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1995

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE   “SAN BARTOLOMÉ ” 1995

Por ALONSO GONZÁLEZ LEMES

He podido comprobar que muchos, muchísimos de los personajes que han hablado y escrito sobre San Bartolomé, coinciden en el contenido básico de la descripción de este pueblo.

Y ese contenido, lo he visto reflejado plenamente en un párrafo perteneciente a un artículo titulado “La pequeña historia de San Bartolomé”, publicado en la prensa por Don José Ferrer Perdomo.

Por eso y, porque entiendo que en él se refleja el sentimiento de quienes han conocido y conocen al pueblo de San Bartolomé, con el permiso de Don José Ferrer y, como prólogo de mis palabras, quisAlonso González Lemesiera ofrecerles el mencionado párrafo, que dice así:

“San Bartolomé, confluencia de lo rural y lo urbano, entre cielos limpios y tierras ardientes, es un pueblo laborioso y próspero, de hombres tenaces, trabajadores de la tierra inhóspita, colonizadores de los malpaises y de los jables de los alrededores. Es un pueblo que, lejos de dramatizar, cumple su destino con una canción en los labios”.

Cuando hace un par de semanas me propusieron ser el pregonero de estas fiestas patronales, la primera sensación que sentí fue la de un pequeño y especial temor.

Efectivamente, ser pregonero de unas fiestas populares significa tener que preparar un pequeño discurso dirigido a los pobladores y a los visitantes del lugar, intentando transmitir algo especial que sea comprensible para todos y que a todos pueda decir algo, relacionado, además, con la propia historia del pueblo y de sus gentes.

Y eso, no es tan sencillo, por lo menos para mí. Y no es tan sencillo, entre otras cosas, porque en innumerables ocasiones otras personas, con mayor dedicación, preparación y calidad investigadora que yo, han venido elaborando, a lo largo de los tiempos, trabajos de este tipo. Por tanto, yo estoy en desventaja ante ellos. Ser original, en estos momentos, es prácticamente imposible.

De ahí ese temor, ese enorme respeto ante el reto y el desafío de cumplir el compromiso que adquirí. De cumplir ese compromiso haciendo mi trabajo, pero además, haciéndolo más o menos bien.

Por eso, desde el primer momento, mi actividad se centró en la búsqueda de datos sobre el pueblo de San Bartolomé: datos históricos, geográficos, demográficos, culturales, económicos, sociales, etc. datos que me aportasen suficiente información como para elaborar un trabajo cuyo contenido nos hablase acerca de nuestra propia historia, de cómo nació nuestro pueblo, de cómo ha evolucionado su población a lo largo del tiempo, de sus condiciones sociales, de sus condiciones económicas, etc., etc.

Pero, a medida que pasaban los días, me fui dando cuenta de que ese no era el camino, de que no era precisamente eso lo que yo quería. De que hablar de una serie de datos históricos, económicos, sociales, etc., no tenían sentido y, mucho menos, como contenido del pregón de unas fiestas populares.

Sí, podría hablar de la teoría de que San Bartolomé existió como caserío a comienzos del siglo XVIII y que fue destruido en 1730, por la lluvia de arenas del volcán.

Podría hablar del censo de habitantes de este pueblo a lo largo de los años. Podría incluso hacer algún comentario a las palabras de Darías y Padrón, cuando en 1946 dijo que  “San Bartolomé, que llegó a estar casi soterrado por las arenas del volcán, es hoy uno de los pueblos más ricos de la Isla y de los más pintorescos”.

Podríamos hablar de la tradición folklórica, de la tradición teatral, de la Casa Castillo de Carrasco y del Palacio del Mayor Guerra. De Don Cayetano Guerra Clavijo y Perdomo, a quién los investigadores señalan como fundador de la Iglesia de  San Bartolomé.

Incluso podríamos hablar del Apóstol Bartolomé, de quién era, de cual fue su relación con nuestro pueblo. En fin, de su historia.

