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1990

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 1990

              Por ESTANISLAO GONZÁLEZ FERRER

Mi pueblo, nuestro pueblo, siempre  se ha caracterizado por la gran lucha que sus habitantes han mantenido con la naturaleza, hasta tal punto de convertirse en domadores de la misma. No para secuestrarla sino para aprovechar de ella todo lo bueno que tiene y desechar lo malo. Creando riqueza y extraer de las entrañas de la tierra el más preciado fruto que no sólo sustenta nuestro pueblo, sino que, en aquellos años de hambre, despensa del resto de nuestra isla y posiblemente, de las demás.

Estos grandes hombres y mujeres que han estado durante su vida ideando y pensando de que forma y manera pudieran sacarle la mayor rentabilidad a la tierra, han logrado dominar aquellos jables volones que se extiende de Norte a Sur dividiendo en dos a nuestra isla. Embarcando por la Caleta de Famara y desembarcando por la zona sur arrastrados por los contrastes y pertinaces vientos que lamiendo continuamente la piel de nuestra tierra son capaces de renovar estos enjablados cada cincuenta años. Pero nuestros valientes agricultores que no han dado nunca su brazo a torcer, supieron salvar sus cultivos de sandías, batatas, tomates. Etc. empleando los “Bardos” o cortavientos que protegían y abrigaban de los implacables vientos que continuamente azotan nuestras explotaciones agrícolas.  En estos sistemas de cultivo, en extremo penoso, pues antes de poner en producción estas tierras tuvieron que retirar de los mismos en determinadas zonas la gran abundancia de piedras que eran cargadas a hombros en cestos pedreros o corzas tiradas por el inseparable amigo del hombre agrícola,  que fue el camello, para formar esta especie de pajeros que podemos ver en Peña Aguda y la parte baja de Montaña Mina, que siempre hemos conocido con el nombre de Tahaboyre de donde recibe el nombre algún paraje donde se encuentran enclavados estos cúmulos de piedra. No menos duras eran y siguen siendo los trabajos de ahoyado. En algunos lugares para colocar el estiércol había que hacer un hoyo que tenía una profundidad de un hombre  de tamaño medio más el cabo de la pala. No era poco frecuente que en más de una ocasión estos abnegados agricultores quedaron sepultados por el jable si no estaba lo suficiente mojado. No era este el único trabajo que habían que realizar en esta forma para extraer de las entrañas de la tierra, los frutos que en gran estima se tiene, no sólo entre la gente del Puerto, sino también, en el resto de nuestras islas, y en algunos lugares del extranjero, como Inglaterra, Alemania o antiguamente en la isla de Cuba. Adonde enviaban considerables cantidades de cebollas en barcos de vela. Algo menos pesado era el ahoyado en terrenos más ligeros o menos profundos, al estar menor tiempo en la incomoda posición que hay que adoptar para llevar a cabo este trabajo. Y al decir de los agricultores el paso de una consoleja a otra aliviaba la tensa posición que adquiere el cuerpo y aquí no termina el atendimiento de los cultivos que hay que mimar para obtener la cosecha, y esto  “si la planeta nos acompaña”. En general hay que estar continuamente escardando, poniendo piedras y arrimando arenas  para que el fruto no se ponga verde por el Sol y las  “sabandijas”  no dañen la batata, despuntar la sandía y los tomates, sulfatar para que la peciña no nos arruinen las plantas; para finalizar el cultivo se intercala una serie de aradas y escardilladas para mantener las tierras o suficientemente sueltas y facilitar que el agua de lluvia, si llueve, llegue a la “madre”  que es donde la planta lo necesita.

Sería feo, que no le dedicáramos algún comentario a aquellos explotaciones que se realizan, tanto naturales como artificiales. Los primeros formados por la propia naturaleza al regurgitar dato de seis años, a la par  el año 1730 al 1736, de la más  profundo de las entrañas de nuestra tierra por más de 35 bocas que se abrieron en su corteza, a arena negra que abrigando y protegiendo la tierra colorada para evitar que las escasas lluvias que pudieran caer en nuestros campos, así como los abundantes serenos fueran absorbidos y retenidos para más tarde cederlos a las plantas para completar su ciclo agrícola, produciéndose casi milagro de recoger abundantes cosechas con cantidades de lluvias mínimas.

El agricultor isleño que siempre fue un gran observador, no se escapa que los terrenos que estaban cubiertos en esas negras y brotes cenizas eran mucho más productivos que los que no lo estaban creando así los enarenados artificiales.

