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2001

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE   “SAN BARTOLOMÉ ” 2001

                 Por FRANCISCO JOSÉ NAVARRO RODRÍGUEZ

Todo comenzó en el mes de Agosto del año 2.000, cuando recibí una llamada del concejal de festejos del Ayuntamiento de San Bartolomé, el Sr. José Manuel Morales Ortega para comunicarme2001-Francisco Jose que el grupo municipal quería que yo fuese el pregonero de las  Fiestas de San Bartolomé del año 2.001.

La verdad es que fui tajante en mi contestación con el Sr. Morales diciéndole que me disculpara pero que yo no podía ser pregonero, ya que yo no me veía capacitado para esta gran responsabilidad y, que los pregones siempre o casi siempre, han corrido a cargo de historiadores, catedráticos o grandes literatos.

El tiempo fue pasando y yo sin preocuparme lo más mínimo por el tema, ya que no me veía en el papel de pregonar las fiestas de mi pueblo, San Bartolomé. El día 3 de Febrero de este año, acudí al teatro municipal para colaborar con la buena amiga Reyes Tabares. Ella me había pedido que fuera el presentador de su primer libro “Recuerdos y Vivencias”. Antes de comenzar el acto, en los salones adjuntos a la sala de teatro, se dirigieron a mí el Sr. Alcalde D. Miguel Martín Betancort y el Sr. Concejal de Educación, Cultura y Patrimonio D. Juan Antonio de la Hoz González.

Y volvieron a insistir en el tema del pregón del que yo estaba muy convencido. Traté por todos los medios hablar del tema que nos ocupaba esa noche, la presentación del libro de Reyes Tabares, pero ellos insistían en que yo tenía que ser el pregonero y contarle a las nuevas generaciones cómo yo vivía las fiestas de mi pueblo.

Nada más llegar a casa, se lo comenté a mi mujer y a mis tres hijos, los pilares más importantes para mí, y quienes mejor me aconsejan. Fue entonces, a partir de ahí cuando las cosas las fui viendo de otra forma, mucho más positivas,

Y comencé a escribir lo siguiente…

La Fiesta de mi Pueblo contada por un chinijo

Cuando llegaba el mes de Agosto, mi pueblo se iba transformando. Ya se notaba el ir y venir de los vecinos a las lajas de las Ventas, que era la zona del pueblo donde vivía.

En esos días, las escobas para albear las casas se agotaban y también los cacharritos de pintura para las puertas y ventanas, aunque en mi casa teníamos postigo. También, las latitas de barniz, se agotaban para barnizar las sillas, la cómoda y algún que otro mueble que teníamos en casa.

·-Recuerdo que la cal la traían en piedras y luego, al echarlas en el agua, se formaba ya la cal media espesa para albear las casas. Los caminos se limpiaban si había alguna hierba seca o algún que otro moñigo. Mi madre y mis hermanas cuidaban al más mínimo detalle lo poco que tenían, para que el día del Santo Patrón, todo estuviera como la patena.

Cuando llegaba la semana antes de la fiesta, ya comenzaba el desfile de los chinijos a pasar por la barbería. Teníamos que ir por la mañana a pelarnos y así dejar la tarde libre para los hombres, que venían de trabajar. A mí me mandaban a pelar a la barbería de mi pariente Navarro. Era un auténtico calvario, con aquellas maquinillas de mano que en más de una ocasión, te daba cada tirón, que te arrancaba los pelos de cuajo. A los chinijos nos pelaban con la moñita delante, a los pollanquitos a la moda y a los hombres, como mi padre, al “amadeo” o al  “alemán”, para que les durara más el “pelao”.

