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2007

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 2007

Por   DOMINGO CORUJO TEJERA

 La Epopeya de Juan

Natural de San Bartolomé y Regidor del antiguo Consejo o Cabildo de Lanzarote, (Villa de Teguise) convirtiéndose en fundador y Primer Alcalde Mayor de San Antonio de Texas. 2007-domingo  corujo-1

Brama el viento
el camello
bala la cabra
grazna el cuervo.

Hasta Abril de 1675 las Islas Canarias tenían limitado el cupo de exportación de sus productos al Nuevo Continente, en 1000 Toneladas al año.

A partir de ese momento se redujo a 600 Toneladas año, con el agravante de tener que mandar cinco familias canarias por cada cien Toneladas de mercancía, como contribución a la colonización del Nuevo Mundo.

Esta fue llamada “cuota de sangre” que se mantuvo hasta 1688 cuando otra vez se permitió el envío de 1000 toneladas año, sin la obligatoriedad de desarraigar por la fuerza a tantas familias de las Islas. 390 familias fueron obligadas a expatriarse en aquellos nefastos años.

Cinco años después se le envió a don Francisco de Medina, Gobernador de Puerto Rico, un  “Tercio formado por mil hombres de las islas” que habían pasado a Flandes, justificado esto, por las escasas cosechas debidas a las sequías de los años 1690 y 91 a la que  siguió además la epidemia de viruela del 94.

Entre los años 1721-22 un violento huracán asoló las siete islas multiplicando la ruina. La gente se moría de necesidad. Para paliarla se trajeron de la península 30.000 fanegas de grano que se pagaron con las prendas y alhajas de la gente y con los pesos que había.

A finales de esta década Lanzarote se encontraba cada instante sacudida por serie de terremotos de los que extrañamente no cabía esperar nada bueno.

Hoy sabemos que todo esto fue el preludio a la terrible erupción del Timanfaya, cuyas lavas estuvieron corriendo durante seis años.

Ante este panorama desolador llega en 1729 un Real Decreto del Rey Felipe V al Juez de Comercio de Indias en Canarias, don Bartolomé de Casabuena donde le hace constar la gran preocupación Real por un posible ataque desde la Louisiana francesa a los territorios al Norte de la  Nueva España, (México), de acuerdo con un informe enviado por el Marqués de Aguayo.

Los precedentes se basaban en que cuando en 1718 Juan Bautista Lemoine fundó Nueva Orleáns, el temor a perder las provincias del Norte, inquietó a las autoridades del Virreinato de la Nueva España.

Los franceses trataban de mantener a toda costa este territorio, y para ello el primer paso era poblarlo. Ese mismo año se mandaron siete barcos con colonos desde Francia y otros once al año siguiente y, al no ser suficientes para fundar ciudades a lo largo de la frontera de tan inmenso territorio y, dada la imposibilidad de mandar más colonos, el gobierno francés optó  por enviar negros del continente africano como esclavos, de los que ese mismo año 1719 fueron enviados 600 y los años siguientes muchos cientos más.

El mencionado Marqués de Aguayo -personaje ambicioso hasta la saciedad- hizo un informe engañoso con miras a satisfacer sus ansias desmedidas de riqueza y poder. En su Aragón natal, este Marqués se casó con la viuda -que había sido- de otros dos Marqueses, cuya fortuna inmensa en España y el Norte de México había heredado de su familia y de sus dos matrimonios anteriores. Este astuto personaje, dueño de la mitad del territorio de Texas, enviaba al entonces indeciso Virrey de la Nueva España, Marqués de Valero, noticias alarmantes de una invasión francesa, aunque no fueran ciertas, con el fin calculado de que lo nombrara, como así fue, Gobernador y Capitán General de aquellas tierras.

Es este mismo Marqués de Aguayo quien le pide al Rey Felipe V, 400 familias de canarios, llevadas en grupos de diez u once, para ser destinadas a poblar los territorios mencionados. Astuto adulador le dice en la carta que “una familia completa establecida permanentemente en dichos territorios, hace más por mantener la tierra cien soldados” ahorrándose así el suelo de los militares.

En 1658 se nombra Virrey de Nueva España, al peruano don Juan de Acuña, Marqués de Casa Fuerte, primer Virrey no nacido en España y uno de los mejores hombres de la historia de aquel continente.

El Marqués de Casa Fuerte se encontró con que el Norte de la Nueva España, era un basto territorio con una gran intranquilidad, donde la principal lacra era el juego y donde grandes partidas de bandoleros asaltaban las caravanas.

