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2019

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE “SAN BARTOLOMÉ ” 2019

Por ELISA CORUJO RODRÍGUEZ  

Mi agradecimiento a la consideración recibida, de dar pie al inicio de estas fiestas tan entrañables para mí. Gracias Sr. Alcalde, gracias a la Corporación que preside.
Agradezco, profundamente, la oportunidad que me han dado de ser la pregonera de mi pueblo. Un honor que me abraza, y que llevaré siempre con mucho orgullo.
Gracias a todos por acompañarme, y acompañar a la Corporación que propicia este encuentro.
La vida nos brinda la oportunidad de volver a vernos, en estas circunstancias para rescatar de la memoria los recuerdos que nos unen y nos unirán siempre.
Hablar de un pueblo, más cuando es el pueblo donde se ha nacido, es hablar de los sentimientos que las vivencias han dejado en nuestro recuerdo, hoy, en mi recuerdo.
La fiesta de un pueblo es el momento más importante para sus vecinos. Ellos nos dan a conocer sus espacios, que han embellecido para la ocasión. Muestran sus actividades culturales preparadas con mucho entusiasmo (teatros, rondallas, desfiles, carrozas), propician el encuentro de los miembros de la familia. Algunos regresan de lugares lejanos para compartir el abrazo, el conocimiento, la emoción y una comida preparada con mucho esmero como es tradicional.

Las actividades que llevan a cabo las gentes del lugar precisan del apoyo institucional para alcanzar mayor cobertura y difusión. Es el Ayuntamiento de San Bartolomé, a lo largo de los años, el que no ha escatimado esfuerzos, dentro de sus posibilidades, para que las fiestas sean vistosas, alegres y participativas para los niños y jóvenes como para las personas mayores.

