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1982

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE   “SAN BARTOLOMÉ ” 1982

Por AGUSTÍN DE LA HOZ

 SAN BARTOLOMÉ: DESTINO y PAISAJE  

A estas tierras de tragedia y de lucha hay que llegarse ahora, en pleno solsticio vernal, cuando las cepas revientan y siembran de luminosos verdor todos los negros cálices del volcán. Quien pretenda asomarse, pues, al alma integral de San Bartolomé–encarnación del destino del hombre en forma1982-agustin hoz-2s físicas del paisaje–tendrá que hacerla a sus fuentes más puras, tendrá que inclinarse sobre esta tierra recia y admirable y ahondar en ella hasta encontrar la raíz cósmica que, como cordón umbilical, ata al lugar en que se nace: esencias, símbolos y esfuerzos, donde yacen soterrados tantísimos trofeos de la vida auroral y de la historia, que siguen gritando y avisando, siempre sugeridores, a semejanza de una esfinge esculpida a golpes de geometría como mudo testigo de un cataclismo antiguo y olvidado. Y es que San Bartolomé no es sólo un espectáculo de paisajes justificadamente plásticos-acaso hoy de los más rientes y pintorescos-, transidos de fuego por el estiaje, quemados e  informes por descomunales erupciones volcánicas. San Bartolomé es… una idea, una santidad pura, un estado del alma, como quería Unamuno. Atrás queda eso que se llama belleza, proporción ajustada, perfección museal. Aquí comienza un paisaje con fuertes caracteres entintados, un paisaje en caudalosa expresión, derramándose por los espacios y las almas, ya digo, el que es más hondo e inspirado y que no cabe en las formas regladas y concretas. También empieza el paisaje como destino del hombre, cuyo sello de hidalguía es la sencillez y cuya fuerza espiritual es la intensidad de una experiencia dolorosa y de un testimonio realmente vivo. Y que ilógico resulta todo esto, cuando sentados aquí bajo las palmeras, al pie de los volcanes y a la mano del eterno remecer de la mar, se puede dejar pasar las cosas y sus existencias…

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¡Ah, San Bartolomé, ajetreado, sensible y eficaz San Bartolomé! Cuántas veces te habrá retenido esta naturaleza sin modelar, rebelde a la reja del arado, como sumergida aún en la trágica inercia primera, pero dando origen a tus maravillosos sueños muchos antes de pisar tus propias asperezas, y que sin embargo hubiste de recrear sobre la intempiere como el rayo que desbasta la piedra desde fuera. Anhelos geniales y voluntades de hierro—incomunes  a cobardes o tímidos ­mediante los cuales el destino funde en uno al hombre y al nativo lugar, como un puño cerrado, para concebir una nueva realidad sobre la tierra desolada y espectral, ahora viva y reinventada por la fuerza creadora de sus habitantes. Y es entonces cuando el paisaje logra la absoluta liberación de todo lo accesorio. Se reduce a pura esencialidad. Un profundo sentimiento humano protagoniza la desolación de estas tierras calcinadas, escenario del dramático combate del hombre con el mundo telúrico en cuyo seno reseco y estéril, aun pareciendo fatigarse en la laxitud y la abulia, surge como genial creador capaz de levantar esos monumentos agrícolas, tan rigurosos y disciplinados: imagen real y poderosa que el campesino menesteroso inventó al límite de sus anhelos frente a la mera necesidad y con todo el sentido trágico de su desesperación y agonía seculares. Una realidad sin concesiones a nada ni a nadie, porque San Bartolomé jamás dobló su rodilla, y mucho menos su espíritu, ante ningún dios con minúscula. Por eso, yo, pregonero, no hablo sólo de lo que se ve, sino de lo que siente.

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¡Los negros cálices del volcán! La viña es planta generosa y vivaz que no exige mucho. Aquí casi se conforma con el picón empapado de vaga tarozada y el salobre relente mañanero. No tiene arrogancia. No se levanta altanera. Tampoco reniega del alma loca del viento, que acoge con sus vástagos flexibles y nudosos. Se acomoda sumisa a todos los accidentes del terreno árido, a tantísimas hondonadas cenicientas–soco y calor, purificación y entrega–con esa geometría paralela pero libre que define a un pueblo y le da personalidad y empaque. Hay también una huida desordenada de tirajos de barbecho rojo, de sembrados de oro, de tonos acres y grises, por las mansas laderas: un remanso de paz, nada declamatorio, sereno y alegre, por los senderos que se pueblan de canciones originales, gente llana que rompe el rafe y abre veredas, que llega con el sol al pedazo familiar donde florecen sonrisas, esperanzas y resignaciones, buenos y malos augurios… ¡y en su sitio el corazón!

