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2007

volverPREGÓN DE LAS FIESTAS DE  “EL ISLOTE” 2007

                Por   MARINA LEONOR ARENCIBIA ROCHA

Buenas a todos y a todas, este año me tocó a mí ser la pregonera.

Cuando me lo dijeron lo primero que sentí fue un gran susto y después mucha gratitud. Susto porque te quieran escuchar y gratitud porque se supone que lo que vas a decir le interesa a alguien. 2007-marina- s.bartolome

Un pregón siempre da pie a mirar atrás, y yo no necesito muchas excusas para acordarme de mi tía Nonor, Leonor Medina. Muchos de los que están aquí se acuerdan de ella, pero mi visión es muy personal y no puedo hablar de Nonor sin nombrar a mi abuela Maye,  Isolina Medina, para mí eran la cara y la cruz de la misma moneda, y creo que en gran parte les debo lo que soy. Por eso me van a permitir que este pregón sea una especie de pequeño homenaje a ellas.

Me enseñaron lo importante que es la curiosidad, interesarse por lo que pasa en el mundo, la tolerancia, el respeto, el no conformarse con las injusticias, luchar por las cosas en las que uno cree. Lo difícil que es a veces la vida para una mujer, ser como la tea, decía Nonor y aunque entonces no entendía muchas cosas, ahora me doy cuenta de la huella que me dejaron. Que duro tuvo que ser para los hombres y mujeres que creyeron en la república. Eso tan famoso de que es mejor morir de pie que vivir de rodillas.

De Nonor aprendí el placer de leer, mi primer libro lo leí, cuando tenía siete años, aquí, en la que ahora es mi casa, nunca he olvidado la emoción y el placer que sentí, y que todavía siento. El amor a los animales y las plantas y el respeto al equilibrio de la naturaleza, una de las pocas veces que la recuerdo enfadada fue cuando acabaron con los gatos salvajes y empezaron los problemas con los conejos. Los cuentos, como nos hipnotizaba. Recuerdo como entre las dos leímos “La vuelta al mundo de Darwin”, sentadas en el suelo de madera con un atlas para ir viendo los países. Lo que hubiera disfrutado con internet. Su casa era a veces como el arca de Noé, tenía un halcón herido que volaba por toda la casa y venía cuando lo llamaba, un pajarito cojo que se llamaba Romanones y comía con ellos en la mesa, los gatos Micifuz y Zapirón y los perros Tito, Nei, Gandhi, … todos los nombres tenían un por qué. Mi abuela tuvo una vaca que la seguía como un perro y le sacaba los caramelos del bolsillo.

Si Nonor era la serenidad y la sensibilidad, para mí Maye, mi abuela, fue la libertad. Me llevaba con ella a todos lados, disfrutaba con todo, sobre todo la música. Lo mismo me llevaba a la zarzuela que me ponía en el gramófono un disco de ópera, pero también podía coger la guitarra y mi padre el acordeón y se iban los dos de juerga. Nunca me olvidaré de cuando me llevó a la primera tienda de música de Arrecife y se sentó a tocar el piano, la que se armó. Era de las pocas mujeres que en aquella época sabía conducir un coche, y me contó que mi abuelo a veces veía dos caminos y siempre se iba por el que no era.

En El Islote se pasaban muchos trabajos, había que guindar el agua del aljibe, buscar las varas y cepas para la cocina y tener mucho cuidado con los quinqués de petróleo, se compartía lo que había, cuando había, no me gustaría volver atrás. Pienso en las noches en que todos nos reuníamos alrededor de la radio a escuchar la BBC de Londres que emitía en español, lo difícil que era sintonizarla en aquella especie de radio destripada que había hecho mi abuelo, lo que me gustaba la sintonía hasta que empecé a entender de qué hablaban. Lo que me contaban de cuando mi abuelo no pudo navegar más porque era masón, de cuando registraron la casa buscando ”papeles” y creyeron que un juguete de mi madre era una bomba, de cómo tuvieron que quemar los libros de Marx, de Engels, de Hemingway… y Nonor enterró los de Blasco Ibáñez, como aprendió a leer mi madre, a escondidas, con un libro disimulado de Platero y yo.

Todo me lo contaban sin rencor ni resentimiento, como si fuera lo más natural, sin perder nunca la alegría de vivir y la esperanza de que el futuro iba a traer un tiempo mejor. Como decía mi abuela, no hay bien ni mal que cien años dure.

Ahora cuando recuerdo tantas cosas me siento una persona muy afortunada de vivir lo que viví y de lo que eso me ayuda a mirar hacia delante, a ver lo positivo hasta en la adversidad.

Desde que tengo memoria no he querido otra vida que la de El Islote, mi casa y la tierra. Para mí es un privilegio y una responsabilidad, me siento en el deber de que las próximas generaciones puedan disfrutar lo que tengo aquí. He vivido en otros sitios y con otra gente, y nunca he visto la solidaridad, la alegría que trasmite la gente de El Islote, el espacio, el trabajo de tantos durante tanto tiempo para aprovechar los jameos naturales y sacar fruto de la tierra, la belleza y la fuerza que hay en las paredes de piedra. Estoy convencida de que el progreso no tiene que ser destruir lo que hay para hacer otras cosas, tiene que haber una manera de respetar el esfuerzo de tantos en épocas tan duras, no hace falta llenar las fincas de villas para poder vivir, antes plantaría flores, o paneles solares. Creo que los niños, en el futuro, se merecen disfrutar lo que tenemos ahora. Yo no podría entender mi futuro sin saber de donde vengo y estoy convencida de que muchas veces es mejor la calidad que la cantidad.

Veo que El Islote es como nunca un verdadero islote de paz y calidad de vida y vale la pena protegerlo.

Muchas gracias a todos por dejarme compartir este rato con ustedes y que disfrutemos de la fiesta del Aguapata mucho tiempo.

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