravios y tristezas, por el bien que disfrutan los demás hermanos. En fin, que transcurre un día de paz inolvidable que esperamos volver a gozar la próxima vez.

“A mí me huele a pueblo”. A mí me huele el sabroso pan familiar hecho por aquellas benditas manos de mi madre. . ., a mi me huele a pare­des blanqueadas y a puertas recién pintadas. . ., a mi me huele. . . a lágri­mas vertidas por el recuerdo de aquella edad feliz tan lejana.

El día 5 de agosto nos reunimos en la alta montaña de Las Nieves una gran multitud de hermanos, hijos todos de la Madre, bendita entre todas las mujeres, congregados ante Ella, desde los más distantes puntos de la isla.

Unos hemos venido para darle gracias por alguna gracia recibida y otros para pedirle alguna y consuelo en las penas. Ante la Madre, hemos olvidado la ofensa que nos ha hecho alguno de nuestros hermanos y la he­mos perdonado. Hemos suavizado la amargura y tristeza que sentimos al ver su bienestar, pidiéndole nos ayude para vencer la humillante pasión. . . Le hemos contado la secreta pena a nadie comunicada y hemos sentido alivio como cuando todos los hermanos, más con el corazón que con la boca, cantamos con nuestros ojos fijos en los de la venerada imagen “más blanca que la nieve – más fúlgida que el sol – así es mi excelsa Madre – así es mi dulce amor”.

A mí me huele a pueblo, a mi me huele a montaña. A mí me huele a aire saturado del gas que sube a Famara. A mí me huele a este maravilloso y nuevo edificio levantado por el amor y sacrificio de mis hermanos de Teguise, donde venimos a contar, como niños, las penas a la Madre.

 5 de agosto de 1976.

 

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