Los años van pasando y las formas van cambiando. Recuerdo los preámbulos de las fiestas cuando era joven. Nos preparábamos para ofrecer lo mejor de cada uno: las casas se enjalbegaban, se limpiaban a fondo, se estrenaban zapatos y los vestidos hechos para la ocasión con el fin de lucirlos en la procesión del Santo; La iglesia se llenaba de gente, no importaba si acudías de forma regular o no. Se tratada de mostrar el respeto, el agradecimiento y el orgullo de pertenecer a la comunidad.
Siempre hemos tenido que reñir con las fiestas del Puerto de Arrecife por su proximidad, pero aún así, la vistosidad y el ruido, que hace el pueblo de San Bartolomé celebrando su fiesta nunca ha decaído.
Recordando estas actividades, mi corazón se llena de añoranza, de nostalgia, pues en el devenir de la vida todo va mudando. Es nuestro destino humano. Las vivencias que acumulamos de forma individual son únicas, y las compartimos con personas que nos acompañaron y nos dieron todo su afecto y saber. Sus enseñanzas nos honran y nos fortalecen, para no romper este eslabón de vida. Para seguir creciendo y compartiendo.
Las personas cambian, los espacio se modernizan. Son las autoridades que representan a un pueblo las que tiene que mantener viva la cultura, el legado de nuestros ancestros, con el fin de diferenciarnos en este mundo que tiende a homogeneizarse. La multiculturalidad enriquece a la humanidad.
Quiero recordar la precariedad y las dificultades de la vida de nuestros antepasados en los siglos anteriores. No era fácil sobrevivir en nuestra isla: gran escasez de agua, limitados medios de subsistencia, grandes erupciones volcánicas, plagas, enfermedades. Una realidad que produjo continuados flujos migratorios hacia otras islas y América. En la primera mitad del siglo XX la pobreza se vio acentuada tras la Guerra Civil provocando que epidemias como la tuberculosis causaran importantes pérdidas de personas jóvenes.
Las dificultades económicas y sociales, en la primera mitad del siglo XX, motivaron que el Ayuntamiento de San Bartolomé dejara en arrendamiento los terrenos del monte para que las personas más humildes pudieran cultivarlos. Así fue como el cultivo de la batata, cebolla, tomates y cereales, dio al pueblo un respiro económico que se abrió a mercados nacionales e internacionales.
La solidaridad con los más débiles se pudo apreciar cuando, para contribuir a mitigar el hambre, D. José María Gil creó “Las cocinas populares”. En ellas se daba de comer a las familias más pobres del pueblo.
San Bartolomé es un pueblo abierto, solidario que ha amparado, y ampara, otras culturas y personas. Quizás, debido al duro recuerdo del emigrante de esta tierra allá por la primera mitad del siglo XX. Ellos tuvieron que vivir grandes luchas por sobrevivir, pobreza acusada, desamparo, miserias y muertes. No perdamos este sentido de la solidaridad. Nuestro planeta tierra pertenece a todos, y todos cabemos en él. Busquemos la dignidad en la convivencia, dando cobijo al que sufre con el fin de evitar las experiencias padecidas por nuestro pueblo.
La historia de nuestro municipio es larga con sus distintos conflictos y luchas por llegar a ser. No ha sido fácil, pues San Bartolomé no existía como municipio hasta 1879, cuando logró segregarse de Teguise. Después vienen las luchas internas de los distintos protagonistas que han querido lograr el poder de las instituciones. En el momento actual, y en los últimos 30 años del siglo XX, la estabilidad política, en el contexto de un marco democrático, y la mejora de los recursos económicos, ha podido establecer un entorno de paz y confianza, para poder atender a las necesidades, y proyectar el crecimiento y el bienestar social.
En 1960 vine al mundo, en este pueblo, en la calle San Simón. Irene y Eduardo son mis padres. Hablo en presente pues no existe día que no acaricien mi memoria.
En este pueblo he vivido mis logros personales desde las distintas vertientes, logros que me permitieron iniciar el camino por el que transito en el momento actual. Siento en cada paso la resiliencia que me permite continuar con ilusión en la labor del día a día.
Mis primeras vivencias están relacionadas con mi abuela Matilde: el gusto por la tierra húmeda, para poder plantar los productos tradicionales; el olor a hierba recién cortada, el calor de los primeros rayos de sol al amanecer cuando salíamos al campo, el cuidado de los animales y la curiosidad que producía la aparición en el cielo de un cometa que anunciaban, y que contemplábamos desde nuestra pequeña ventana. También recuerdo como crujía su colchón hecho de camisas de millo y que tan amorosamente preparaba ella todos los días en la mañana.
Fragilidad, humildad, amor, trabajo y mucha entrega eran los rasgos que definían a las personas de mi entorno, mi familia, mi pueblo.
La vida se vivía sin prisas, donde la naturaleza nos ofrecía los cuidados. La familiaridad era global, y desde esta perspectiva observo el gran humanismo que existía.
Los medios de comunicación eran escasos, por no decir inexistentes para muchos. Las noticias locales se transmitían de boca a boca. No teníamos agua corriente, luz eléctrica ni teléfono. El agua era escasa en el aljibe. Debíamos economizarla pues costaba mucho disponer de ella. Mi generación, y las anteriores, hemos crecido en el entorno de carencia de este elemento tan preciado que nos ayuda a valorarlo, y cuyo consumo racional no debería nunca dejar de enseñarse y reivindicarse.
La red social estaba en la calle, donde nos reuníamos en los distintos grupos. La pandilla de amigos y amigas que construimos sigue en mi corazón. Sus integrantes éramos revoltosos, llenos de inquietudes para lo que fue el momento. Sentíamos que estábamos rompiendo moldes, y como tal, muchas personas no nos entendían. Se pretendía que la continuidad de las costumbres no se viera interrumpida.