Más tarde un portuense de Tenerife, Don José Lubary Medina, pensó que los pesados trabajos de hacer los enarenados a golpe de pala y transportar la arena a lomo de camello, intentó montar una empresa para realizar estas labores por medio mecánico, empresa que fracasó por falta de medios económicos de la misma.

El agricultor lanzaroteño no conoció nunca jornadas de trabajo limitada por ocho horas. Con las primeras luces del día o los primeros cantos del gallo nuestros respetables y admirados artesanos agrícolas estaban en pie preparando el camello para acudir a su cotidiano trabajo desde que se pudiera ver. Después de ensillar el camello, ponerle la jáquina y el salamo, sinchaba el arado, pieza imprescindible en las labores agrícolas. Antes de abandonar las gañenías, ajustaba pretal y tajarra, para que el balance del timón del arado no desencajara los albardijos del animal. Poniendo la mochila en la cruz de la silla, que contenía el zurrón con el gofio y algún “conduto”, que podía ser desde unas cebollas crudas hasta una jarea asada con mojo, queso duro y una botella de vino.

Llegado al campo, después de hacer largos recorridos, tuchía el camello, le quitaba los aperos y preparaba al animal para  “pegar” la mesana, enganchando el tirante y el timón a la canga por medio de un anillo de cuero y encajando aquella en el cogote de su fiel acompañante, que sujetaba con los cansiles y el atillo. Después de regular el ángulo formado por la reja y el timón, por medio de la telera, empezaba la mesana sin interrumpir su trabajo sino para echarse una cachimba de tabaco, que solía hacerse un par de veces al día. Al mediodía, que lo consideraban cuando el sol estaba en peso, desenganchaba el camello para comerse aquella pobre pero nutriente comida. Por otro lado, el camello hacía lo propio con la ración o un brazado de paja, que era transportado en un brazo de la silla. Después de un pequeño descanso realizaba la misma labor que hizo por la mañana y que duraría, el camello con su aparente cansino andar y el labrador agarrado y descansando en la revisa hasta la puesta del Sol, que volvería a su casa llegando ya entrada la noche.

No faltaban en nuestro pueblo gente de gran relevancia por alguna razón. Entre los muchos que aquí existieron y algunos existen podemos citar a Don José María Gil, incansable luchador, por propagar y conservar nuestro folklore.

Don Marcial de León Corujo, inigualable e irrepetible bailador de nuestras danzas. Pues al verlo bailar, más que brazos y piernas, parecía tener alas para flotar en el espíritu de las  interpretaciones que ejecuta.

Doña Margarita Martín, madre y maestra de maestras, y según tengo entendido una de las más jóvenes enseñantes de su época. Recuerdo con gran cariño un día que en su casa me corrigió la forma de tomar una pluma para escribir. Fue tal la impresión que me causó la forma y el arte de explicarme el método que después de cincuenta años aún lo recuerdo.

Tampoco debemos olvidar a Don José Ferrer, que con la gran fuerza de voluntad y tesón que le caracterizaba, logró enseñar a leer, escribir y hablar a varios mudos.

Fue célebre la figura de aquel gran cura, Don Víctor San Martín, que además de cura fue alcalde en 1931 pobre en especies pero rico en espíritu y cultura. Por no tener, según se cita en una de las obras del gran historiador, escritor e investigador lanzaroteño Don Agustín de la Hoz, no tenía calcetines que ponerse. Las misas celebradas por Don Víctor en la iglesia fundada por Don Cayetano Guerra Clavijo y Perdomo se hacia casi interminables, por sus largos y comentados sermones.

Don Guillermo Perdomo creador entre otros aperos agrícolas, el arado de apartar jable, que tanto alivió el trabajo del ahoyado y que hoy está adaptado a todas las máquinas que realizan aquel trabajo mecánicamente.

Conocido en la época fue también el Mayor Guerra, que habitó la   casa conocida con el nombre del Castillo ubicada en el lugar del Cascajo, que junta con la de los Carrasco, la hoy conocida Ajei y la del Palmero, eran construcciones   orgullo de nuestro pueblo.

Estado ya en la antesala de nuestras fiestas, les deseo que después de pasar tantos trabajos y malos tratos por parte de la Naturaleza, hagan ustedes un paréntesis de gozo y diversión. Procurando no echarse “fuera del tarro”, no les vaya a  pasar lo que les pasaba a los que lo hacían en la época del Alcalde Don José Cabrera Torres, que iban a dormir al cuarto mortuorio, junto con el cajón de ánimas.

 

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