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2004

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 2004

     Por   MARCIAL  PÉREZ DE LEÓN

 Señor Alcalde, dignísimas autoridades, amigos y amigas:

Cuando se me invitó a pregonar las Fiestas de nuestro pueblo en conmemoración del Santo Patrón, San Bartolomé, pensé al instante que no estaba a la altura de lo que se me pedía.

Aunque complacido por el encargo, pues es un alto honor para cualquier hijo de un pueblo que se le invite a pregonar las Fiestas Grandes, me planteé seriamente rechazarlo. Sin embargo, al momento me asaltaron innumerables recuerdos de mi infancia y juventud ligados a la celebración mayor del2004-marcial+ pueblo, infinidad de momentos vividos que me animaron intentarlo.

Esa es la razón por la que hoy estoy aquí como un simple hijo agradecido de San Bartolomé, ilusionado con la lectura del Pregón  y aferrado a mi memoria que es la de muchos de ustedes, rememorando el albeo de las casas, el olor a sopa y a carne asada, la ropa de estreno y el repique de las campanas anunciando la Fiesta y alterando junto a los voladores el trajín de cada día en el lado del pueblo en el que residía. Mitad jable, mitad enarenado.

Debe ser cierto que hay patria más afectuosa que la infancia, porque esos recuerdos me acompañan hoy y estoy seguro de que me acompañan durante toda mi vida.

Recordándolos, sueños despierto. Y soñando convoco a las Fiestas a las gentes de mi pueblo, a los que saben y sienten, a los que trabajan por un pueblo más próspero y más culto, a los que esperan y a los que han perdido, quizás, la ilusión.

Llamo y convoco a todos los hombres y mujeres que durante generaciones dieron vida y sentido a este pueblo, a los que están entre nosotros y a los que no, para que nos acompañen en este acto.

Quiero decir para que todos lo sepan, porque eso es pregonar, que quiero llamar y traer aquí a las personas que, en mis sueños de niño y de joven, forjaron el pueblo que hoy es San Bartolomé y que todos disfrutemos. Hijo del pueblo como me siento, sólo puedo glosar la historia pequeña de nuestra comunidad, nombrando a quienes contribuyeron a construirla hasta hacerle un hueco  en nuestra Lanzarote. Es así, a fuego lento y en el día a día, como avanzan las sociedades, empujadas por sus hijos.

Recuerdo la plaza y sus hitos. El Ayuntamiento con don César, don Eduardo y don Facundo Perdomo, don Marcial Acosta y su bar y don Antonio Fuentes, a quien, en nuestra ignorancia, no supimos entender enterándonos, con el paso del tiempo, de su sólida formación y de sus años de Seminario en Las Palmas de Gran Canaria.

Me encuentro junto al cine de Don Daniel, al lado de la iglesia escuchando a párrocos como don Víctor.

Tengo delante a don Manuel Déniz, con su cine y su revolución en el pueblo, un don Manuel a quien debo parte de mi cultura y mi formación entre las t Doña Eulogia González, llevándole las cuentas del dinero para ir pagando las deudas de un proyecto parroquial.

Tengo presente a Rafa, el sochantre, con sus latines entre coros.  El Sacristán a quien siendo yo un chiquillo, le hice la trastada de desatarle la soga de la campana mayor. La campana se tocaba al azar coincidiendo con la consagración de la Eucaristía, y, ya en plena Misa, el bueno  de Rafael se quedó con la soga en la mano entre el desconcierto de los fieles y el suyo propio, mientras yo, en el Coro, escapaba como podía.

Recuerdo a don Blas Ferrer y a otros alcaldes atravesando la plaza, las escuelas de arriba y de abajo y, más tarde, a tres maestros en particular: don Juan Antonio, don José Ferrer y don José Rodríguez.

El dibujo de mi memoria me conduce a la Sociedad El Porvenir y los bailes de La Magdalena y de La Luz amenizados por orquestas como la de Mejías, mientras sus candidatos a presidentes peleaban por formar parte de una Junta Directiva que dio mucho prestigio a San Bartolomé en el pasado, hasta el punto  de convertirse en uno de los grandes referentes entre las sociedades de la Isla.

Recuerdo como si fuera hoy la zapatería de don Marcial Perdomo reconvertida en cantina cada vez que se organizaba un baile; o la cartería de don Gervasio Villalba, cartero y alcalde, quien, en 1958, al inaugurarse el cine de don Daniel, nos habló de contenido y del fondo de la película con tanto entusiasmo que no pude evitar colarme en la función de la noche tras pasar la tarde escondido entre las cortinas.

Y así andábamos, entre nuestras cosas y en las de todos, mientras don Carlos Ferrer Ortiz nos ilustraba con su sabiduría y su saber estar teniendo respuestas para todo y para todos en las tertulias de los bares de la plaza. Se me agolpan los nombres a la memoria al pensar en don Pedro García, don Antonio Cartas, don Rafael Rodríguez, doña María Teresa, doña Pura Gracia y tantas otras personas que, en la esquina de Parra o Las Ventas, o en sus tiendas o lonjas, socorrieron y salvaron de la miseria a muchos hijos de San Bartolomé en la época del hambre y las estrecheces.

A don Pepe Hernández lo veo en su venta y panadería y a don Paco Ramírez esperando debajo de la enredadera a quién quiera que fuera a contarle el último mentidero ocurrido en el pueblo ese día.

A mis ojos, don Eloy Perdomo sigue con sus interminables partidas de envite y napolitana en la Sociedad, mientras que don Guillermo Espino anda todavía arriba ya abajo con su carro y su camello, don Juan Armas Molina en su tienda y don Manuel de León aguarda al descanso en el cine para que le empleemos nuestras perrillas. Como si fuera hoy mismo, como si esta Fiesta fuera aquella, escuchando a don José María Gil, alma del folclore, de quien se decía que tenía muchos oficios, desde platero y practicante, chófer con don Fermín Rodríguez, molinero e incluso sochantre, es decir, director del coro en los oficios divinos.

