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Una tarjeta sin franqueo

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¿En qué rincón oscuro y hondo del cerebro duermen los sucesos de tiempos lejanos, que, sin que intervenga la voluntad, surgen con nueva vida en nuestra memoria?

Relataré una de las tantas anécdotas que reposan, como en un cemen­terio los cadáveres, esperando ser resucitados algún día sin saberse la hora ni el día.

En la villa de Teguise conocí a un simpático personaje llamado Mel­quíades Ganzo, conocido por “Melquiés”, más fácil de pronunciar. El tal individuo era persona muy educada, cual solían ser los habitantes de la se­ñorial villa. Se explicaba con soltura y pronunciación correcta.

Un día recibió un escrito de Correos y Telégrafos que, en aquel tiem­po, por 1909-1910, tenían sus oficinas donde estuvieron las de Hacienda en Arrecife, para que fuera a recoger un sobre falto de franqueo. En efecto, por la mañana tomó plaza en un carro de dos ruedas tirado por dos flacos y cansados mulos de poca alzada, cuyo conductor se llamaba Bartolo Batista, y el pasaje valía una peseta la ida y otra la vuelta, regresando casi de noche. El trayecto de Teguise a Arrecife tardaba así como dos horas largas y, vice­versa, tres horas también largas por ser en cuesta arriba. Así decía un can­tador de seguidillas:

“De Arrecife a la Villa
camina un coche.
Sale por la mañana
y llega de noche”.

Llega nuestro hombre a Arrecife y, en un bochinche situado a la entra­da en las Cuatro Esquinas, se largó un tanganazo de vino y pagó otro a un compañero de viaje. Y como éste pagara, por no ser menos, el otro se lo zampó también. En aquel tiempo valía un buen vaso de vino “un cuarto” (así como tres céntimos de peseta). Seguidamente echó en vela hacia la Marina y como se encontró con otro amigo se entretuvo hablando con él. Cuando llegó al ventanillo de la Oficina de Correos y Telégrafos, procedían a cerrarla con diligencia y exactitud (digna de ser imitada para abrirlas a su hora fijada, pero no. . . ). Por más que rogó al empleado que le atendiese por ser de otro pueblo lejano, no hubo remedio. Le dio con el cierre en la cara, diciéndole: “Vuelva Vd. mañana”.

Bueno: A dar la vuelta y a esperar a las cuatro de la tarde a la salida del carro de Bartolo, comerse un pan remojándolo con repetidos tragos de vino con otros viajeros que esperaban lo mismo. El vino de Lanzarote, aun­que según el común decir “no es más que lo que da la parra”, si se bebe mucho también calienta, y Melquiés, con los cascos calientes, pronunciaba las eses con más finura que los herreños. Las incidencias del viaje de regre­so y las conversaciones de los pasajeros durante las tres o más horas no las detallo para no molestar más al lector. Al día siguiente, vuelta de nuevo Melquiés a Arrecife, con ¡guales incidencias de la llegada y los vasos de vino en las Cuatro Esquinas. Se dirigió enseguida a las oficinas de Correos. Allá le sacó el empleado una especie de litografía tamaño tarjeta de visita, con la vista de un buque de guerra, que decía al dorso: “Querido tío: Le mando esta tarjeta con el barco en que estoy sirviendo. Ahora estamos en Cádiz. Reciba un abrazo de su sobrino Perico”.

Al ir a recoger la tarjeta le dijo el empleado: “Tiene que pagar la perra gorda del sello, porque vino sin él”. Entonces Melquiés, reventando de quijotesca indignación, sacó del bolsillo dos perras gordas (de cobre, enton­ces) y dijo pronunciando las eses, silbándolas:

-Mire, señor, aquí tiene Vd. la perra del sello y esta otra para que le ponga otro a la tarjeta y se la devuelva a mi sobrino Perico”.

Y salió sin querer oír al empleado que, lleno de cólera, le decía que se llevara la perra y la tarjeta. Y repitió la misma faena: los tragos de vino, llegando a la villa “tieso como una araña”, con una “torta” que no se podía “ni lamer”. Todo por el franqueo de una “perra gorda”.

Así me lo contó Melquíades Ganzo y así se lo cuento yo a Vds.

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