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La figura del cartero

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La figura entrañable del cartero: Gervasio Villalba de León

Por  ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL

Don Gervasio Villalba de León se formó en la profesión de cartero con  su padre, Don Gervasio Villalba Guadalupe,  quien  la ejercía en un pequeño comercio que poseía en la calle Calderetas, esquina Margarita Martín, simultaneando dicha labor con la de tendero, molinero y panadero.

Desde muy pequeño ayudaba  a su progenitor en el reparto de cartas, en  una época en la que la correspondencia era algo testimonial, predominando los mensajes familiares, algún que otro  paquete con ropa o comida dirigidos a los que cumplían el servicio militar, siendo muy escasos los envíos de giros o reembolsos. Los vecinos que tenían  familiares fuera, ansiosos de recibir noticias de los suyos, se acercaban a la tienda,  aprovechando el momento de la compra y  recogían el correo, no solo el suyo si lo había, sino el de los colindantes más

cartero

próximos, pues no había reparto a domicilio, salvo algo muy especial o urgente.

Una vez que su padre cesa como cartero se hace cargo del servicio, in

stalando la nueva oficina en un  edificio familiar  situado en la calle Rubicón, (hoy dulcería  “Las Delicias”). Estaba compuesta por una habitación algo pequeña y un angosto corredor donde colocaba los paquetes, esperando su entrega o que el destinatario pasara a recogerlo. El mobiliario se limitaba al mostrador,  separando  la mesa de trabajo del espacio de los usuarios. En cuanto a la decoración de las paredes, colgaba el retrato de Franco, un crucifijo, y el almanaque manual desgastado y borroso por el uso diario de poner la data del día. Sobre la puerta principal en la fachada estaba,  bien visible,  la placa: “Correos”.

Don Gervasio comenzaba su tarea habitual a las siete de la mañana.  Al llegar abría el buzón y recogía las cartas que se iban a enviar, muchas de ellas no llevaban la estampilla correspondiente,  pero era costumbre  que los vecinos, ante la confianza, le incluyeran el importe envuelto en  un trozo  de papel, y ya el cartero se encargaba del cobro y sellado. Todos los días, incluso domingos y festivos acudía a su lugar de trabajo. Como buen creyente cumplía primero con la obligación de oír la misa y a la salida se encaminaba a  su oficina  a continuar la labor de  clasificar  y ordenar  la correspondencia del día.  Aprovechaba que los vecinos también cumplían con la celebración  dominical,  se llevaran a casa las cartas si las había. La profesión de cartero la  ejerció hasta su fallecimiento. Compromiso que tuvo que continuar  su hija Sofía hasta que la entidad  convocó oposiciones para el nombramiento oficial del nuevo repartidor.

Don Gervasio nació en San Bartolomé en el seno de una familia numerosa,  contrajo matrimonio a los 28  años con doña María Perera  de León  y tuvo cuatro hijos.   Falleció  el tres de noviembre de 1983 a la edad de 62 años.

La distribución  insular de Correos dependía de la Oficina Central  en Arrecife.  Desde  la capital se hacía el reparto para los pueblos del interior, que se transportaba en una saca de lona con las franjas de la bandera española y la palabra “correos”,  llegando a los distintos destinos, a través del servicio de transporte insular. El cobrador de la guagua,  que salía de la estación de Arrecife  al mediodía, era  la persona encargada de depositar el correo en la oficina correspondiente. En este caso,  el cartero recogía la talega que contenía la correspondencia, cerraba la puerta  dejando  abiertos los dos postigos superiores para que entrase la luz e inmediatamente se ponía a clasificar.  Muchos de estos  pasajeros eran en mayoría revendedores,   que ejercían su labor en la recova de la capital de la isla.  A pesar del cansancio, se sentaban pacientemente en la acera hasta que el cartero finalizara de encasillar las misivas y les hiciera entrega de las  mismas.

El servicio suponía llevarlo hasta la puerta  de las viviendas,  teniendo en cuenta  la dispersión poblacional, pues  allá donde había una casa,  había que llevar la carta. Existía una comunicación muy cercana,  ya que además de entregar  los envíos, se entablaba alguna que otra charla,  momento  de cambiar impresiones relativas   a temas como el tiempo, cultivos, fiestas o algún acontecimiento del momento, sobre todo, en  lugares aislados donde los vecinos pasaban deseos de hablar y de que se les escuchase, incluso, un simple saludo era agradecido.