El Virrey en vía a su hombre de confianza, el Brigadier don Pedro de Rivera, (gran valedor de los canarios) a inspeccionar la frontera con la Louisiana francesa ya que desconfiaba de las informaciones desaforadas del Marqués de Aguoyo.

Así las cosas, el real Decreto enviado a las autoridades canarias es notificado a todos los ayuntamientos de las islas, solicitando familias que quieran ir a poblar las Indias. El que primero contestó fue el de Teguise. El entonces alcalde, don Ignacio Hernández, se reúne con los regidores del Ayuntamiento y por común acuerdo envían a Tenerife a Juan Leal y Antonio Santos para entrevistarse con el Juez Casabuena.

El 7 de Mayo de vuelta a Lanzarote, se reúnen con los miembros de la corporación, entregándoles copia del Despacho Real y en unión de los compañeros: Juan Leal, Antonio Santos y Juan Curbelo deciden exponerlo al pueblo. El Real Decreto traía aparejado un título honorífico por el que los fundadores de San Antonio de Texas  y su descendiente serían nombrados como  “Hijos Dalgo de lugar conocido”.  

Las grandes dotes de convicción de Juan Leal, hacen que sólo de Lanzarote se alisten siete familias.

Este hombre -es de suponer- debía tener alguna información privilegiada, o bien una intuición muy especial, porque unos meses después de salir para el Nuevo Mundo reventó el volcán de Timanfaya, -de lo cual posiblemente nunca se enteraron-, cuyas lavas estuvieron corriendo seis años.

También el caso de lo que -pudiera parecer- la venta apresurada de sus tierras para emprender la tan ingente campaña de cuyo documento literal podemos extractar:  Nos, Juan Leal y Lucía  Catalina Hernández marido y mujer vecinos de la aldea de San Bartolomé….que vendemos realmente y con efecto de ahora y, para siempre jamás al Alférez Ráphael García (de Haría) un sitio en la aldea de San Bartolomé donde están las casas de nuestra morada…corrales de pajeros, corrales de ganado, una mareta, un aljibe argamasado y un charco cercado…tres fanegas de tierra en la Caldereta del Jable en la montaña de Sonsacas…dos fanegas más delante de la Puerta de la Caldereta…más dos fanegas de tierra entre labrantía y montuosa dentro de la dicha Caldera. 

El documento continúa con venta en diferentes tierras, una bodega y casas caídas y en pié incluso en Argana y en Tahiche.

Juan Leal de cincuenta y cuatro, fue el primero en apuntarse para emprender tamaña odisea junto con su esposa Lucía Catalina Hernández Rodríguez que ya iba delicada de salud que así y todo emprendió viaje, acompañada además por sus cuatro hijos y cuatro nietos.

Su hijo mayor Juan, casado con María Gracia de Acosta nacida en Arrecife en 1700. los otros hijos de la familia Leal eran: José de 21 años, Vicente de 17, Bernardo de 12 y Catalina de 9.

Los nietos eran: Manuel de 11 años, Miguel de 9, Domingo de 6 y María de 5.

Las otras familias fueron: las de Juan Curbelo y Gracia Perdomo y sus cinco hijos; Antonio Santos e Isabel Rodríguez y sus cinco hijos; José Padrón y María Francisca Sanabria (de La Palma); Manuel Niz y Sebastiana de la Peña (de Gran Canaria) con una hija; Salvador Rodríguez y María Pérez (de Tenerife) con un hijo;  Juan Cabrera y María Rodríguez con tres hijos; Juan Rodríguez y María Rodríguez con cinco hijos; Lucas Delgado y María Melián, con cuatro hijos; un soltero de Gran Canaria que era novio de la hija de la familia Niz,  que prometió solemnemente pues se casaría antes de llegar al destino final, (porque debían ser necesariamente 10 familias, no solteros), como así lo cumplió en Quaticlán (México) antes de salir para El Saltillo.

Despuntando Marzo, salen las familias de Lanzarote para Tenerife en la balandra San Telmo, patroneada por Juan Rodríguez Maestre.

En Tenerife el Intendente Casabuena, decide que embarquen para la Habana y de allí Veracruz en la “Santísima Trinidad y Nuestra Señora del Rosario”  de 183 Toneladas, capitaneada por Jacinto Mesa.

La familia de Juan Leal cargó en el barco: tres fanegas y medias de gofio en sacos, dos cajas de viaje y un colchón y así cada una de las familias iban embarcando prácticamente las mismas cosas, haciendo hincapié sobretodo en los sacos de gofio del que las familias embarcaban un promedio de media fanega por cada un de sus miembros.