La verdad es que en esos días no me dejaba parar. Cuando salía  de la escuela de Don Pepe Ferrer, que para mí fue mi maestro  ejemplar; ya me estaba esperando mi prima Dolores, la de mi tía Margarita y mi tío Eligio, para llevarme a la iglesia, porque había que hacer una limpieza a fondo y dejar a los santos sin polvo. Sin olvidar los altares ¡Qué bonitos eran…!! El de La Purísima, San José, El Corazón de Jesús y el púlpito…

¡¡Qué pena, que algunos nos hayan dejado sin parte de nuestra historia quemando sin escrúpulos nuestro patrimonio cultural!!

También las pantallas de lágrimas, las teníamos que lavar y para hacer esta labor, Rafael, el Sacristán, se encargaba de bajarlas hasta una altura donde uno las podía lavar. Recuerdo que decían las mujeres, que eran de cristal de roca. Una vez limpias, se quedaban como un auténtico arco iris de brillantes y bonitas.

No he sabido más de esas pantallas. Desaparecieron con la reforma y fueron sustituidas por una de hierro, pintada de negro, que nada tiene que ver con la arquitectura de nuestra iglesia. Por mucho que nos quieran hacer ver los que llevaron a cabo tan macabro suceso.

Entre limpieza y limpieza, a escondidas de las mujeres, me escapaba y me subía al coro para tocar el piano de Rafa. En más de una ocasión me dio un coscorrón y algún que otro tirón de orejas, porque el piano” sólo lo tocaba él”.

Como chinijo que era, terminaba muy cansado y aburrido, pero cuando terminábamos y llegábamos a casa de mi tía Margarita, tenía mi recompensa; Ya mi prima Dolores me daba medio pan con una “íscara” de chocolate, lo que llaman los chinijos de ahora, barrita. También alguna naranja o guayabo, que mi tío Eligio tenía para llevar a la frutería que tenía en el Puerto, y que las cogía de la finca que tenía en “El Sobaco”.

Cuando se acercaba el día de la fiesta, en mi casa mis hermanas preparaban la mistela, el licor de plátano y también compraban alguna botella de anís El Mono, por si llegaba alguien a casa o también para los novios.

La víspera de San Bartolomé. se preparaba el compuesto (hoy estofado), en unas fuentes de barro. También el Pan de Rey (hoy bizcochón) y algún que otro mantecado. Después lo llevaban al horno de casa Manuela y Juana, para guisarlos o cocerlos.

Recuerdo cuando mi madre lo traía para mi casa, lo trancaba con llave en una lacena que teníamos empotrada en la pared, en la habitación de delante donde mis hermanas enamoraban con sus novios, y, mi madre, en la habitación de enfrente. ¡Qué bonito! iY con qué ilusión vivíamos la víspera de San Bartolomé!

Nos acercábamos a la plaza toda llena de ventorrillos, enramadas con palmas que las traían de casa de D. Paco Ramírez. También los adornaban con banderitas de papel de varios colores. El mostrador estaba hecho de bidones y unos tablones. Se escuchaban las parrandas y a los hombres cantando. Recuerdo también las ruletas que traían desde el Puerto, alumbradas de carburo y los ventorrillos con “petromax “.

Para mí y los chinijos de aquel tiempo era algo muy novedoso, A nosotros no nos dejaban entrar en los ventorrillos. Ni tan siquiera acercarnos a las ruletas, porque todo era cosa de mayores y si nos poníamos cabezudos, nos daban una torta. Nosotros seguíamos todo el movimiento desde la acera de la cartería de Gervasio.

El día de San Bartolomé, para nosotros era un día muy especial. Todos madrugábamos, el pueblo olía a puchero y a compuesto. Todos en casa nos dábamos prisa, teníamos que lavarnos, las duchas no existían, sólo un baño de cinc y alguna que otra palangana.

Mi madre y mis hermanas cuidaban de la casa, dejar todo barrido, las camas hechas bien espojadas. Que no quedaran señalados los troncos de la paja.

La ropa la habían almidonado y planchado la víspera, con la plancha de carbón. Bastante que abané con una cartón, porque el viento en esos días era escaso.