Las tradiciones pasaban de padres a hijos. Así fue como mi madre me inculcó el valor de la artesanía local. Sus agujas, hilos, ganchillos, aún van conmigo. Esta preciada manifestación de la cultura tradicional la llevo dentro de mí. Muchas veces digo que he nacido con una aguja de ganchillo en la mano.
Siento, aún hoy, el sabor de la comida tradicional cocinada en casa. El horno con el olor a leña y el aroma de los dulces tradicionales recién hechos. Me produce una gran emoción saber que esto lo viví con la alegría de mi madre y su bien hacer.
En este despertar de mis sentidos, Lanzarote comienza a abrirse al progreso. Pone en valor su gran potencial propiciado por César Manrique. Ha sido, y es, la persona que invitó a pensar en la naturaleza de esta tierra como gran recurso económico y de progreso, siempre y cuando pudieran preservarse sus encantos y la vida en su territorio. Hoy quiero tener para con él un recuerdo emocionado al estar celebrándose su centenario.
Dado este potencial económico, hemos vivido y seguimos viviendo distintas luchas de poder con el fin de abusar de la naturaleza para obtener beneficios. Hemos ganado mucho, pero, también hemos perdido mucho al destruir, en gran medida, parte del paisaje que caracteriza nuestro territorio.
César Manrique nos ha inculcado los cuidados que debemos dar a esta tierra para mantener su belleza, su idiosincrasia, sus valores y así poder preservarla siempre. Sus reflexiones, en este año de su centenario, están tan vivas como cuando fueron dichas, éstas deben acompañarnos siempre, si queremos que Lanzarote tenga dignidad:
“Amar la gran sabiduría de la naturaleza”
“El primero de nuestros bienes culturales es la naturaleza”
“Un pueblo sin tradición está condenado a morir”
Cuidados para salvaguardar la vida dentro del territorio, cuidados para sobrevivir y seguir siendo. No es fácil, pues la conciencia egoísta y destructiva del ser humano es amplia, y más en espacios frágiles y pequeños como las islas.
Mi generación fue creciendo en el progreso social y económico que abría esperanzas y proyección a otros mundos, a otras actividades. La escuela con sus maestros y maestras sin dejar de recordar a los mismos de forma entrañable: Juanita, Angelita, Don Manuel, y así muchos otros, fueron los que nos dieron las primera lecciones. Mi madre y padre, sin recursos para proyectarnos, estaban detrás de nosotros para propiciar lo que nuestros maestros orientaban. Mi eterno agradecimiento a mis padres, pues sin saber cómo hacer que nuestra educación fuera más amplia, depositaron su confianza en los maestros/as y en nosotros mismos.
Por lo general, nuestra trayectoria vital y profesional está alentada por impresiones y experiencias que nos influyen a la hora de trazar un objetivo. En nuestro grupo de adolescentes se dio una circunstancia particular. Teresa Martín, Teresita la abogada, y Cándida Cruz, Candita, la maestra, nos hicieron ver la importancia del estudio, la importancia de salir del pueblo. Así, nos acompañaron a entrar en el Instituto Blas Cabrera. Y desde este punto, el tiempo de formación y crecimiento personal no ha parado.
Los cambios políticos y sociales se iban produciendo en la medida que nosotros íbamos madurando. 1975 marcó un antes y un después en nuestra sociedad. Inauguró una época muy frágil en el amplio sentido del término, que dio la oportunidad de tomar conciencia política como nunca antes en mi vida, y con ello sentir la pertenencia a un mundo global.
Ya, una vez terminada la enseñanza en el instituto, ¿qué hacer? Creo que tuve muy pocas dudas al respecto. Mi trayectoria profesional está marcada por la voluntad de dar cuidados. Los remedios sanitarios eran muy escasos y privados. Existía mucha generosidad, pero no todos podían acceder a ellos. Eran los cuidados y el acompañamiento los que aliviaban el malestar. Observé como mi madre se entregaba a confortar los últimos momentos de la vida de nuestros seres queridos. Se aceptaba que la vida terminara en el entorno familiar. Su cuidado y acompañamiento reverbera en mi memoria.
Mi primer centro de trabajo ha sido el Hospital Insular de Lanzarote, centro que me dio la posibilidad de ejercer mi profesión desde mi formación. En él pude reconocer mis capacidades y desarrollarlas. Gracias a las personas que componen el equipo de trabajo del Hospital Insular y que juntas hemos llevado a cabo el desarrollo de una atención centrada en la fragilidad del ser humano.
Después de todos estos años, de haber estado al lado de tantas personas acompañándolas hasta el final, cada día vivo con plenitud mi sentido profesional, y doy gracias por esta conciencia, por la posibilidad que la vida me da: estar al lado de la persona frágil, de la persona que siente un gran desamparo en su proceso de enfermedad, sin recursos para sus cuidados.
Estar al lado de la vulnerabilidad del ser humano nos hace revalidar nuestra humanidad. Estamos en un tiempo de mucho materialismo, de no tener en cuenta al otro, de gran incomunicación con la mirada y la escucha, que nos impide sentir que la fragilidad está ahí, que nos va a tocar, que nuestro ser es finito. Solemos mirar hacia otro lado para no darnos cuenta.
Unos de los pilares del bienestar de la sociedad debería ser la provisión de cuidados a las personas, en el marco de los pueblos, de las ciudades, de los estados. Es preciso conocer sus necesidades para que la gestión de los distintos gobiernos, de los ayuntamientos pueda mirar de cerca de la gente aportando los recursos que necesitan.

