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Pasar por el mimbre

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Cuando un niño mostraba ser quebrado lo traían a San Bartolomé, a unas montañetas llamadas Los Morros, situadas al poniente del pueblo. En Los Morros solía haber plantas de mimbre y de caña. Allí se celebraba la ceremonia siguiente:

Antes de salir el sol (condición indispensable), se congregaban ante una planta de mimbre, o, en su defecto, de caña, un hombre llamado Juan y una mujer, María, los que habrían de ser el padrino y la madrina del niño quebrado. Además, venía numeroso acompañamiento de los padres y con­vidados. Todo habría de hacerse deprisa. La madrina se sentaba y procedía a hilar. Mientras tanto, Juan, el padrino, amasaba un poco de barro y, ya preparado todo, Juan abría una de las varas de mimbre, o caña en su de­fecto, como dije ya, con un cuchillo por el centro, sin llegar a la parte de arriba ni a la de abajo, en forma ojival, con las dos mitades que sostenían abiertas cada uno por un lado, un hombre y una mujer, que también se llamarían Juan y María. Tomaba la madrina en sus brazos al niño y se enta­blaba el siguiente diálogo:

—¡Ah, Juan!

-¡Ah, María!

-¡Ah, Juan!

— ¡Ah, María! ¿Qué quieres María?

—Ahí te va ese niño roto y quebrado. Que San Juan y la Virgen nos lo devuelvan sano.

Y pasaba el niño en sentido horizontal, recogiéndolo Juan al otro lado. Devolvía Juan el niño a María y tomando la cuerda de lana hilada ataba la caña juntando las dos mitades con fuerza. Luego la forraba con el barro, previamente amasado.

Terminando felizmente todo, se procedía a celebrar el acto con dulces, licores y puros, cual si fuera un bautizo. Si al cabo de un año, por San Juan, la caña se había soldado, el niño se curaría. Si no. . .

Sucedió en una ocasión que un viejecito de Arrecife, que era quebrado desde joven, lo llevaron unos guasones a San Bartolomé a “pasar por el mimbre”. Llegaron antes del día provistos de todo lo acostumbrado, y, al llegar a lo de “ahí te va este niño “, al tratar de pasar al viejo por la abertura, cuando lo sostenían los hombres y la madrina, no cabía y se rompió la caña, cayendo el viejo al suelo, en medio de la algazara de todos los presentes. Luego fue celebrada la fiesta, como de costumbre, con la correspondiente parranda de timple, guitarra y bandurria.

Los tiempos pasados no fueron todos mejores que los actuales, pero alguno que hoy recordamos con nostalgia lo fueron, en verdad, por su encantadora e infantil sencillez.

 

Junio, 24, de 1975.

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