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San Bartolomé

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Por Ervigio Díaz Bertrana

Fuente: El Eco de Canarias.  04-08-1974

No me voy a referir a San Bartolomé de Tirajana, cuya festividad se celebra el 24 de agosto. En plena canícula donde humean las aguas, el aire, los árboles, entre el monte Humiaga y el Roque de Ansite.

Tampoco a San Bartolomé de Fontanales, municipio de Moya, rodeado de una flora exultante, tremendamente verde, en una plaza circunspecta, amparada por la sombra centenaria a los Plátanos del Líbano.Ayto.

Este San Bartolomé que nombro está concretado y viene referido a la distinta, extraña, desconcertante isla de Lanzarote.

Antes de su entrada, hay que pasar por Tinajo, La Vegueta y si uno tiene algo de curiosidad, ha de subirse a un altozano. Allí hay un exquisito lugar denominado don Manuel El de Tao, con una vista muy bella que regocija el espíritu.

Eusebio, uno de sus dueños, ha sido un hombre de singular inquietud.

Ha rebuscado en la lava volcánica lanzaroteña, las más extrañas piedras, que forman filigranas de caprichos no concebidos por el ser humano.

En unas vitrinas, sobrias y cuidadas tiene expuestos sus esforzados hallazgos.

Una gitana o danzadora en piedra que parece interpretar a Manuel de Falla

Figuras de plantas de animales, de personas, en actitud petrificada, en diversos colores, nos hacen recordar que el fuego, como decía Heráclito, puede ser la medida de todas las cosas.

Lanzarote es única en el mundo en variedad vulcanológica.

La muestra existente en don Manuel El de Tao, nos hace pensar que todavía Lanzarote, no ha sido del todo descubierta, en toda su profundidad volcánica e, incluso, histórica. ¡Hay mucho que desvelar!

Jalonan el camino cultivos de tabaco, sandías, viñas, que estallan fecundos, en medio de una paramera, negra, renegrida, austera; creada con ingente esfuerzo.

El lanzaroteño es una sutil mezcla de fuego y de tierra. Ardiente y apasionado como el fuego. Fecundo y creador igual que la madre tierra.

El pueblo en sí mismo es polvoriento. Una recoleta plaza. Una descuidada iglesia. Un cuidado Ayuntamiento. Unos avispados y exigentes vecinos.

En este lugar, hace años, estaba constituida —a mi juicio— la rondalla folklórica más popular y pura de las islas.

Cantaban sus conjuntos ” El Sorondongo” con singular gracia y primitiva picardía. Cantaban y bailaban “La Malagueña”, con un deje de extraordinaria melancolía, que dejaban el alma entris¬tecida.

Su director, don José María Gil, era el alma, la vida, el impulso, de aquel grupo folklórico realmente impresionante.

Obedecía al sonoro nombre de AJEI, que en concurso internacional celebrado en Santander —hace años— ganó el primer premio.

Estas íntimas, sentidas emociones, las sentía en mi espíritu al volver a este pueblo blanco, de la blanca y negra tierra del fuego.

San Bartolomé de Lanzarote es un paraje insular, que se encuentra empeñado en buscar con afán, su propio y próspero desarrollo.

Los pueblos son lo que quieran sus hombres. Habiendo coraje razonado se superan todas las adversidades. Se conquistan las cotas más apasionantes y aparentemente inaccesibles.

Esta es una tierra de labranza. Nada hay más tenaz que un labrador. Aguanta estoicamente todos los duros temperos. Encorva su espalda, del amanecer al ocaso, para sacar los frutos de la tierra.

Resiste con firmeza las malas andanzas del incierto tiempo. El irlo, el calor, el viento o la escarcha, no le arrugan, para volver al surco.

Sabe, con especial instinto, que Dios premia a la contumaz constancia y que la tierra no defrauda jamás a quien la ama.

El pueblo que glosamos el vértice del triángulo: Arrecife-Tías-San Bartolomé Se destaca de lejos, tendido al sol naciente, fuente de la fecundidad. Los “enarenados” abundan en profusión a lo largo y ancho del término municipal.

Este sistema está muy extendido en la isla de Lanzarote, la primera de nuestra provincia que se incorporó al reino de Castilla.

Al peso del mediodía el clima se pone tenso, hasta que llega, la tarde refrescada por los alisios dominantes, de dirección: Norte-Sur.

La gente es bullanguera. Las mujeres polémicas, principalmente las que habitan en la calle del Rubicón.

Ello no es malo. Temo profundamente a los pueblos mudos, a los pueblos silenciosos, que no hablan y nada alcanzan por su hermética mudez.

San Bartolomé siempre fue un pueblo alegre y cantador. Con ironía y chispa propia, que se refleja con evidencia en las chispantes letrillas de la “Agrupación Ajei”, cuando al ritmo acompasado del “Sorondongo”, cantaba así:

El sorondongo
dorongo del frayle,
que salga la niña,
que entre y lo baile.

En recuerdo emocionado de don José María Gil —que alegraba los espíritus con su violín virtuoso— he escrito estas líneas.

El fue un espíritu creador, animado, alegre, que contagiaba con su natural señorío a todos los que llegaban a San Bartolomé.

Las tradiciones hay que conservarlas. Ha costado mucho crearlas.

La Agrupación AJEI dio prestigio y nombradía a San Bartolomé de Lanzarote.

Paseó sus danzas y cantatas por todas partes. Un pueblo que canta es un pueblo feliz. El “Sorondongo”, típico, original de San Bartolomé y su proyección histórica, jamás debe morir.

A las generaciones nuevas corresponde transmitir la antorcha de las inquietudes viejas.

Sobre todo —cuando aquel sentimiento musical—, está y se encuentra muy arraigado en el “pueblo”.

Como telón de fondo del lugar-descrito está el mar lejano y azul. Ignoto y misterioso.

¡Con la renovada novedad de las interminables “coplas”, del alegre y salpicón “sorondongo”!

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