¿No es llamada la vid el signo bíblico de la secreta y ubérrima tierra prometida? En San Bartolomé, la geología infernal, la que nunca perdona, puso la primera cepa con el gigantismo de la mano de Dios cuando aún trabajaba sobre el caos primero. Pero la historia arraigada y paciente de sus hombres la consolidó necesariamente con la verdad soñada durante siglos, y con este empeño derrumbaba viejos mitos para hacer patente la eterna Verdad, detrás de la cual veremos siempre la santidad del pueblo. Este pueblo blanco y mágico que mira de frente las claridades esterilizantes del sol –malva dorado en los crepúsculos -, que fecunda entre  sendas corrientes de «jable» marino y «escorias» volcánicas.

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Ninguna más emocionante lección de anatomía popular se puede recibir de San Bartolomé que la que se nos ofrece en su contemplación desde el «Palacio» de Zonzamas, aula magna de piedra alzada donde la admiración se detiene sin poder alcanzar las raíces y los encantos que allí palpitan. La «Quesera» aborigen o las estelas antropomorfas constituyen una sugestiva fuente de estudio para penetrar en la espiritualidad y mentalidad del mundo lanciloteño y asomarse al enigmático pozo sin fondo de sus orígenes. Zonzamas sigue siendo el capítulo inicial–todavía borroso, y por lo mismo inédito -de la Gran Enciclopedia Insular. ¿Por qué esta forma acanalada, perfectamente orientada, en las yacentes estelas ciclópeas? La gran labra del «collarín» es la piedra hincada, cuyo sentido y funciones todavía desconocemos Y así, lo popular y lo culto, lo folklórico y lo esotérico, las creencias de tiempos  remotos, los antiguos mitos y un algo de su desnuda supervivencia – tan inmóvil y eterna – -pone en contacto al hombre de San Bartolomé con su entorno elocuente … todo aflora y se manifiesta en estas señales de identidad como testamentos de piedra de la antigua Ajei, vértice Sur del triángulo que forman las aldeas de Hainaguadez, al Norte, y Taiga, al Este, cuyo epicentro es la zona espectral de Zonzamas, amargo racimo de sombrías epopeyas, de tradición eminentemente oral–musgo protohistórico hecho palabra medioeval en el romance monorítmico del régulo Guardrafía -que por una serie de circunstancias ha permanecido como reliquia de una sociedad racial desaparecida. Pero, hay más, el círculo primitivo de Ajei tenía además su epiciclo: lago, Chemidas, Guagáro y Tomaren -exacto corazón de Lanzarote- y algo más alejado Fiquinineo, lugar de bonhomía donde el etnólogo Verneau pretendió ver «un pueblo habitado por las sacerdotisas de Venus». Una fantasía tomada del visionario don Virgilio Quesada Saavedra, un cura rico y quizás el más felicísimo de los hombres. Pero sigamos.

Es verdaderamente emocionante, y lleno de interés y sugerencias, colmo de encanto y de belleza, este recorrido visual por esas antiguas estelas que nos ofrece, en conjunto, los campos de oro y negro de San Bartolomé. Y no faltan incógnitas, lo inexplicable. ¿Qué creencias y supersticiones representaban, ya digo, las «queseras»? ¿Y qué significa este otro símbolo? ¿Y ese signo? ¿Y aquel? En San Bartolomé, aparte sus grandes corrientes de «jable» y de cenizas, hay un vehículo invisible que porta «verdaderamente» los restos de sus culturas pretéritas. La geografía e historia de los pueblos se entrelazan por fuerzas ancestrales, misteriosas, que han dado en llamarse atávicas. Por eso, qué duda cabe, me desconciertan quienes no sienten en absoluto el fuerte, noble tirón de la patria nativa.

