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2005

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 2005

Por   MANUEL ACOSTA RODRÍGUEZ

Surgida del mar, millones de años fueron necesarios para que el sol la acariciara y para que el viento, ¡siempre el viento!, la rascara. Para que las rocas salidas del vientre de la tierra fueran rompimanuel acostaéndose en pequeños, pequeñísimos, trocitos y los seres vivientes la ocuparan, la hicieran vientre, a su vez, para crecer y fructificar.

Años más tardes -¿cuántos? Hombres y mujeres la población. ¿De dónde vinieron?

Ellos la dividieron, la partieron en parcelas, se la apropiaron y la explotaron. Aparece lo tuyo y lo mío.

¡Ahí se armó la gorda!

Al final, después de cualquiera sabe cuántas sinsabores, cuántas discusiones, cuántos pleitos, cuántos razonamientos y… cuántos intereses, quedan definidos los pueblos diferenciados, los términos municipales.

Ya tenemos a San Bartolomé, como tal pueblo, en la isla de Lanzarote situado casi en el centro geográfico de la misma.

San Bartolomé de Lanzarote: “la ciudad asentada en lo alto para que las demás se miren en ella”.

Hace muchos años, un eminente orador sagrado, hijo de Lanzarote, en el sermón del día de la festividad del santo patrono de este pueblo pronunció la anterior frase.

Me interesé en desentrañar el sentido que quiso darle y le di el que yo quise darle, porque siempre he pensado que, las más de las veces, todo es subjetivo, nada es absoluto.

Al final llegué a la conclusión que lo mismo se podría decir de cualquier otro pueblo.

Todos tienen algo digno de ser mirado, admirado e, incluso, copiado, imitado.

Tenemos que aportar mucho para que así sea, aunque ese mucho se componga solamente de pequeñas cosas, de simples detalles.

San Bartolomé: pueblo de tierra y de mar. Ayer agrícola y marinero. Con hombres de cara curtida por el sol y manos gruesas y callosas de agarrar con fuerza los aperos de labranza para arrancarle a la tierra los frutos que tan pródigamente es capaz de dar.

Cereales, batatas, tomates, etc. etc. etc., que antaño poblaban los terrenos del municipio.

Batateros nos dicen, supongo que cariñosamente. Las batatas llenaron los estómagos de personas y animales cuando otros alimentos escaseaban. Gracias a ellas las hambrunas, en otros tiempos, se hicieron más llevaderas.

Hombres recios de cuerpo y de alma luchando con las bravías olas del mar y separados tantos meses de sus seres queridos, o tirando por los chinchorros y las nasas para traer a tierra el pescado fresquito.

De la mar venían los marineros con  “su cosecha” particular que pescaban robándole tiempo al descanso, por una temporadita tenían que echar al caldero o, vendiéndolo, sacaban unas perras para cubrir otra necesidad.

Mujeres acompañantes de sus maridos en las tareas del campo y sufridas madres que, como si de un milagro se tratara, eran capaces a la vez de atender la casa y cuidar a los hijos, muchos hijos.

Gente luchadora empeñaba en ir creando un pueblo cada vez más hermoso, más culto, más aseado, más acogedor.

Atrás quedaron el alumbrarnos con velas, quinqués o faroles.

El caminar de noche por calles a oscuras.

El cocinar con leña en los teniques o en cocinillas de fuelle o mecha.

El realizar los trabajos agrícolas con apenas medios mecánicos que ayudaran al campesino a hacer más llevadera su tarea.

El dejar de asistir los niños a clase por tener que ayudar a sus padres a obtener el sustento diario.

La casi obligación de emigrar por buscar el mejor vivir.

El conformarse con una comida diaria, o ninguna.

Sin embargo, hay cosas de antes que, al menos yo creo que no debían de haber desaparecido. Entre otras que se podrían enumerar se me ocurre pensar en los paseos o reuniones en la plaza, sobre todo los días festivos. Parece que allí iba LA FAMILIA del pueblo a convivir, a compartir lo bueno o malo que a cada uno le pasó. Sólo por eso. ¡¡Te parece poco!!

Sé que se ha sustituido por otras formas, otros modos de pasarlo bien, de divertimento, iguales o mejores que los anteriores, pero se me antojan menos tranquilos, menos familiares.

Quizás podría enumerar las ya sabidas y escritas en otras ocasiones palabras de “lo nuestro”: folclore, fiestas, costumbres, modos y maneras de la gente, más detalladamente. No quiero repetir, aunque algo se dirá.

Siempre he sentido la necesidad de aportar lo poco que pudiera transmitir a la gente para su bien cultural.

Me congratulo al observar cómo se ha avanzado en ese aspecto. ¿Qué aún hay mucho camino por recorrer? Por supuesto que sí, como en cualquier otro lugar del mundo. Todo se andará.

No hay más que conocer la cantidad de actos culturales de toda índole que se realizan a lo largo del año. Muchos niños y jóvenes practican deporte; otros muchos participan en diversas actividades recreativas.

Las personas mayores se integran en grupos de acción: centros de tercera edad, excursiones, viajes, etc. (confieso que es mi asignatura pendiente).

Todas estas manifestaciones son signos de que los tiempos han cambiado para  bien de todos.

El crecimiento de población ha obligado a aumentar también los centros culturales y de esparcimiento: colegios, bibliotecas, archivos, teatro, centros de salud, plazas públicas, embellecimiento y adecentamiento  las playas.

No sé si me mueve el hecho de ser hijo de San Bartolomé, porque la tierra  “jala”, pero estoy convencido de que hay materia, y de la buena, para conseguir lo que nos propongamos. Pasito a pasito, hacia adelante, nunca hacía atrás, con mesura, con empeño, con deseos de superación y con…osadía, ¿por qué no?

Delante, a pocos  “metros” espero tenemos un nuevo colegio que construir, una iglesia que reparar, un que pequeño museo sacro, un centro residencial de mayores y otras tantas cosas que cualquier ciudadano pueda proponer, eso sí, como una piña, sin exclusiones, sin mirar de qué color es la camiseta del equipo rival, haciéndonos oír, oyendo  y escuchando, dispuestos a poner nuestro granito de arena para que la barca llegue a buen puerto y   no zozobre en la travesía. Al final vislumbraremos ese puerto, al poco, atracaremos en él.

Es verdad que la festividad del patrono parece que nos “abrimos” más al que venga, nos sentimos alegres y ansiamos compartir ese sentimiento con los demás, con los de dentro y los de fuera, con los nuestros y los agregados. Añoramos con más fuerza si cabe al hijo u otro pariente que no puede compartir con nosotros la alegría que tenemos o disfrutar de los alimentos (antes especiales, hoy no lo creo) que con amor preparamos por estas fechas.

Y acabadas las fiestas ¿qué? Quizás nos olvidaremos o, más que olvidar digamos que aparcamos un tanto esa a disposición, para hacerla aflorar nuevamente el próximo año.

Acaso me esté alargando más de lo que me había prometido. Tal vez no se ajuste este escrito a un pregón   tradicional, de más empaque, por demasiado simple y sencillo; así lo decidí cuando me propusieron el que fuera yo el encargado de hacerlo este año y así lo transmito a ustedes.

Pudiera decir otras muchas cosas; sé quedan en el tintero esperando ocasiones para, si no escritas, habladas en tertulias y conversaciones, compartirlas con mis paisanos.

Preparémonos a disfrutar con alegría la festividad del santo que hace más de doscientos años con nos guía y protege. Pidámosle que por otros tantos guíe y acompañe a los hijos de este pueblo.

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