Hoy nuestro Ayuntamiento, el Ayuntamiento de San Bartolomé, inicia una andadura ilusionante, comprometida en la búsqueda de recursos para atender a las necesidades más apremiantes de sus vecinos. Su compromiso es llevar la atención a las personas que más lo necesiten de una forma directa. Valorar de forma individualizada cada caso, crear un espacio de abrigo familiar y aliviar las cargas de las personas que más sufren. El compromiso existe, ahora queda ponerlo en práctica. Es una tarea de todos, pues todos debemos poner de nuestra parte para que la equidad constituya un valor social compartido. Las necesidades son muchas y los recursos, siempre, escasos.
Ningún Ayuntamiento es fuerte sin la participación de sus vecinos. Escuchar a sus asociaciones, a la sociedad civil, hace ser más fuerte a las administraciones a la hora de conseguir sus objetivos.
San Bartolomé ha crecido, hoy es un pueblo próspero, amable, integrador. Aún nos reconocemos, y nos unen las vivencias compartidas en los momentos en los que teníamos que salir a la calle para relacionarnos.
No quiero terminar estas palabra sin dejar de nombrar a una persona importante de mi vida en este momento, Eduardo, mi sobrino. Eres tú, Eduardo, el que va a seguir transmitiendo los valores de esta familia que tiene sus orígenes en este pueblo querido, tu pueblo. La vida me ha permitido estar a tu lado y verte crecer. Tu padre se sentiría muy orgullo de ti.
Gracias a tantos amigos y amigas que me han sostenido en muchos momentos difíciles y que conforman la familia que la vida me ha dado. Gracias por estar siempre, gracias por acompañarme desde el corazón. No quiero nombrarlos pues, afortunadamente, la lista es amplia y no quiero olvidarme de ninguno pues mi corazón lo lamentaría. Si nombraré a los más jóvenes: Andrés, Julia, Lena, gracias por estar siempre.
Y a todos ustedes gracias por estar y encontrarnos en este tiempo lleno de alegrías, en un espacio único que es nuestra casa, San Bartolomé.
San Bartolomé, sientan San Bartolomé de forma plena en estas fiestas. Viva San Bartolomé.

ELISA CORUJO RODRÍGUEZ . Hija de San Bartolomé . Médico-Geriatra.
. Primera mujer Médico del pueblo de San Bartolomé.

 

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