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1986

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 1986

Por JOSÉ FERRER PERDOMO

En el centro de la isla de Lanzarote, al pie del volcán de Emine, flanqueado por las lomas de los Morros, Caldera, Caldereta y montaña Mina, asienta el pueblo de San Bartolomé o 1986-pepe ferrer«AJEI», como antiguamente fue conocido por los aborígenes canarios.

Sus viejos volcanes no han emitido lava en tiempos históricos, pero de ellos proceden las bombas volcánicas que rodean su cercanía y que se distinguen muy  bien, merced a los montones de piedras, que hacen siglos, los labradores han edificado reuniendo los cantos sueltos, para aprovechar el terreno como campo de cultivo.

 El «Jable», esa arena voladora que, empujado por el viento, sale del mar por Famara, en la costa de barlovento, y con una  latitud de dos a tres kilómetros, atraviesa e inunda la isla de Lanzarote de Norte a Sur, hasta Playa Honda, hundiéndose en el mar por la costa de sotavento, ha condicionado, durante Siglos, la vida de nuestro pueblo.

De la invasión de estas arenas, en 1810, don Baltasar Perdomo, cura de San Bartolomé, hizo un croquis muy interesante, croquis que, junto a su manuscrito de las erupciones volcánicas de 1824, que recoge todos los fenómenos eruptivos, se conserva en la Sociedad Española de Historia Natural.

 Ya en aquella época, escribía don Baltasar que, las arenas de jable se iban extendiendo a uno y a otro lado de los parajes colindantes, ocasionando que el paraje de Mozaga se pasase del lugar primitivo al volcán y el pueblo de San Bartolomé tuvo que cambiar de emplazamiento, pues muchas de sus casas, como las de los señores Carrasco, González, Ferrer y Tejera, ya estaban tocadas por las arenas y quedaron  arruinadas.

Los hijos de San Bartolomé se han caracterizado por dominar la que les rodea, con gran esfuerzo, con frecuencia incompensado, luchando con el “jable», el «volcán» y la «arena negra», en unión fecunda del hombre con la tierra, mila­gro clavado en el llano que le circunda, acariciado por los alisios que vienen mojados del mar, mientras el sol que cae va guardando para mañana el oro de sus entrañas; creando una tierra húmeda de sudor, cálida de esperanza, crisol de hombres y mujeres curtidos por siglos de trabajo, amantes de la música, el baile, el teatro y el folklore; creadores de un  estilo de vida que ha troquelado el alma de sus hijos a través de los años y de los que tantas pruebas nos ofrece constantemente.

La música folklórica canaria, ese conjunto de creencias, costumbres y tradiciones propias del pueblo canario, ha despertado siempre un especial y vivo interés en los hijos de San Bartolomé, convencidos de que ello representa un medio para conseguir una mejor identificación de las gentes con su tierra, un instrumento para acercarse al verdadero sentir popular y un acto de responsabilidad para que siga vivo, lo que nuestra auténtica cultura popular ha ido decantando en el transcurso de los años.

Las isas, folías, malagueñas, segundillas y ranchos de pascua, junto con el sorondongo, son los cantos y bailes más generalizados de nuestra isla y de nuestro pueblo. Este último, casi perdido en Gran Canaria, arraigó en San Barto­lomé y en Lanzarote, gracias a esa copla viva que fue don José María Gil, convirtiéndose en uno de los bailes más típica­mente lanzaroteños.

«El sorondongo
mondongo del fraile
que salga la niña
que entre lo baile»,

Es el estribillo que, repetido por el coro, se ha extendido por todas las islas y es conocido  de todos los canarios.

Cuando las ocasiones lo han exigido, los hijos de San Bartolomé han sabido sacudirse esas pasiones mezquinas  y esos enconos ridículos que anidan en los pueblos y respetando entre sí sus verdaderos ideales y las banderas que, según sus diferentes opiniones, lícitamente defienden, se han unido en estrecho lazo y marchan acorde en todo aquello que redunde en beneficio del bien local.

Buena parte de la historia de nuestro pueblo, desde la segunda mitad de siglo XVlll hasta la primera del siglo XIX, está relacionada con la historia del “Mayor Guerra». Fue don Francisco Guerra  Clavijo y Perdomo, Teniente Coronel y Jefe del Regimiento Provincial de Milicias de Lanzarote, Alguacil Mayor y Decano del Ayuntamiento de San Bartolomé. Tuvo autoridad en las funciones gubernativas, ejerció la administración de justicia en toda la isla y  fue tal su influencia y poderío que llegó a establecer el llamado “fuero de Guerra”, con el que se permitía cobrar algunos impuestos. Promovió el expediente para la creación de la parroquia de San Bartolomé, bajo la advocación del santo de su nombre y que tuvo su principio el dos de Abril de 1.796, en la época del primer Párroco de San Bartolomé e hijo del Mayor Guerra, el Venerable Cura rector don Cavetano Guerra y Perdomo, Mayordomo de Fábrica de la Iglesia Matriz de esta Isla.

De este personaje nos quedan los restos del “Castillo» o “Casa  del Mayor Guerra”, hoy propiedad del Ayuntamiento y que con gran acierto la ha comenzado a restaurar.

El poeta lanzaroteño don Leopoldo Díaz Suárez supo captar la personalidad de don Francisco y le dedicó, entre otros, el siguiente soneto:

Vetusto caserón, cual cosa muerta
te queda el cascarón de un gran pasado,
derruido balcón en su costado
y escudo señorial sobre la puerta.
Hay dos siglos o tres, dije a mi Berta,
vivió un Guerra, el Mayor, un potentado,
bien querido y también muy bien odiado.
si la historia es verdad y ésta es muy cierta.
Hubo luchas, pasiones, poderío,
esplendor y algazara  en la casona
que hoy al verla tan sola, da frío.
Vestigios de un ayer, ya desplazado,
solo siguen viviendo, como ha siglos,
los pájaros criando en el tejado.

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