Salieron de Tenerife el 27 de marzo, porque hubieron varios días de mar mala y también algunas naves enemigas merodeando por la zona.

La gente encontraba que aquel barco era muy pequeño para cruzar el Atlántico y desde  que lo vieron le encontraron más defectos que los que tenía, hasta el punto de que poco a poco la desconfianza se les transformó en pánico, por lo que una vez más se impuso el carácter y el poder de convicción de Juan Leal.

Los cuatro primeros días, todos se marearon, sobretodo la Sra. Lucía esposa de Juan Leal que ya venía mal desde San Bartolomé y a la que la estancia bajo cubierta se le hacía casi irrespirable, costándole a  veces hasta tragar el caldo que le daban, por lo que con mucha frescura subía a la cubierta, para tomar el aire y de paso hablar largas horas con el cura misionero Jaime Ruiz que desde Tenerife los iría a acompañar  hasta la llegada del barco a Veracruz.

A media travesía del Atlántico, el calor se vuelve sofocante y es proclive a los cambios de humos en los navegantes. Al calor excesivo de esos días, se le unió una calma chica  desesperante en la que no llegaba ni la más mínima ráfaga de viento a las velas, por lo que habiendo pasado así unos tres días, Juan Leal insultó al Capitán, por llevar el barco por una zona donde no había viento, porque según él le interesaba que se alargara el viaje. Al día siguiente se levantó viento, lo que contribuyó a serenar los ánimos.

Poco antes de llegar a Cuba, intentando cambiar la botavara, con muchos esfuerzos para hacerla ceder, se le rompió uno de los picos de la boca de cangrejo el del lado de estribor y esta dio un tremendo salto hacia proa. Había que arriar el pico y no era posible, sino que seguía meciéndose de un lado a otro, amenazando estropear todo con los cabos sujetos a la punta, que hasta podían romper las velas y que gracias al arrojo y la pericia del experimentando piloto Chirino se logró bajar el pico, con mucho trabajo.

Tres horas después se colocó la botavara y la vela mayor y en ese momento arreció la brisa. Todos aplaudían contentos. Ya se acercaban a Cuba.

En 10 de Mayo se ve tierra de la Habana. A las cinco de la tarde están en la boca del Morro. Una turbonada arroja un torrente de agua sobre los pasajeros. El barco corre peligro de perderse. El capitán Jacinto Mesa no puede orzar ni arribar. Al fin la pericia de Chirino salva una vez más la situación.

Han pasado en el mar 44 días.

Son recibidos por el Gobernador de la Habana, que había sido avisado por el Real Decreto del 14/02/29.

En la Habana los alojan en una fortaleza preparada al efecto. Les proporcionan ropa, alimentos y un médico los reconoce, especialmente a la Sra. Lucia Catalina, esposa de Juan Leal.

Unos días después, la esposa de Juan Leal el joven, da a luz un niño al que llamaron Pedro y todos lo toman como un buen augurio, por ser la primera persona nacida de la expedición en el Nuevo Mundo, que prometía que en él se iban a realizar grandes cosas.

En los dos meses que estuvieron en Cuba, se agregaron a la expedición dos gomeros Ignacio y Martín Armas.

El 9 de Julio el barco zarpa para Veracruz. Una calma persistente les hizo tardar 10 días.

El 19 de Julio son recibidos por el alcalde de Veracruz don Francisco Hernández en nombre del Virrey de la Nueva España, Marqués de Casa Fuerte. Son alojados en barracones de adobe, fuera de la ciudad.

El Virrey estaba informado de la llegada de los canarios a Cuba, así como de su salida de canarias. Se reunió con su hombre de confianza, el Brigadier don Pedro de Rivera, para que como conocedor del terreno estudie el modo de enviar a los canarios por mar, hasta el lugar asignado en el Real Decreto, a propuestas del Marqués de Aguayo.

Rivero le contesta que no pueden ser trasladados por mar, porque aquello es una zona inmensa, llena de ciénagas y pantanos, donde es imposible sobrevivir. Zona de desembocadura de  los grandes ríos que forman unos barriles intransitables, por los que se suponía que debían pasar los canarios en una imposible marcha forzada, tierra a dentro.

Gran sorpresa esta para el Virrey y mayor aún cuando el 24 de Julio recibe una carta del Gobernador de Cuba donde le anuncia la llegada de dos barcos de canarias con once familias para el mismo destino.

El Virrey da orden al Gobernador de Cuba de que esas familias permanezcan allí e inmediatamente manda un informe pormenorizado al Rey Felipe V donde le explica lo que de esas tierras le ha transmitido el Brigadier Rivera en contraposición con lo requerido por el Marqués de Aguayo.

