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2011

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “SAN BARTOLOMÉ ” 2011

TERESA PERERA BRITO

Señora Alcaldesa, señores concejales, vecinos, visitantes, familiares y amigos: buenas 2011-TERESA PERERAnoches a todos.

La mayoría de ustedes se estarán preguntado qué es lo que hago yo aquí en esta tribuna pregonando las fiestas patronales de San Bartolomé. Créanme, esa misma pregunta llevo haciéndomela desde que la concejala de festejos, doña Áurea Mauri, me hizo esta propuesta. Les confieso que, en ese momento, quedé bastante sorprendida, pues nunca pude imaginar que alguna vez recibiría tal invitación. Tengo muy claro que la tarea de pregonero o de pregonera de las fiestas se la merecen también muchas de las personas, que hoy se encuentran aquí con nosotros y otras que no están presentes, tanto por su trayectoria personal y profesional como por su vinculación con el pueblo.

Una vez asumida mi condición de pregonera, quiero agradecer al equipo de gobierno encabezado por nuestra alcaldesa doña Mª Dolores Corujo Berriel, Loli, y en especial a la concejala de festejos, que me hayan permitido protagonizar un acto tan entrañable como es este de dar el pregón de nuestras fiestas patronales de San Bartolomé en este año 2011: una propuesta llena de responsabilidad.

Cuando comencé a plantearme qué podría decirles hoy, llegaban a mi mente emocionada muchos momentos, cargados de ciertos sabores, de aromas, de sonidos mezclados con imágenes repletas de los colores del recuerdo. Además, preparar este pregón me ha dado la oportunidad de recuperar mi propia historia, de encontrarme con mi pasado, con mis sentimientos íntimos, de obligarme a pararme y preguntarme lo que ha significado para mí San Bartolomé pueblo y San Bartolomé apóstol, ambos íntimamente unidos. Me es imposible separarles.

Mozaga. Mi Mozaga. La abandoné hace más de treinta y cinco años porque me fui a vivir a Montaña Blanca, pero mis recuerdos de niñez continúan allí. Siempre tengo presente la casa que me vio nacer y que compartí con mis padres y mis hermanos, aquella casa situada al final del pueblo en la zona del barranco y algo alejada de las demás, en la parte que corresponde al Término Municipal de San Bartolomé.

Crecí en el seno de una familia numerosa, de padre agricultor. Busqué la palabra que a él le gustaba decir siempre, y se enorgullecía de ello, era labrador. La mirada de nuestros progenitores estaba puesta en sus hijos, por eso intentaban sacar el mayor provecho posible a la tierra. Muchas veces lo conseguían, otras veces no, porque luchaban frente a los obstáculos que se presentaban en una tierra sedienta. “años ruines” decían ellos. Casi a diario, mi padre acudía a las fincas de su propiedad y las cuidaba con mucho cariño y esmero, desde el canto del gallo hasta la puesta de sol. El camello le acompañaba día tras día. Parecía su guía con su andar despacioso por los caminos del jable.

Por aquel entonces, me fascinaba ver a mi padre preparando los surcos para la siembra en sus tierras de labranza. La parcela quedaba como hoja de libreta de rayas de las que usábamos en la escuela. ¡Qué bien hacía las líneas!, ¡ni que las hubiese medido! Y al brotar la cosecha parecía que ya se había escrito en esa hoja con buena caligrafía. La mayoría de las veces, mi padre retornaba de sus tierra, cantando unas veces, isas y otras, folías, mientras se balanceaba sobre el camello, Olor a naturaleza y olor a pasado. Las tierras quedaron ahí. Por eso, coge, paso de los años, quiero mirar a través de ellas como si fuese un libro abierto.

Recuerdo también que de noche, reunidos a la luz tenue de un farol y al calor del hogar, cansados y antes de acostarnos, rezábamos el rosario, tal vez por tradición quizá siguiendo la exhortación del Padre Peyton: “familia que reza permanece unida”. Recuerdo con especial emoción que mientras los mayores rezaban, los pequeños nos acurrucábamos en el regazo de mi madre, aquella mujer de mirada dulce y delicada, hasta que nos quedábamos completamente dormidos.

