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Se le olvidó el encargo

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Se acercaba la fiesta de San Juan Bautista, universalmente celebrada. En el pueblo de Soo, del cual es venerado patrono, no quedaba una casa sin blanquear, ni horno familiar que no fuera caldeado para cocer el buen pan familiar que, como un lujo, se comía a dos carril/os acompañado de buenas tajadas de carne, en aquellos tres días: 23, 24 y 25. Desde tiempo inmemo­rial era costumbre en todos los pueblos de la isla nombrar con anterioridad a un matrimonio de los más pudientes como encargados o mayordomos para allegar recursos y organizar los festejos que, en realidad, no eran muy complicados: La víspera, luchada delante de la ermita a la luz de una gran hoguera alimentada con aulaga seca; al día siguiente, 24, la misa cantada con panegírico del santo y procesión por los arenosos caminos del pueblo, siendo disparados multitud de cohetes, regocijo de la chiquillería y alarma de los perros que huían asustados, ladrando como si se tratara de la inva­sión de una lancha de moros.

En el año 1896 eran mayordomos el señor Crisanto Guillen y su espo­sa Andrea Toribio. Aunque el viejo refrán dice: “Mal anda la casa donde la gallina canta y el gallo calla”; en este matrimonio tuvo su excepción tal regla, puesto que la señora Andrea era la que disponía, mandaba y gritaba y su casa prosperaba y adelantaba que era un primor, secundada por sus hijos y por Crisanto, cuya voz como radio con sordina, no se oía más allá de las tapias del corral.

Cumpliendo las órdenes tajantes de su mujer, estaba Crisanto albardigando la burra (¡hermosa burra!) en la madrugada de aquel día 24, para llevarla a la villa, con el objeto de traer en ella al señor cura que había de oficiar la misa y hacer el panegírico del glorioso santo. Antes de ponerse en camino se presentó a la señora Andrea para tomar nota en su memoria (no sabía leer ni la “o”), los numerosos encargos de las prevenciones necesarias para condimentar las viandas en aquel señalado día, que servirían para obsequiar al señor cura, al sochantre y al sacristán.

Seguidamente montóse en la burra y salió raudo para Teguise. Durante el viaje fue repasando en memoria y contando con los dedos: El cura, las galletas, pasteles (dos docenas), una botella de mistela, otra de ron escarcha­do, pimentón, canela, clavo, pimienta negra, cominos, tomillo, hoja de laurel, etc., etc.

Llegado que fue a la villa se dirigió a la venta y panadería del señor Pedro Doreste y allí compró todos los menesteres que puso en las alforjas. Y como era aún temprano entabló conversación con el dueño de la venta y con otro conocido que recaló por allí, al que invitó a un vaso de vino. Este para no quedar en mal lugar lo invitó a su vez y ya puestos en la agradable faena del trasiego, se pusieron animaditos con tantos leñazos de parte y parte.

Como el sol de junio ya calentaba, Crisanto, en un momento de luci­dez, recordó que tenía que regresar a Soo con los encargos. Puso las alforjas con ellos dentro, se despidió del amigo, se escarranchó en la burra y, ¡hala!, para Soo, propinándole repetidos varazos para avivar la marcha como sise tratara de ganar una carrera de burros. Entró como un remolino de viento por la trasera de su casa, donde ya le estaba esperando la señora Andrea, impaciente por la tardanza.

– ¡Pero, hombre, dónde has estado tanto tiempo que ya van a ser las doce! —Pues. . . , pues el señor Pedro Doreste me dijo que esperase por los pasteles que tenía en el horno y yo. . . ¡Mira! Aquí te traigo todos los encargos que mi hiciste y, además, dos libras de manices y otras dos de galletas de cochafisco para los chiquillos.

—Bueno, vamos a ver, ¿dónde dejaste al señor cura?

—¿El señor cura?, ¿el señor cura? —contestó nuestro hombre dándose una palmada en la frente—. Todo el camino vine pensando: “Paréceme que se me quedó alguno de los encargos que me hiciste”. Y, mira que mala pata, i se me quedó el cura!

Aquel día 24 de junio se quedó el pueblo de Soo sin la misa y la proce­sión del santo. Para no perderlo todo repicaron con la única cascada campa­na y tiraron todos los cohetes y ladraron todos los perros.

 

 

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