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Queda dicho: San Bartolomé es … una idea, un sentimiento de lucha —luchar es vivir, claro está—, que se nutre mas allá de si mismo, sin fijaciones mediatas ni enfoques equívocos, caciquiles o mezquinamente individualistas, más allá de tantos dioses chiquitos y obsoletos, por encima de cualesquiera santidad hipócrita, digo, porque aquí, en esta tierra de paz, laboriosa y libérrima, no tiene cabida la mentira y la extorsión de la verdad: aquí hay una gran sensibilidad, pero, sobre todas las cosas, hay una santidad pura que el pueblo llano traduce en dulce balada de felicidad, nunca desvanecida, para ofrecernos su gran lección de sabiduría.

San Bartolomé sigue siendo un panorama con vida propia y es tierra parida con el mismo estremecimiento y dolor con que nacen la viña y el hombre. Y así, de los entresijos de esta sequedad y estas asperezas iba emergiendo en embrión la unidad de destino y paisaje que daría carácter a San Bartolomé: pueblo escueto, sobrio, austero, sufrido, natural y antipragmático. Todo ello está presente en San Bartolomé, como doble infusión de mutuas influencias, muy hincadas sus raíces en el suelo para encontrar dulzuras en los salobres «jables» voladores, que ha domeñado, y construir estoicamente las gerias asocadas y las costosas huertas. También en los llanos y riberas del término, bastante reducido, los bravos pastores del pueblo cumplían sin saberlo un destino providencial: Zonzamas, Giiime, Montaña Blanca, Guacimeta, un puro milagro de pastos, y las majadas de siempre, el guaníl de siempre, gambuesas y taros, y las cabras de siempre, que el pastor conoce y nombra de corrido, y «vienen solas para hacerse ordeñar -dice Horacio- espontáneamente con las ubres cargadas».

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Luego la ermita, la chacabona agrupada a su alrededor, dispersas, aisladas casitas, y la Casa-Fuerte del Mayor Guerra–blasonada, no sé si escudo familiar-, que se hizo para vivir con seguridad y magnificencia, pero asimismo para generar ambiciones y rencores hasta el punto de ocasionar la más peregrina de las contiendas locales: la Guerra Chica de Lanzarote. Cierto que San Bartolomé carece de una definida ejecutoria artística en lo arquitectónico, pero el estilo característico del último colonial canario está fielmente representado. Un ejemplo: la bellísima Casona de Ajei, donde aún se puede asumir la vida rural.

San Bartolomé, apóstol—- ¿Natanael, el galileo?—es el santo tutelar de este pueblo, al cual protege de catástrofes, plagas y endemias, además de haberle otorgado favores sin cuento y dado el aliento de su propio nombre como agüero sobrenatural. Desde finales del siglo XVII, o acaso antes, los vientos de 18 fe se los bebía San Bartolomé, entronizado en la ermita anclada al pie del Cascajo, donde aún puede verse la Casa-Fuerte de los Guerra. La breve y civil reseña que conocemos dice que la primitiva imagen del santo era pequeña, policromada, «y tenía por adorno un pañolete de hilo bueno y en éste, cogido a punto, una cigarra berberisca». Tenemos referencias de que don Diego Laguna, canónigo y rico propietario, restauró la ermita hacia 1695 y que apenas un siglo después, cuando mayor era el esplendor de la pequeña Corte de los Guerra, se convierte en Ayuda de Parroquia, cuya rectoría ostentó don Cayetano Guerra y Clavija, Mayordomo de Fábrica, hermano del Aguacil Mayor y Regidor de Lanzarote, don Francisco Guerra, quienes por entonces trabajaban tenaz y eficazmente para conseguir la erección de la Parroquia, como así lo exigieron durante la visita Pastoral del supuesto «jansenista» Tavira y Almazán. Pero las rivalidades políticas y ec1esiales originaban sospechosas demoras y muchas incomodidades, sobre todo en los días que los vecinos querían cumplir sus votos con motivo de sequías, canilas y zumba implacable de cigarrones.

Fue el sabio y aristocrático don Manuel Verdugo y Albiturría quien acogió el deseo popular y abrió paso para que con el derecho habido y la solemnidad debida fuera proclamada Parroquia, la comunidad que alentaba y tenía voz de verdad en torno a la advocación de San Bartolomé.

Hoy el templo se enriquece con esa imagen de mérito, por su delicada expresión y poderoso realismo, muy peculiar del barroco andaluz. Un motivo más que añadir al espíritu cordial, sensible, deleitoso, de este pueblo que sabe envejecer sin descuidar nunca las esencias de su alma.

AGUSTÍN DE LA HOZ

 

 

 

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