Desde muy pequeña escuchaba a mi padre nombrar a muchas personas de San Bartolomé por la relación que le unía a ellos (no los voy a nombrar a todos, pues este acto se haría interminable y no es esa mi intención).Escuchaba a mi padre hablar de don Paco Ramírez, siempre algo relacionado con algún préstamo, de don Luis Cabrera, de Don Eduardo Miranda, de don Facundo Perdomo, de don José Mª Gil, de Marcial Acosta, comerciante, de Juan de León, de Marcial Pérez, de Paco Cabrera, también comerciantes a los que mi padre les vendía las cosechas de batatas y otros productos del campo, de Ángel Tejera, de Damián y Marcial, zapateros, profesión, casi desaparecida hoy…

Pasado el tiempo, fui conociendo a cada una de esas personas; tristemente, muchas de ellas ya no están entre nosotros. Además, en todos estos años he conocido a otras personas por distintos motivos y situaciones (estudios, grupo de montañeras, docencia en el colegio Ajei, Despertar Religioso, conferencias, viajes culturales, club de lectura, senderismo, Buchito de Café…) a las que hoy me une un gran cariño y amistad.

En este momento, llega a mi mente un hombre de pequeña estatura pero con un corazón, además de inquieto, inmenso. Este hombre menudo siempre llamó mi atención. Era don José Mª Gil, una de las figuras más representativas de nuestro folklore. Hombre polifacético (hace poco me enteré de que arreglaba relojes) le escuché tocar instrumentos musicales, entre ellos el violín. También me llegan imágenes fugaces viéndolo tocar el órgano en la Iglesia. Como sabemos, fue el fundador de la rondalla Ajei. ¡Cómo me gustaba escucharle cantar el sorondongo, con su voz tan peculiar! Aparte de su actividad musical, era el propietario del molino donde mi familia llevaba el millo tostado para convertirlo en el gofio, uno de los alimentos básicos de nuestra tierra conejera. También era dueño de una tienda de las de antes, con vitrinas pintadas de color verde y con un mostrador de madera muy, muy largo. Seguimos recordándolo porque, año tras año, en las fiestas, se celebra el memorial que lleva su nombre. Este arto será el X Memorial Folklórico don José Mª Gil.

Pero esta noche es día de fiesta, de recuerdos, de vida que se repite y brota de nuevo, y por eso me van a permitir que siga con mi recorrido sentimental por la geografía de mis recuerdos. Nuestros padres nos levantaban de la cama (creo que desde que teníamos unos seis años) para que asistiéramos con ellos a la misa de madrugada en la iglesia de San Bartolomé cuando no había misa en Mozaga. ¡Qué tiempos aquellos! Esos recuerdos quedaron grabados en mi mapa interior y nadie los podrá borrar. Creo que a partir de ahí, empezamos a hacer el camino, un camino que nos ayudó a crecer y a avanzar en nuestra formación personal y que más tarde nos guiaría en nuestro empeño hacia lo que queríamos conseguir. Aún hoy, continuamos en ese camino descubriendo nuevos senderos que nos llevan a disfrutar no solo de lo nuestro, sigo a despertar nuestro interés por la cultura de otros pueblos.

Como les decía anteriormente, veníamos caminando desde Mozaga. Salíamos desde casa hacia la Peña Tajaste, virgen aún porque por aquel entonces no estaba enclavado en su corazón el Monumento al Campesino, realizado posteriormente en el año 1968 por Jesús Soto y diseñado por nuestro artista lanzaroteño, César Manrique. Cogíamos la carretera central dándole la espalda al viento y alumbrados por la luz mortecina de un farol. Siempre llegábamos a tiempo. No recuerdo ni una sola vez que se nos hiciera tarde. Ya dentro del pueblo, las campanas, protagonistas de un sonido inconfundible, alegre y poético, anunciaban que la misa iba a empezar. Ese repiqueteo de las campanas de la iglesia de San Bartolomé lo guardaré para siempre dentro de mí.