Pero ¿quién soy yo para presentarme aquí, ante todos ustedes y soltarles, como prólogo de estas fiestas, una conferencia acerca de la historia, población, economía, etc., de este pueblo?

Pues no, sinceramente, no. sobretodo, si tenemos en cuenta a tantos y tantos investigadores, historiadores y  escritores que ha tratado y siguen tratando todos estos temas, con muchísimo más conocimiento de causa que yo.

Y efectivamente, me quedé en blanco, sin una referencia o una simple idea sobre lo que quería y podía hacer.

Y así fueron pasando los días y, por supuesto, esa sensación de temor fue aumentando.

Lo único que se me ocurría era repasar y repasar mis recuerdos de las fiestas de San Bartolomé. Y así desfilaron por mi mente momentos, situaciones, anécdotas, personajes, etc., etc., etc.

Y sin proponérmelo, comencé a comparar esas sensaciones, esos momentos, esas situaciones. En una palabra, comencé a comparar viejas fiestas que aún estaban en mi recuerdo, con las fiestas del presente, con las fiestas de estos últimos años.

Quería encontrar diferencias. Quería comprobar si aquellas fiestas de mi niñez, aunque no hayan pasado tantos años, eran iguales a estas fiestas.

Y efectivamente, muchas cosas han ido cambiando y de que manera:

De la vieja plaza del pueblo alrededor de la cual giraban las fiestas y las cabalgatas, hemos pasado a los parques y avenidas.

De los burros, los carros y los pies, hemos pasado a los camiones, Mercedes, Volvos, etc. y a sus enormes plataformas.

De los cuatro ruidosos voladores, hemos pasado a los cientos de fuegos de artificio que iluminan el firmamento con sus destellantes colores.

De algún timple y guitarra o viejo y desvencijado tocadiscos, hemos pasado a las dos o tres orquestas cuyo sonido se escucha a varios kilómetros de distancia.

Incluso, muchos de los personajes entrañables que por su participación y su dedicación, tuvieron un enorme significado para estas fiestas, ya no están aquí. Así puedo recordar a Don Manuel el Cura, de quien no he tenido más noticias, a Doña Lola, a mi tía Eulogia, a Rafael Paz “Feluco”. Y tantos y tantos otros a quienes aunque quisiera, no puedo nombrar porque la lista sería interminable.

Sí, inexorable e inevitablemente, han cambiado mucho las cosas. Han cambiado los medios, han cambiado los gustos, han cambiado los tiempos e incluso, hemos cambiado nosotros.

Sin embargo, quisiera que la ilusión que sentíamos en las fiestas, la alegría que envolvía el ambiente, esa alegría que se respiraba en el aire, sea la misma ilusión, la misma alegría que podemos sentir y respirar ahora. Que esa placentera sensación no cambie nunca. Que el verdadero sentido de las fiestas no se quede, con el tiempo, en el recuerdo; como tantas otras cosas.

Al final, después de todos esos recuerdos, llegue a la conclusión de que lo que verdaderamente quería con este sencillo pregón, era, simplemente, hacer una pequeña llamada de atención. Una pequeña llamada de atención para que no nos olvidemos nunca de vivir las fiestas de San Bartolomé con la misma ilusión, con la misma alegría con la que las vivieron quienes les dieron su verdadera razón de ser.

Rescatemos el sentir de nuestros antepasados y transportémosle al presente, para que así proyectarlo hacia el futuro como herencia de nuestra cultura popular, de nuestra forma de ser. Y eso, a pesar de que hayan cambiado los tiempos, los medios, los gustos e incluso, nosotros mismos.

Por todo eso, para terminar y aprovechándome de nuevo del párrafo, con el que comencé este pregón, quiero resumirles todas mis palabras, simplemente en lo siguiente;  “vivamos nuestras fiestas sintiéndonos un pueblo laborioso, de hombres tenaces, trabajadores de la tierra y colonizadores de los malpaíses. Cumplamos pues, el destino de vivir nuestras fiestas, con una canción en los labios”.

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