El día de San Bartolomé tocaba revista: orejas, nariz y moña…No se escapaban sin  supervisarlas algunas de mis hermanas y antes de ir a misa, tenía que pasar por casa de mi prima Dolores para que me diera el visto bueno. Y como a ella no le gustaba verme con las uñas sucias, cortaba un limón y me dejaba las uñas impecables. Eran otros tiempos.

Recuerdo que mi padre y mi hermano Pedro, ese día se ponían el terno (traje), que se lo habían hecho en casa de Anastasia. Dicho terno, mi padre sólo lo tenía guardado para los entierros y mi hermano, para algún que otro día especial, como la fiesta del pueblo.

No importaba el tiempo que hiciese, con un calor que rajaba las piedras, en pleno mes de Agosto.

La misa era a las doce del mediodía. Las mujeres mayores llevaban la mantilla negra y las muchachas, siempre con la cabeza cubierta con un velo de tres puntas.

Recuerdo, que en la iglesia, los chinijos nos sentábamos en los primeros bancos. Detrás las mujeres y de pie, bajo el coro, se ponían los hombres. Para nosotros, los chinijos, la misa nos parecía muy larga, ya que era cantada y don Ramón, ese día, cuando subía al púlpito hacía un sermón (hoy homilía) que duraba un buen rato. Como los chinijos no nos estábamos quietos en los bancos, las mujeres que estaban detrás de nosotros nos daban un buen coscorrón.

Terminada la misa, salía la procesión, siempre delante Rafael, el sacristán, con la cruz y los dos monaguillos. Después en fila de uno, los chinijos por un lado y la chinijas por otro. Detrás ocurría lo mismo con los hombres y las mujeres. Y don Ramón de atrás para adelante, pavoneándose todito, para ver si trincaba a alguno fuera de su sitio, para llamarle la atención.

Por donde el santo pasaba se ponían unos bidones albeados, con una viga de madera que luego se ponía la bandera española. Eran otros tiempos y por aquí no había llegado la fiebre nacionalista.

Recuerdo, que de un bidón a otro, se ponían las banderitas de papel y en algunas casas, ponían unas colchas muy bonitas colgadas en las ventanas, sobre todo en la plaza. Durante todo el recorrido no dejaban de repicar las campanas, hasta que el santo entrara de nuevo a la iglesia.

Después nos íbamos a casa para comernos la comida especial.

Todo era diferente y no teníamos mucho donde elegir. Apenas comíamos, nos íbamos para el camino del monte, para ver la carrera de caballos. Allí nos encontrábamos todos los vecinos. La verdad es que era muy bonito y emocionante.

Después por la tarde, una vez terminada la carrera de caballos, volvíamos a la plaza para disfrutar del ambiente que se vivía en ella. Los ventorrillos volvían a llenarse de gente y los más jóvenes, paseaban en la plaza, de arriba a abajo con las novias. Y los chinijos, de un lado para otro o sentados en la acera de la cartería.

A mí me parecía mentira que se hicieran las cinco o las seis de la tarde, para darme una carrera hasta mi casa y adular le a mi madre, a ver si me daba un trocito de Pan de Rey (bizcochón) o algún mantecado. Eso sí, una cosa sola. Qué poco te duraba, pero cómo lo saboreabas en aquellos tiempos. Todo te sabía y era diferente.

Así termino parte de mis vivencias, la Fiesta de mi pueblo, San Bartolomé, contada por un chinijo.

GRACIAS, a la Corporación del Excmo. Ayuntamiento de San Bartolomé, por haber confiado en mí para ser pregonero. Algo para mí impensable y a lo que puse mucha resistencia.

Espero que con mis vivencias, aquí escritas, algunos vecinos y amigos se vean reflejados. Ya las nuevas generaciones, que sepan valorar lo que tienen. Que la fiesta es más bonita si se comparte lo que tenemos y aportamos todo lo bueno que hemos aprendido de nuestros padres, maestros y los mayores, auténticas enciclopedias andantes.

Un abrazo afectuoso para todos.

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