La puerta de la iglesia nos esperaba abierta de par en par, como si se tratara de unos brazos que nos quisiera abrazar. Una vez dentro, atravesando la nave central, nos dirigíamos siempre a la capilla de los Dolores, lugar donde se encontraba el Sagrario. Recuerdo que no nos gustaba ponernos en la capilla del tenebroso cuadro de Ánimas, pues nos daba miedo mirar a las imágenes. En nuestra capilla, la cara de la Virgen, llena de tristeza, nos acogía siempre. Así que conocí esta imagen antes que la de Mancha Blanca. Desde allí veía al apóstol San Bartolomé con barba, un libro y con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo. Lo que más me llamaba la atención era el cuchillo que portaba en la mano con el brazo levantado. Pero no nos daba miedo porque ya conocíamos su vida. Entonces me detenía a mirar su cara que nos llenaba de compasión y sentíamos empatía con el santo por el martirio que había sufrido. En la actualidad, la talla de nuestro patrón, además de patrón de los carniceros y curtidores de piel, luce esplendorosa por su estética y el rico colorido de los ropajes.

Una vez terminada la misa, nos dirigíamos en camino de vuelta a casa cuando ya la tibia mañana empezaba a clarear y una refrescante brisa nos acariciaba la cara. A nuestra derecha dejábamos la Montaña Mina que, seca y pelada, parecía querer alcanzar el cielo. Algún tiempo después, en los años setenta, fue desmoronada por la acción humana para colocar las primeras antenas en su cima.

También, veníamos al cine en este mismo lugar, antes de convertirse en esta sala de teatro de la que hoy día disfrutamos. Aquí pude ver películas que don Domingo, el párroco, ponía después de la misa de la tarde de los domingos y, a través de ellas, teníamos la oportunidad de hacer volar la imaginación y meternos en historias imaginadas de otros lugares y otras épocas. Otras veces, también acudíamos al cine de don Daniel.

Y terminando el mes de agosto, cuando el calor apretaba y las uvas ya estaban maduras y el mosto se iba pasando a las barricas, llegaban las fiestas de San Bartolomé y aquí, como cada año, nos encontrábamos.

Los disparos de los voladores anunciaban que el pueblo estaba en fiesta. Llegaba la víspera del día grande y disfrutábamos viendo pasar las carrozas engalanadas con diferentes motivos. Los ventorrillos situados en la plaza y alrededores desprendían su característico olor a vino y carne adobada.

También acudíamos a las verbenas en la antigua plaza frente al Bar Segovia y a la Sociedad El Porvenir. ¿Cómo podremos olvidar aquellos bailes con la plaza repleta de gente? ¡Y qué decir de los espectaculares fuegos artificiales! Junto con el desfile de carrozas era unos de los actos de mayor realce pues destacaban por su calidad y la cantidad. Todos quedábamos fascinados mirando al cielo lleno de vistosos colores que desbordaban nuestra imaginación.

El día principal no podíamos faltar a la solemne función religiosa llena de fervor. Creo recordar que, en aquellos tiempos, al terminar la procesión por las calles del pueblo, la agrupación folklórica Ajei, nos deleitaba con sus isas, folias y malagueñas en la plaza que tenemos enfrente que, por supuesto, no estaba como la vemos ahora. Los hombres y mujeres que la componían exhibían sus vistosos ropajes típicos y por la tarde, el pueblo quedaba casi vacío. Se veía muy poca gente por las calles ya que la mayoría de los jóvenes solían irse para las fiestas de San Ginés en Arrecife, algo que en el momento actual no se da porque el pueblo acude en masa a ver la representación de las obras teatrales que desde hace unos años se representan en este teatro con un éxito rotundo. ¡Qué acogida por parte del público! El aforo se completa.

Este año, después de permanecer cerrada durante seis largos años para el arreglo de su techo, así como el retablo y el cuadro de ánimas, celebraremos la función religiosa al Santo Patrón en la iglesia parroquial. Todos en el pueblo nos sentimos orgullosos de cómo ha quedado esta joya del siglo XVIII después de la última reforma. Su restauración ayudará a conservar esa parte de nuestra historia que todos debemos conocer y proteger. Aprovechemos estas fiestas para contemplar, de nuevo, nuestra iglesia restaurada, ese espacio abierto casi infinito; mirémosla por dentro y por fuera; detengámonos un rato a mirar su arquitectura, a contemplar la belleza de sus imágenes, las pinturas relucientes de sus cuadros. Hoy, el cuadro de a Ánimas restaurado tiene una belleza particular donde domina la luz y la expresividad. Observemos los catorce dibujos del Vía Crucis que don Santiago Alemán realizó a plumilla y donó a la iglesia cuando la reapertura. Dejémonos llevar por los efectos embriagadores de vivir y sentir el arte.

