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2003

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 2003

          Por   JUAN PEDRO MARTÍN LUZARDO

Me ha correspondido este año a mí el honor de ser el pregonero de las fiestas de San Bartolomé, patrón de nuestro pueblo. Y cómo soy consciente de que para muchos de los aquí co2003-juan pedrongregados soy un perfecto desconocido, parece obligado que me presente ante Uds. Soy Juan Pedro Martín Luzardo y nací hace cuarenta y ocho años en el barrio de Las Calderetas y, aunque por circunstancias de la vida, hace mucho tiempo que me afinqué en la isla de al Iado, Lanzarote, y particularmente San Bartolomé, fue y será siempre mi “patria chica”, ya que no en vano aquí vi la luz por primera vez y tanteé las infinitas posibilidades que la vida ofrece en sus fases iniciales.

Es cierto que aquella época (me refiero a la década de los sesenta del siglo pasado), poca relación guarda con el San Bartolomé actual. En aquel entonces San Bartolomé era un pueblo de agricultores laboriosos, recios costeros y hábiles artesanos, estos últimos los menos y en forzosa reconversión a maestros albañiles. Era y es un Municipio flanqueado, al noroeste, por la montaña Mina, y al suroeste, por la montaña de Guatisea, a la que escolta sus hermanas menores, Caldera Honda y Caldera Llana y ésta singular orografía, tipo bocana o canaleta, permitía que las arenas de la zona de Famara y El Jable llegaran hasta Playa Honda y no era raro contemplar dunas móviles que se desplazaban en torno a la vega de Mozaga. Fue el período en que se parceló y roturó El Monte, adjudicándose a los vecinos más necesitados, y se excavaron las maretas de Guatisea; cuando las tierras se medían en almudes y fanegas, el agua en pipas y el dinero en reales; cuando la mayoría de la gente vivía de la medianería se colaboraba en “pionadas” se divertía en contadas y señaladas ocasiones; cuando se comía pellas de gofio, sancochos de batatas y pescado salado, higos porretos, alguna rala de vino y poco más; y las mujeres casadas o solteras, remendaban y zurcían con la luz de la tarde o con la luz de quinqués; cuando ser rico era un privilegio y disfrutaban de él las escasas familias que disponían de casa con patio, troja, sobrado o altillo y recibidor, y en sus laterales se emplazaba la aljibe, la era, la gallanía para cobijo de burros y camellos, la lagar con prensa de viga, tanquilla y bodega y, algo más alejado, los corrales y los pajeros a la intemperie. Fueron los años en que, en el orden económico, ejercieron su autoridad don Paco Ramírez y don Eloy Ferrer, de quienes se decía que podían recorrer el pueblo a la redonda sin pisar tierra ajena; en el orden político, los Gobernadores Civiles designaban a dedo Alcaldes del Movimiento, alguno tan visionario como para mandar alzar en el centro del pueblo una torre cuadrada en cuyas caras superiores instaló enormes relojes para que los vecinos supieran en todo momento la hora del día, llegándose incluso a comentar que muchos comenzaban y terminaban sus faenas al compás de estos relojes y, hasta donde me alcanza la memoria, ,los nombres de estos singulares personajes fueron y algunos todavía son don Manuel Bermúdez; y don Antonio Cabrera, este último maestro nacional, al igual que su mujer Elena, y prácticamente, quienes recalaron por aquí en plena juventud y nos dejaron prematuramente y naturalmente, en el aspecto religioso, curas como don Ramón y don Manuel imponían respeto y devoción y el fervor religioso se desvelaba con misas de madrugada y semanas santas de profundo recogimiento, ayuno, confesión y comunión por Pascua Florida y asistencia masiva a procesiones. Fueron años en que, desde el púlpito, se calificaba las películas que se exhibían en el cine de don Daniel como sacrílegas y se recomendaba el visionado de las películas que se proyectaban en el cine parroquial, que ejercía la competencia hostil y desleal en el mundillo del espectáculo de masas en un pueblo, que precisamente en aquellos cruciales años, asistía a la desaparición de la misa en latín y de las cintas en blanco y negro, entre incrédulo y asustado. Al frente del cine laico se encontraba Pepe, en la taquilla, Maximino de portero-acomodador y Severino en el bar y el cine de la parroquia lo administraba el sacristán Don Rafael de León, que compaginaba su zapatería con esta tarea. En torno a estos centros sobrevivían los bares de Marcial Acosta, Manuel de León y Alberto, donde los hombres adultos y algunos muchachos derrochábamos horas y horas en juegos de baraja que la juventud de hoy desconoce sin remordimientos.

Fueron también los años en que se jugaba a la bola en las calles de tierra ­no como hoy, que se juega a la petanca en recintos cerrados-, en que se reformó el casino “El Porvenir” y deslumbró al resto de Lanzarote; con Felipe a la cabeza y Morín de ayudante en las grandes solemnidades, como las fiestas de la Luz y Año Nuevo; en que Menkara reforzaba el equipo de lucha del pueblo y despuntaban como excelentes bregadores los hermanos Pérez, El Perqui y otros muchos de cita interminable, donde el correo lo repartía Gervasio, lo granos se molían en la molina de don José María Gil, remendaban los zapatos Damián y Rafael, nos cortaban el pelo, en amenas charlas, Tomás Corujo y Miguel Navarro, se encargaban los “mandados” en las tiendas de aceite y vinagre de Las Ventas, (de Don Antonio Carta, Doña Mª: Teresa Perdomo, Doña Pura Rocío y Doña Herminia Rodríguez) y algunas otras desperdigadas por los barrios del Jable, El Cascajo, el Morro, La Molina y Las Calderetas -de estas tiendas creo que solo subsiste hoy en día la de Pedro Perera, regentada por su hija Teresita­ y nos preparaban para enfrentamos al mundo, con más tesón que instrucción y menos recursos que voluntad, inolvidables maestros de pueblo, como don Juan Páez, don José Ferrer, don Esteban Cabrera y doña Ana Stinga, en los que los beneficios del Plan Marssall se manifestaban en “hartadas” de leche en polvo y queso de bola. El orden público, se encomendaba a Juan Tarajano y Domingo González y, cuando había altercados mayores, intervenía la pareja de la Guardia Civil.

