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Los “velorios” y las “últimas”

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En tiempos pasados existían costumbres entre las familias de clase popular que ya se desconocen actualmente. Una de éstas, las que llamaban “velorios” y “últimas” es la que quiero consignar para que no quede, como tantas veces, sepultada en el olvido.

Cuando nacía un niño o niña era costumbre casi general bautizarlos a los ocho días y, al cabo de ellos, después del bautizo, por la noche tenía lugar la solemne velada ceremonia denominada “última”. Las veladas de los ocho días anteriores se llamaban “velorios”. Durante éstas se reunían en la humilde sala los familiares y convidados. Se entretenían las horas entre la gente joven con los llamados “juegos de prendas”, adivinanzas”, “trabalenguas”, “chascarrillos”, etc. Allí, entre pudorosas miradas, comen­zaban a germinar aquellos encantadores idilios, idilios con consecuencias de otros velorios y otros bautizos futuros.

Comenzaré por recordar y describir algunos juegos y trabalenguas, atrayentes por su ingenua sencillez.

Un individuo, ya práctico y humorístico, vecino del mismo pueblo o de cualquiera otro, era el encargado de organizar los juegos.

Estando todos los jóvenes de uno y otro sexo sentados alrededor de la sala les hacía a cada uno una pregunta a la que había que contestar sin equi­vocarse. Si se equivocaba “perdía prenda” y tenía que depositar en un som­brero un anillo, un cortaplumas, un peinillo, un pañuelo o algo por el estilo. Cuando ya ha recorrido todo alrededor, se pone al centro y saca un objeto al azar y, averiguado a quien pertenece, pregunta a todos: ¿Qué pena le po­nemos? Y según conteste la mayoría, así se le impone la que ésta diga: “Que dé tantas vueltas a la sala”, “que se caiga en el pozo”, “que se casen”, “que vaya al Merlín”, y algún otro por el estilo. La pena de dar vueltas a la sala no es necesario explicarla. La de caer en un pozo es así: La penada o el penado se sienta, estilo moro, al centro y dirá: ¡Ay, Jesús, que me caí en un pozo! “¿De cuántas varas de hondo?”, le pregunta el director, a lo que contestará: “De tres varas” (u otro número cualquiera). “Y, ¿quién quieres que te saque: Juanita, o Pepita o Mariquita?” O Pedro, Manuel o Juan, si es una de las chicas o un chico el caído en el pozo, siendo siempre el objeto de sus simpatías amorosas. Entonces acude la nombrada o el nom­brado, le da la mano y, levantado, lo lleva a su puesto. Saca del sombrero otro objeto y le pide la pena que se le impondrá.

La del “casorio”: se sacan dos objetos, uno de un joven y otro de una joven, se colocan dos sillas al centro con los respaldos unidos, sentándose ambos con la espalda vuelta. Da el director una palmada y cada uno vuelve, al momento la cara. Si quedan mirándose es que se casarán y, si no, “asíse va enredando la pita”, según dicho campesino antiguo. No describo más pe­nas, ya que con estas dos se puede formar una idea de cómo se enredaba la pita en aquellos tiempos.

Había también entremeses para divertir a los demás a costa de algún muchacho retrasado, simple y buenazo. Distraían a éste y el director le co­gía el sombrero, iba al tostador de millo y estregaba la copa en el fondo, y luego, con disimulo, lo volvía a poner al lado de la víctima. Ordenaba a los hombres que cada uno tomara su sombrero e hiciese lo mismo que hacía él con el suyo y dijesen como él:

“San Benedicto, como era pastor,
con la copa del sombrero se limpiaba el sudor”.

Y se estregaban todos la cara con la copa del sombrero. No hay que decir cómo quedaría la cara del elegido como motivo de risa. La operación se repetía dos o tres veces y todos reventaban de risa, e igual hacía aquel pobre diablo al ver reír a los demás sin saber que era objeto de ésta.

Entre tres hombres hacían una escena llamada del “trato de la muía”. En otra habitación, dos de los hombres, se ponía uno de pié algo encorva­do y otro, más aún, con la cabeza fundada en las caderas de aquél, imitan­do así a un animal de cuatro patas. El tercero les echaba por encima una manta parda, le amarraba una soga al cuello y entraba tirando de la muía hasta dentro de la sala. Allí entraba en tratos con algún comprador y ahí de la gracia de ambos. Además, le zurraba algún varazo en las caderas del mulo, que éste aguantaba con tal de hacer reír y corresponder con mordi­das y patadas.

Los trabalenguas también tenían su aparente inocencia y servían para perder prendas si no se pronunciaba bien. Uno: “zal-zel-zil-zol-zul-menen-gá, menengué, menenguí, menengó, menengú”.

Estas son palabras de la “sibi-saba-suba-seba-soba”, que estando de un modo digno componen un signo “Sal-Zel-Zol-Zil-Zul”, etc.

Otro: “Por la mar abajo va la pencara, la zancajar, con los cuatro mil pencaros, los zancajitos detrás. Si esta pencara la zancajar se perdiera, los cuatro mil pencaros, los zancajitos, qué hicieran”.

Otro: “Salté en parra – caí en huerta – comí miel – y yerba seca” (Decirlo deprisa).

Otro: “Ajos cana jos y ajos – ajos me nejos y ajos – oños, madroños y oños – cáncamos y cómomos”.

 

 

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