San Bartolomé, con su situación privilegiada para mirarlo todo desde la altura y a poder disfrutar de cerca con los cinco sentidos, con sabores peculiares y tradicionales que llenan nuestras mesas para deleite de nuestros paladares: de sancocho con batatas tiernas, de pulpa blanca y de corteza roja casi violeta, traídas del Jable, acompañadas con pescado y mojo de cilantro, de gofio amasado revuelto, de carne de cabra que con tanto esmero cuidan nuestros ganaderos.

Y con olores. A los olores propios que nos ofrece la naturaleza, podernos unir los que percibimos al pasar cerca del molino, respirando el gofio recién hecho y el aroma exquisito de los vinos de nuestras bodegas: los Bermejos, El Campesino, EI Grifo y Mozaga, sin olvidar los caldos artesanales que algunos vecinos continúan elaborando en sus casas.

Pueblo también de contrastes de colores en el paisaje que no nos deja indiferentes: las casas blancas que en los días de sol nos encandilan, el negro azabache de la lava solidificada del volcán que atravesó los pueblos de El Islote, La Florida y Mozaga siglos atrás, el negro de sus arenados, el color dorado de la zona del Jable, el verde claro de sus parras esparcidas por sus campos y el verde monte de las parcelas plantadas de batateras, el color ocre propio de esta estación de Montaña Blanca y Güime y el azul acariciador del mar si como vuelo de alcaraván nos dirigimos hacia la costa para divisar Playa Honda.

Pueblo de bellos sonidos, sonidos musicales de timples y guitarras, de campanas, de voces folklóricas, del hablar de su gente, del rumor del mar mezclado con el inevitable ruido del aterrizaje y despegue diario de los aviones en Guacimeta y del sonido del viento que llega desde Famara y se cuela en nuestros oídos.

Pueblo con huellas del pasado que se mezclan con su historia. Pueblo con pasado y con presente.

Colaboremos en transmitir el valor de nuestro pueblo a nuestros hijos y nietos. Pues eso, les ayudará a preparar su futuro. Paso a paso, descubramos las historias que encierran sus espacios. Conozcamos aquellos elementos, oficios, personajes y situaciones que en su momento fueron importantes para formar nuestra identidad como pueblo. Aún hay camino por recorrer. Disfrutemos del patrimonio cultural, natural y etnográfico.

Hoy las fiestas han cambiado, lo mismo que nosotros, las fiestas han crecido, han hecho el camino, se han transformado, pero continúan conservando el sabor tradicional. Y eso lo podemos constatar a través de los distintos actos programados a lo largo de estas dos semanas. Pregonar al pueblo de San Bartolomé significa lanzar a los cuatro vientos su grandeza, sentir el orgullo de todos sus vecinos. Que el modelo de este Santo que hoy celebramos nos ilumine, que la fuerza de su coraje nos fortalezca y que el afecto, la alegría y la intensa emoción de las fiestas nos dure siempre.

Con estas palabras sencillas, salidas de lo más profundo de mi corazón, he querido cantar al pueblo de San Bartolomé, animada por una catarata de recuerdos entrañables. Les aseguro que nunca podré olvidar este momento que me ha dado la oportunidad de seguir sintiendo con todos ustedes al pueblo de San Bartolomé y a toda su gente. Por eso quiero agradecer a todos el cariño y la cercanía que siempre me han brindado. Gracias por escucharme con la atención que lo han hecho.

Y como no puedo dejar atrás mí cometido como pregonera, les invito a divertirse, a que disfruten lo más intensamente de las oportunidades de entretenimiento y diversión que nos ofrecen las fiestas patronales de nuestro pueblo. Son días de alegría, de amistad, de acogida, de trato cercano y familiar, de convivencia, de encuentro…y de respeto.

Las fiestas nos unen a todos. Disfrutemos, cada uno a nuestra manera, especialmente los de dentro, pero también los de fuera. Nos veremos en los distintos actos que se celebrarán estos días porque cada año sigo acercándome desde Montaña Blanca a las fiestas de San Bartolomé y mientras pueda lo seguiré haciendo. No lo duden.

¡Felices fiestas a todos! y ¡Viva San Bartolomé!

San Bartolomé de Lanzarote 12de Agosto de 2011

Tere Perera

 

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