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Tanto anduviste jata que compraste el “Mariñaque”

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Señora Petra y Señor Casiano era un matrimonio campesino en Uga que lo pasaba, labrando sus pedazos de tierra, relativamente bien. Ella no daba un paso sin contar con él, ni aunque fuera a comprar un pañuelo de mano.

Las modas femeninas y masculinas se iniciaban siempre en París, las compraban en Madrid y de allí iban pasando a las demás provincias entre la gente llamada de “tun-tun”. Cuando las clases elevadas se iban cansando y nadie las usaba en las capitales las iban también copiando las muchachas campesinas pudientes.

Bueno, como iba diciendo, Petra, una mujer de 40 años, de buen ver en aquellos tiempos en los campos, en que se decía “la gordura es hermo­sura”, era hermosa y llenaba el ojo de todo campesino que, olvidando el Noveno Mandamiento, la mirase con ojos golosos.

El miriñaque era un aro de acero sumamente flexible, de media pul­gada de ancho y así como ochenta centímetros o un metro de diámetro, que se adaptaba al borde de la falda. Los “rigodones” y otras danzas aristocráticas se bailaban con el miriñaque.

Una señora joven, amiga de Petra, se compró un miriñaque para, como otras vecinas de Ya iza, estrenarlo en las fiestas de los Remedios.

“Por Remedios voy a Yaiza,
por la Candelaria a Tías,
a la villa voy por Pascuas
y por San Juan voy a Haría”.

“San Marcial queda en Femés
y los Remedios en Yaiza,
la Caridad está en la Geria
y en el cielo mi esperanza”.

Cantares populares. . ., para rellenar el cuento. Dicha amiga animó a Petra a que se comprase también su miriñaque, y ésta que, como ya decía­mos, no daba un paso sin contar con Casiano, su marido, lo puso en su co­nocimiento. Casiano, que era enemigo de todas las modas “de fuera”, re­chazó de plano la idea. Petra, siempre sumisa, renunció al proyecto y no volvió a pensar en él. . . Pero un día que bajó a Arrecife vio en la tienda de don Gonzalo Molina unas corbatas rameadas con el lazo hecho, de las que se usaban entonces, y compró una para que la estrenase su marido con la ropa nueva que tenía en el cofre y darle una sorpresa, poniéndola tendida sobre ella. En una vuelta que se le ocurrió a Casiano abrir el cofre para ver el traje nuevo, vio aquello tendido (la corbata) y, saliendo hasta donde estaba Petra, le gritó ardiendo de coraje:

— ¡Ah, puñetera! ¡Tanto anduviste jata que te compraste el mariñaquel

 

 

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