Aquella época se fue, devorada, primero por el coche y el televisor y luego por el ordenador y el móvil, y hoy solo pervive en la memoria de las personas que sobrevivimos ya quienes nos corresponde, como un auténtico deber cívico, recuperar y transmitir a las generaciones futuras, porque el pasado se hace presente solo a través del recuerdo de los hombres que, en una especie de rememoración cuántica, la evocan de forma fragmentada y en muchas ocasiones, tremendamente deformada por la fuerza de la añoranza. En este instante, creo que es momento de invocar por sus nombres a aquellos que, en silencio, sin hacer ruido, se fueron para siempre, en la flor de la vida, para que no se pierdan sus huellas en los anaqueles polvorientos del olvido. A modo de ofrenda, en memoria de Pedro Manuel, Feluco y su hermano Pedro Paquito Miranda, Juan José y otros muchos que ya no están con nosotros, pongo en mis labios, en mezcla licenciosa, los versos de dos grandes poetas españoles, Miguel Hernández y BIas de Otero que decían: “temprano madrugó la madrugada, temprano levantó la muerte el vuelo, más que rayar sombrearon el abanico de la noche fría”. A ellos, donde quiera que estén, les confesamos que no les olvidamos.

Hoy, afortunada o desgraciadamente, las cosas, las casas y la gente son distintas. Ya San Bartolomé no es el pueblo del centro de la Isla, donde a los del norte se les llamaba “Vuelta Arriba” y a los del sur “Vuelta Abajo” donde todos nos conocíamos por nuestros nombres y los pocos extranjeros que nos visitaban nos saludaban con la mano desde las ventanillas de las guaguas con destino a las Montañas del Fuego o la Cueva de los Verdes; que esperaba, ansioso, la llegada de las fiestas patronales para degustar pan tierno y carne compuesta, “estrenar” los varones, camisas y zapatos, y las mujeres, vestidos a la moda, que se suministraban en las tiendas de la calle Real de Arrecife y sus aledaños para lucirlas en la función religiosa de las once, después de haberse reunido todo el pueblo la víspera para presenciar las carrozas y los fuegos artificiales en torno a una plaza plana y sencilla; tampoco corre el jable como corría por Las Peñas, y El Monte vuelve a ser monte por abandono de las labores agrícolas y el acomodamiento de las nuevas generaciones, alérgicas al trabajo del campo.

De aquel pueblo que a retazos he ido describiendo solo queda, como símbolos de permanencia e identidad, el Ayuntamiento y la Iglesia, con su plaza compartida y bastante transformada, varios edificios representativos, como la casa Ajey y la casa del Mayor Guerra, ambas rehabilitadas a impulsos del potencial europeo y algunos de nosotros, unos aquí y otros “por ahí”, pero eso sí, más desgastados. Ya no hay “chinijos” en las calles ni ayudando en “Ias tierras”, ya los novios no cortejan a las novias los jueves por la tarde y los domingos por la mañana, la gente no se muere en su casa ni se anuncian los duelos de viva voz, sino que se muere en fría tanatorio y se difunde el fallecimiento con cuñas en la radio y esquelas en los periódicos; ya el barrio del Jable comparte nombre con la barriada del Carmen, el Morro se confunde con la nueva urbanización de El Quintero y las Calderetas casi está unida con La Florida y esta con el Islote, pero la vida sigue sin detenerse y sin esperar a los que se quedan detrás, y el pueblo de San Bartolomé también, al margen del desconocimiento mutuo y de que ya el centro de gravedad del Municipio se ha desplazado a Playa Honda.

Pese a todo, considero, y en esto se resume este pregón, que se acercan las fiestas en honor de nuestro patrón y que este hecho que se repite cíclicamente, ajeno a los cambios e indiferente a las mudanzas, tiene relevancia social porque constituye un signo de identidad de un pueblo a través del hilo de la historia, que fomenta inconscientemente el reencuentro del pasado y del presente, de lo viejo y de lo nuevo, aglutina voluntades, evoca experiencias comunes, la mayoría diluidas en las brumas de memorias anónimas y, en definitiva, propicia la confraternización en un ambiente lúdico propio de este tipo de festejos.

Sé que la Comisión de Fiestas se ha esmerado en elaborar un programa de actos lo más completo posible y que, en esencia, con algunas novedades y retoques propios de las nuevas circunstancias, es el mismo que se repite en el tiempo, el que conocieron nuestros padres y el que seguramente conocerán nuestros hijos, porque de lo que se trata es de mantener viva la tradición como seña de unidad de este pueblo.

Por ello, y para terminar esta semblanza precipitada de nuestro pueblo en el contexto en que se suscita, no me queda más que invitarles a participar en los actos que se avecinan y agradecerles la paciencia que han tenido conmigo.

Muchas gracias y buenas noches.

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