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1988

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 1988

Por ANTONIO LORENZO

 Recordar es también parte de la Fiesta. Hace unos días, le contaba a Miguel Ángel y a los de su generación, cosas que ya eran algo de la historia reciente de San Bartolomé. A ti, que de muchachos nos sentamos juntos en los bancos de la escuela de “arriba” y que ocupaste los de la escuela de “abajo” 1988-antonio lorenzode Don José Ferrer; y a ti, a quien mi madre, en la escuela de la calle Travieso; o la señora de Don Juan “El Guardia”, en la escuela de “Las Ventas”, te enseñaron a leer y a multiplicar” quiero recordarte otras cosas de aquella historia: Juntos vamos a entrar en la tienda de Manuel de León, con olor al tabaco en rama colgado en una esquina, y la caja con tapa de cristal llena de “pejines”, y el barril de “sardinas embarricadas” recostado contra la estantería; y el olor a pardelas; y en la tienda de Don Juan Armas, con vitrinas pintadas de canelo y llenas de puntas de tachas hacia fuera donde Pepe, recién llegado de Uga alternaba el pesar papas con entregar el costal de gofio de la Molina; y su madre Doña Corina, asomaba de vez en cuando; y la de Don José María, con una cachimba grandísima colgando de una pared y Doña María apuntando los vales de la Molina “de fuego”, en la que se decía: “Hoy no se fía, mañana sí”; y la de Pura y la de Herminia en la “Esquina de Parra”; y la de Eligio Perdomo, donde; Carmita nos sorprendía escribiendo con una pluma de tinta verde; y la de Gervasio, en la que Sofía vendía el pan recién traído de la panadería de Santiago; y la otra panadería, la de Hermenegildo, en El Cascajo; y la de Machín; y veíamos pasar al amencer a María y a Carmen y a Magdalena la madre de Esperanza, a quien he visto recientemente en Arrecife, y a Margarita Fajardo; todas con sus burros cargados de comidas para las gentes “del Puerto”; y entrar por la noche en la habitación en que Margarita acumulaba batatas y san, días, melones y yerbahuerto, y uvas y peras, era un placer que aún recuerda mi mente; la mezcla de los olores era un perfume que ninguno ha superado; y vamos a recordar a César, junto a casa de Marcial, que seguramente, en su zapatería le fabricaría aquella especie de botas para sus rodillas de inválido; y las palomas que César tanto cuidaba y los pájaros que atraía frotando un corcho contra una botella; y veremos pasar, lento y ceremonioso, uniforme gris y vara atemorizante bajo el brazo, a Bartolo “El Celador”; y desde la esquina de Parra salía el camión de “Pepe” Benazco; o el de Santiago “El Panadero” o el de Dionisio, del que se decía que todos los tornillos estaban sustituidos por vergas; y la guagua de Juan Cruz; o el de Juan de León; o la de Eusebio Rocío que venía desde Tinajo “manejada” por Ruperto; y Guillermo Topham, o Don Antonio Guadalupe después, o Esteban Cabrera, llegado a caballo desde Tiagua; o Pepe “Paciencia” o Manuel Corujo, que también fue mi maestro, abrir la escuela donde esperábamos sentados en los muritos de cal, junto a Antonio Fuentes, al que teníamos por loco y que verdaderamente era un gran filósofo; y comprar pastillas en la tienda de Antonio Cordovez; y delante de la escuela los soldados venidos de Lorca hacían la instrucción; y al mediodía: “Don Guillermo, déjeme ir a buscar el rancho, que ya tocaron fajina”; y la escuela de mi madre estaba llena de sol­dados, y el almacén de los Cer­deñas estaba lleno de soldados; y en la plaza se alternaban los inclinados árboles y los cañones; y el viejo cementerio era una cuadra; y un día se fueron los soldados y se llevaron el caballo “Barranco” y la mula “Roja”; y aunque en la despedida canta­ban:”…me voy a tierras lejanas y nunca volveré”, muchos vol­vieron; y desde entonces hay en el pueblo Chicano y Guardiolas; y el pequeño trompeta que ju­gaba con nosotros al boliche no pudo resistir la nostalgia, y re­gresó para casarse con aquella muchacha que había conocido junta a la casa de Don “Paco” Ramírez; y a lo mejor vemos pa­sar a “Rodrínga”, probablemente la mujer más fea de Lanzarote, a la que cuando chicos le tenía­mos miedo y que, en una visita al Asilo, hace pocos años, me emocionó:”Usted es el hijo de Doña Margarita la Maestra”; y en la guagua de Juan Cruz, por el verano de 1.945, oí decir:”Se acabó la guerra. El “parte” dijo anoche que los alemanes se han entregado”; y yo estudiaba ba­chillerato en aquellos momen­tos; y si no había camión o gua­gua, junto con Juan, el herma­no de Cesarita, bajamos cami­nando para el Instituto; y había quizás los dos únicos universi­tarios, dos Juanes: Juan Gil y Juan Armas, y a esos grandes amigos de hoy, no llegué a co­nocerlos en San Bartolomé; y a ti muchacha, ya te empezábamos a mirar a la salida de misa de Don Víctor. Don Víctor canta­ba todos los domingos el cum­plimiento semanal; y desde arri­ba el coro, salían las voces de Don José María y de su familia y se escuchaba el pequeño órga­no de pedales; y los sermones de Don Víctor eran amenos pero, interminables; y Juan roncaba en los bancos de atrás y Juana se salía porque había dejado el puchero en los “Teniques” y po­día quemarse; y una de las gran­des misas era la de la Fiesta; aquella fiesta que casi siempre se veía eclipsada por ser la vís­pera de la de San Ginés; y lle­gaban los curas de todos los pue­blos; y llegaba Don Tomás el de Tinajo cabalgando en la yegua negra; y el de Tías en el coche que después de taxi en Arreci­fe, llamaríamos “del Ministro”; y en esa fiesta no había baile; y había rueditas de fuegos; y Ma­nolo el de Rafael ‘El Sochantre’ o Antonio el de Rafael “El Sa­cristán” repicaban las campanas mientras el Santo salía a dar la vuelta por casa de Don Eloy y el más valiente tiraba “volado­res” desde la torre de la iglesia; y Manolo “El Betunero” había traído el camero para rifarlo otra vez; y Cazorla la ruleta con ga­llos de escayola y picos “encar­nados”; y uno trajo una vez “el curiel”; y se bebía cerveza ca­liente y rompíamos las botellas de gaseosa para sacarle la bolita de vidrio y jugar al boliche; y Marón y El Artillero reforzaban las luchadas en el patio de la Sa­ciedad. Y, llegada la madrugada, se apagaban los petromax de “El Porvenir”; y de un soplo se quitaba la llama a la lámpara de carburo de la ruleta. La fiesta había terminado. Sólo, al ama­necer, alguno regresaba a su ca­sa para “refrescarse” y conti­nuarla en la de San Ginés.

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