Muchas veces me acerqué en bicicleta a Güime a llevarle a don Manuel, el herreño, la comida que me entregaba para él su esposa, doña Mariquita Machín, pues andaba alrededor de la calera en la que casi me caigo, de puro juego, cuando la estaban abriendo.

Camino de las Peñas o del Monte que tanto hambre remediaron en otra época a media Isla, iban a diario don Justo Cabrera o don Francisco Luzardo, entre otras personas cuyas imágenes conservo frescas, mientras que de las hijas de don Sebastián recuerdo a Lolita haciendo teatro y a sus hermanas preparando altares para la celebración del Corpus Cristo.

La autoridad la encarnaba la Guardia Civil, a quienes de chicos temíamos. Entre ellos está presente el imponente don Marcos, poco menos que mi psicólogo en aquellos años de inconscientes pillerías, sobre todo cuando cogí unos retoños sin hacerme falta y pude comprobar como otros chicos de mi edad lo hacían por necesidad, tal era la escasez y las apreturas de aquellos tiempos que las nuevas generaciones no han conocido afortunadamente.

En aquellos años, las panaderías alimentaban sólo con afinar el olfato. Señor Machín, el panadero, don Rafael Reyes con su ironía y su desparpajo, o panaderías como las de don Eustaquio, don Miguel González, doña Chana y, más abajo, doña Juana y doña Manuela con sus bizcochones, pudines y mamines. ¡Lo que dábamos siquiera por verlos de cerca!

Don Bartolo Arrocha y don Gregorio de León fueron los últimos carniceros que recuerdo de aquellos años, puro lujo para muchos de nosotros, resonando todavía las palabras de don Anacleto Perdomo haciendo el cuento de cuando fue a servir al Rey o afirmando que Mozaza era un pueblo fuerte al encontrarse sobre el volcán, mientras don Basilio andaba con su saco de hierba a la espalda leyendo cada recorte de periódico que encontraba a su paso.

Las partidas del Juzgados sacadas por don Luis Cabrera eran verdaderas obras de arte en caligrafía y ortografía, como lo eran la tonelería y las tertulias de don Felipe de León, mientras los hermanos Pedro y Eligio Tejera guardaban el monte. Don Pablo Canjello, don Estanislao Carrasco y su bodega, lecheras revendedoras y un sin fin de personas que, su esfuerzo y humanidad, pusieron de su parte para engrandecer el pueblo.

Gentes sencillas, anónimas en su mayor parte, forma parte de la pequeña historia local haciendo seguir la cadena de la vida.

A todas ellas rindo emocionado recuerdo al festejarse la conmemoración de San Bartolomé Apóstol, nuestro San Bartolomé, una imagen y un culto que nos acompaña con su cuchillo, amigo y discípulo de Jesucristo, uno de los doce apóstoles, un israelita en el que no existe maldad, al que don Agustín de la Hoz describió como  “una imagen pequeña con un pañolón de buen hilo y al punto un cigarra de plata”.

Tiene su historia San Bartolomé. Ya en 1548 su ermita se encontraba por estos parajes, así como sus fiestas en plena canícula de verano.

En su Descripción Histórica y Geográfica de las Islas Canarias, Don Pedro Agustín del Castillo escribe que San Bartolomé existía como caserío desimanado a comienzos del siglo XVIII, y en 1730 fue casi destruido por la lluvia de arenas del volcán de esa fecha, según el Obispo Dávila. En 1733, Viera Clavijo señala que Lanzarote cuenta con 50 pagos y lugares, de los que 30 eran de San Bartolomé, que entonces pertenecía a la jurisdicción de Teguise.

Un censo de 1787 registra a San Bartolomé como distrito de la Demarcación de Lanzarote, siendo lento su discurrir hasta los últimos tiempos, en los que hemos visto como la población residente de la isla se ha doblado en sólo 15 años, mientras que el municipio de San Bartolomé ha dado un importante salto con su desarrollo costero, siendo hoy el segundo en importancia poblacional de Lanzarote, con casi 20.000 residentes.

Hoy en día somos muchos más que en mis años de juventud y no a todos los vecinos es posible reconocerlos, pero sí creo que sigue siendo posible mirar el pueblo y su acontecer con los ojos del alma. Pero para que ello sea posible, también es necesario que nuestras autoridades municipales, de hoy y de mañana, se esmeren en mantener las señas de identidad del pueblo para que todos podamos reconocerlo y reconocerlos  en él, impidiendo que se convierta en una barrida más en el cinturón de una gran ciudad. Y para que eso sea así es fundamental conservar y difundir los valores culturales propios, los nuestros, los que nos diferencian  de los otros y nos unen con nuestra comunidad.

Si nos sentimos orgullosos de la vida del pueblo y de sus casas, sus calles, sus árboles y hasta su última piedra, no sólo nos sentiremos mejor, sino que seremos capaces de dar lo mejor de nosotros para que el pueblo prospere. Y así, los más jóvenes podrán vivir en un buen lugar y mirarse en buenos espejos para que la vida avance.

No quisiera terminar el   Pregón sin llamar a mis  vecinos para que unamos esfuerzos y seamos solidarios con la Iglesia Parroquial, que se encuentra cerrada desde principios de año, para que muy pronto se reabra al culto si cabe más hermosa.

Las Fiestas me trasladan a  la infancia. Ahí quisiera permanecer todos estos días para disfrutar felizmente junto a toda mi gente.

Muchas gracias y felices fiestas

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