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Varios oficios y ocupaciones

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Próximo a cumplir 90 años, a comienzos de 1977, escribió José María Gil una nota en la que resume las actividades que desarrolló en sus primeros años y que concluye indicando:

Como remendón, hay que confesarlo, he tenido diez oficios: esterero, holatero, platero, fábrica de sifones, chófer y, ya en San Bartolomé, molinero, ajustador, comerciante, practicante (amañado), sochantre y organista.

Siendo aun niño entro como aprendiz en la tienda de don Antonio Sánchez y, posteriormente, a la de don Miguel Rodríguez Socas.

Un hecho vino a marcar profundamente la vida de José María Gil: quedó paralítico de cintura hacia abajo entre los 18 y los 20 años.

Pero no se mantuvo inactivo:

Leí mucho en esa época y cultivé la música, en la que me había inicia­do desde pequeño. Ya a los 15 años entré en la Banda Municipal, que diri­gió don José Martín y, más tarde, el maestro José Batista. También aprendí a hacer esteras y a poner fondos de sillas con pajilla. . .

El propósito de José María Gil era marchar a Lanzarote, con su herma­no mayor, don Antonio, al que recuerda con devoción.

Con esa intención aprendí de hojalatero con Masito y posteriormente un poco de platero con su hermano Pepe, que era paralítico de todo el cuer­po, excJose-Mepto los brazos. Era un hombre muy hábil en relojería y platería. También tocaba la bandurria y la guitarra.

Don Antonio Gil, que había sucedido como párroco a don Juan Me­lián García en Teguise, pasó luego a ejercer su ministerio en Puerto Cabras (actualmente Puerto del Rosario) y en San Mateo, donde su memoria se perpetua en una calle, “Párroco Antonio Gil”. En el cementerio de San Mateo reposan los restos de don Antonio Gil, gracias a que el Ayuntamien­to de esa localidad donó el nicho.

Mi hermano daba cuanto tenía. Cuando murió sólo tenía 35 pesetas y unas perras gordas, que aún conservo. Sus modestas pertenencias, por las que sólo sacamos cuatro mil pesetas, fueron para una hermana nuestra que vivió conmigo en San Bartolomé hasta su fallecimiento.

A don Antonio Gil debió su hermano menor su definitivo asentamien­to en Lanzarote. Primero en Teguise, donde ya había estado a los 9 años de edad, puso un taller de platería. Y después en Arrecife. Corría el año 1910 y José María Gil se perfeccionó en el oficio de platero con don Rafael Már­quez, que posteriormente marcharía a Las Palmas.

En Arrecife puse taller en la calle Real y más tarde me mudé a la calle Fajardo, frente a la Ferretería de don Rafael Ramírez.

José Mana Gil, que ya de niño había aprendido a tocar bandurria y gitarra y, cuando adolescente, perteneció a la banda de Música de Gáldar, se inició como violinista con don José Aldana en Teguise, perfeccionándose despues en Arrecife con el capitán don Juan Voltes, que casó en Lanzarote con una hija del doctor don Lorenzo Cabrera. Años más tarde la figura de don José María Gil, al frente de la “Ajei” y, como él dice, “rascando” el violín, se hizo inconfundible.

Otras actividades desempeñaría José María Gil en su juventud:

En 1913 compré máquinas para hacer sifones y gaseosas al anciano relojero don Jesús Alcaina, que me enseñó su uso. Pero no estuve mucho tiempo en el oficio, porque en diciembre del mismo año, a instancias del médico don Fermín Rodríguez Bethencourt, marché a Barcelona para aprender a conducir. Conseguí el carnet al cabo de un mes de estar en la Ciudad Condal, pero prolongué mi estancia porque quería aprender algo de mecánica de automóviles. Entré a trabajar en un taller que estaba en la calle Aribau desde las siete de la mañana a la una de la tarde. Después de almorzar acudía de tres a siete de la tarde a un taller de la calle Brosoli para aprender a dorar y platear por medio de galvanoplastia. También ingresé en una academia de dibujo artístico, pero tuve que dejarlo, porque llegaba rendido y me dormía.

Hasta junio de 1914 permaneció José María Gil en Barcelona. Un mes de comenzaba la I Guerra Mundial. . .

De nuevo en Lanzarote, José María Gil estuvo como chófer de don Rodríguez durante seis años, alternando este oficio con el de platero.

En esa época continuó también José María Gil sus aficiones musicales y durante el tiempo que presidió la Sociedad Democracia organizó una rondalla la que amenizaban los bailes.

Se hizo costumbre que al llegar las 12 de la noche los hombres invita­ban a sus novias y familiares a pasar a otro salón para tomar una buena taza de chocolate y dos bizcochos, que costaban ¡seis perras! Después continua­ba el baile con más ardor.

No falta Ia nota humorística en los recuerdos de don José María Gil:

Casi siempre quedaban en el salón algunas muchachas o mayores a las que nadie invitaba. Yo, como presidente, las invitaba a bailar y, al parecer, las poco afortunadas muchachas quedaban agradecidas.

 

 

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