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El camión de Dionisio

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 Por Facundo Perdomo
Cronista Oficial de San Bartolomé

 Fuente: Lancelot   nº 998 –  06-09-2002

Evocando hechos del pasado de esta localidad tropieza mi pensamiento con una entrañable y simpática visión. Se trata de un pequeño camión que poseía y conducía el bueno de Dionisio que era la personificación de JOB en hablando ceñidamente de la paciencia. Hombre bueno donde los hubo en aquel ayer lejano de medio siglo subido y dentro ya del año cincuenta. Se trataba de un vehículo marca Ford de medianas ruedas de radios cual bicicleta. Hacía diariamente sus viajes a Arrecife y su servicio era mixto y pintoresco. Sobre un saco de millo o una caja de cerveza se sentaba un hombre o una mujer que tocaba sombrera de negra cinta. Y ya puesto en esa versión recuerdo que una vez viajaba un macho cabrío y de arqueada cornamenta. Su servicio más remunerador era el de traer mercancía variada para el comercio local. Traía azufre. Aperos de labranza. Un balde. Y hasta de encargo elementales medicinas. Salía Dionisio con su camión de mañana a cosa de las nueve y retornaba sobre las dos. Y siempre y cada día, excepto domingos y fiestas de guardar, cumplía su misión de fiel servidor de sus muchos clientes en escala menor y permanente. Para mí era un vecino ejemplar DIONISIO GONZÁLEZ PERDOMO. Casi asiduamente, y los sábados por la tardecita, iba con unos cuantos muchachones al cine DÍAZ PÉREZ (el cine de Don Paco). Desde que empezaba la película se echaba a dormir, no sin antes dejar aviso a alguien que junto al mismo ocupaba butaca, de que lo despertara “cuando empezaran los tiros”: por aquello de ser las cintas del Oeste. Terminada que fuera la sesión emprendía Dionisio con su nuevecito y simpático Ford el retorno a San Bartolomé. Al llegar al camino de JUAN PELOTO, como quiera que la virtud del chófer era ir con su vehículo al tranquito, algunos se bajaban sigilosamente y no pagaban. Entonces, Dionisio era advertido de ello y él respondía: “A lo mejor no tienen”. Por esas fechas enseñaba la palabra de DIOS en el municipio el recordado DON VÍCTOR. Una vez y en la misma “esquina de parra” o “las ventas”, se subieron a la caja unos chiquillos y el sacerdote nombrado estaba por allí. De este hecho daban cuenta al mismo otros niños diciéndolo a modo de denuncia a DON VÍCTOR. Y éste contestaba (yo estaba hablando con el mismo): “peor es que sean bobos”.

 

 

 

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