Mientras permanecen en Veracruz, muere de fiebre Juan Rodríguez Granadillo, dejando esposa y cinco hijos. Fallece también Lucas Delgado, que deja esposa y cuatro hijos, encontrándose muy enferma el resto de la expedición.

Ante estos hechos el Virrey decide mandar la expedición por tierra para la que se nombra como guía a Francisco Duval, hijo de un español y una india.

Los canarios no entienden por que tienen que ir por tierra después de estar tanto tiempo esperando un barco. El trayecto allí dentro del Golfo de México después de haber cruzado el Atlántico les parecía un juego de niños.

No se le escondía a Juan Leal, lo que sería un traslado por tierras desconocidas y completamente montañosas en casi todo el recorrido y llanuras y desiertos antes de llegar al Río Bravo y con las diversas tribus de indios que habitaban el territorio a recorrer. Pero el Virrey a sugerencias de Rivero, ya lo había decidido.

El guía  Duval fue el encargado de conseguir todo lo necesario para el largo viaje y por los ranchos vecinos consiguió los caballos y también dos hombres más de Tenerife que se sumaron a la expedición.

Partieron de Veracruz para Quaticlán con doce carretas y sesenta caballos.

En las carretas iban las mujeres y los niños y los hombres a caballo.

Las jornadas eran desde el amanecer hasta el atardecer y por las noches colocaban las carretas en círculo y dentro del círculo (como defensa) ponían los animales a un lado y en el centro las tiendas de campaña y turnos de guardia de cinco cada noche.

Al llegar a Quaticlán e ir observando como iba cambiando la naturaleza, la vegetación, el aire y el aroma de los bosques, más el tratamiento exquisito que recibieron de parte del alcalde, realmente les cambió la vida, sobretodo con respecto al infierno de calores y fiebre que habían vivido en Veracruz.

Muchos decidieron quedarse allí, pero no era posible, porque tendrían que cumplir necesariamente con la razón por la que habían llegado a ese lugar,  que no era otra que la de fundar la ciudad de San Antonio de Texas.

Allí murió y quedó enterrada (tan lejos de San Bartolomé), la Sra. Lucia Catalina, esposa de Juan Leal y también su nietito, el niñito que había  nacido en Cuba.

Saliendo  de allí camino del Saltillo, a medida que ascendían más y más, se fueron encontrando en las montañas, con las nieves perpetuas y con el hielo.

En el trayecto enfermó don Juan Leal y fue llevado al Saltillo a hombros de indios.

Partieron y llegaron a orillas del río San Antonio, donde había un destacamento militar y una misión de franciscanos, que tanto los unos como los otros trataban de que los canarios  trabajaran para ellos, con lo cual el indomable Juan Leal, cogió el caballo y se fue otra vez a la ciudad de México a ver al Virrey y regresó con cincuenta caballos y el título refrendado de Hidalgo y de Fundador.

Era el 9 de Marzo de 1731, un año después de que nuestra gente saliera de San Bartolomé.

Se repartieron las tierras y se fundó el Ayuntamiento de San Antonio de Texas, cuyo primer alcalde fue nuestro extraordinario paisano Juan Leal.

Extracto de los Archivos Históricos de San Antonio de Texas, México, Archivo Histórico de Canarias y Archivo de Indias de Sevilla, Armando Curbelo Fuentes del libro Fundación de San A. de Texas Canarias la Gran deuda americana. (Edición de la Caja de Canarias de 1987). Manuel Fariñas Gonzáles Profesor de Historia de América de la Universidad de la Laguna.

La Fiesta del Ausente 

Por: Domingo Corujo Tejera con 17 años en Caracas

A la noble tierra mía
con el mayor sentimiento
por cantar unas folias
volé con el pensamiento.

Chinijos  que corrían                            Los viejos nos contemplan
riéndose y gritando                              perdidas sus miradas
gentío y ventorrillos                              con las almas cargadas
tapados con palmeras,                         de lo visto y por ver,
carritos, chucherías                             entre las juventudes
y hasta la tierra entera                          y la chiquillería
colmaban la alegría                              soñando todavía
de su alma infantil                                son niños de anteayer.

También la muchachada                       Lejos de Lanzarote
que ayer fuimos chiquillos                    me llega a la memoria
hoy buscando miradas                         el eco de una fiesta
de alegres muchachitas,                       que nunca  se apagó
con las almas cargadas                        y cruzando el Océano
de mil cosas bonitas                             una copla que venía
sin contar para nada                            que el viento repetía
nuestra ilusión de ayer.                        Y que nadie escuchó.

 

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