No cabe duda  que la profesión de cartero sea vocacional, por lo que tiene de servicio público,  unido al trato directo con todos los vecinos, creando vínculos de amistad y respeto mutuo. Se daban  detalles en cada momento: “Aquí vive la señora que tiene al marido en Venezuela, aquel otro que está  trabajando en el AaiunEn esta  casa vive una familia que ha venido de fuera.  En la vivienda de enfrente se suelen reunir  unas chicas  que esperan  con anhelo noticias de amigos y novio”. Unos habían emigrado y otros estaban  haciendo el  servicio militar  destinados en  cualquier parte de la península o tal vez en África… gastándoles alguna broma, para desesperación de los jóvenes.

Resulta imprescindible destacar la  encomiable labor humanitaria que entrañaba leer la correspondencia de aquella gente que no sabía hacerlo y darles, en primera persona, tanto las  buenas nuevas, como las que no lo eran tanto.

El itinerario lo hacía andando o en bicicleta, sin importarle las inclemencias del tiempo,  siempre intentaba que la gente recibiera sus cartas lo antes posible, telegramas, reembolsos, giros, cartas certificadas… la entrega era inmediata. Se formaban colas  el día   que los pensionistas iban a retirar su asignación, suponiendo una jornada laboral de mucha dedicación y esfuerzo. Su labor fue más allá de la simple idea de que era el repartidor de la  correspondencia.  A don Gervasio se le recuerda por el trato humano, jovial, cariñoso, cercano, muy familiar y su amplio sentido del humor; así como un referente del esfuerzo y  de la valía profesional, un hombre que amaba a su pueblo. Conocer y defender  las peculiaridades de este término eran una  cualidad importante para hacer  su trabajo, pues es  una profesión llena de humanidad. Fue una persona muy querida, con un toque especial  en su imagen de mensajero. Su cometido de cartero se extendía  a San Bartolomé casco, ayudado por sus hijos cuando volvían del colegio o estaban de vacaciones.

Es de destacar el temor a  los perros que siempre andaban sueltos,  pues en más de una ocasión le dieron  algún  que otro sobresalto, hasta que  llegaban a conocerlo.  Desde lejos  ya  le empezaban a ladrar, por lo que,  como medida de precaución, hacía uso del silbato, saliendo sus dueños al encuentro del repartidor.  Los  buzones  no existían, había que dejar el correo en el lugar que le había asignado el  destinatario, incluso se le  dejaba la llave  en  un escondite, previo acuerdo para que abriera puertas  y las dejara en el lugar predicho, o la recomendación de que lo depositara  en un rincón del entorno de  la vivienda…

Hay que señalar, que la retribución económica en esa época, no estaba bien remunerada, por lo que incrementaba sus ingresos  trabajando en  una fábrica de fideos que poseía,  atendiendo   el molino, haciendo labores agrícolas y  además colaborando   los fines de semana  como acomodador en  la sala del Cine  San Bartolomé. A pesar de las múltiples  ocupaciones, también   tenía  tiempo para la lectura, pues era gran aficionado a la literatura clásica.

Valgan estas líneas  a modo de homenaje,  respeto  y  reconocimiento a su labor  por su implicación en la vida social, cultural y económica del lugar,  a un hombre muy vinculado en el devenir del municipio y  comprometido con los suyos. Participó activamente  en la vida  política municipal,  ocupando varios cargos, ostentando la alcaldía, según consta en Acta de Pleno de fecha 25 de octubre de 1.960,  donde  toma posesión  como regidor  del municipio hasta  el   2 de agosto de 1.962 que presenta su renuncia por motivos de trabajo. Mostramos así, nuestro agradecimiento a la figura del cartero, que al igual que otros hombres y mujeres  con su aportación a través del oficio,  han  contribuido en  el  progreso,   avance y desarrollo de este  pueblo.

La figura del cartero, en los últimos años se ha ido modernizando, adecuándose a la introducción de las nuevas tecnologías, el acceso a internet y los correos electrónicos que tienen a su favor la inmediatez en el intercambio de comunicación,  más mecánico,  pero menos personal. A su vez, el crecimiento de empresas de mensajerías han desplazado en parte el Servicio Postal, llevando consigo la disminución del envío y recepción de cartas personales, auque se  sigue haciendo una cantidad importante de remesas y gestiones desde las nuevas oficinas de correos con personal y formación adecuada a los tiempos que corren.

 

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